Me estremezco de infancia*

*Verso de No hay tensión sobre las flores, Anestesia. Martín Ostiglia (Buenos Aires, 1975)

Hoy se me ha colado en la lista Anestesia, de Martín Ostiglia. Como siempre, un cúmulo de casualidades alcanzan a llevarte a un lugar, y en ese lugar suceden cosas, y esas cosas te llevan a otro lugar. Y siempre, en esos lugares, las personas. Y cuántas veces, la poesía.

“Yo en realidad escribo poesía, es lo que más escribo”. Aunque poco frecuente, esta declaración hace que, la que está enfrente -y que ahora escribe para contarlo- incrédula, pregunte: “¿Sí? ¿De verdad? Yo también escribo poesía.” Y como complicidad y generosidad entre iguales, Martín saca un libro de la manga, haciendo magia, y me lo entrega: “Toma, un regalo. Es el último que he publicado. Los dibujos, también son míos. Todo lo he hecho yo”. Y me ofrece una dosis de anestesia en forma de libro. En ese momento “me estremezco de infancia”, que es un verso que acabo de robar a “Tute”, que así es como le llamaban -a Martín- su gente cercana: los amigos y su hermano, en la lectura a la que he asistido este sábado en una cueva del barrio de Malasaña, donde aún se disfruta de un intratiempo, de un gusto castizo, y de bombonas de butano tomando el aire en los balcones.

Una lectura de una novela en relatos cortos. Así me presentaron la tentación, así me vendieron el boleto de salida a la biografía ficcionada de Tute. Un encuentro privilegiado con el lenguaje, en el que las palabras aciertan a cada cosa que tocan, en que las emociones vibran por encima de la página y en el que los personajes caminan por la sala, unos vivos, otros muertos, saludándose, ofreciéndose tabaco, y navegando por aguas más o menos ciertas. Salas de hospital, tazas tuertas, kilómetros de distancia entre huídas y llegadas; palabras rotas, palabras vivas, palabras muertas. Palabras, todas.

Martín lee desde un ordenador sobre las piernas, que visten vaqueros, a los que siguen un jersey gris con puntos blancos que desde la distancia desde donde lo miro se me asemejan bichitos o marcianitos haciendo fila. Su pelo es gris y blanco y cae justo para sostenerse a la altura de las orejas, y unas gafas de concha enormes agrandan unos ojos enormes, agrandados a fuerza de vivir mirando el mundo intentando entender. Oscuros, vivaces, inteligentes. Una nariz grande, unas manos grandes. La tapa de la máquina tras la que se esconde en sus poemas es otro lugar, un territorio en el que unos seres un poco marcianos nos miran, en primer plano desde la esquina inferior derecha, adivinándose un paisaje con otros seres en un plano más lejano. Pese a que se ve perfecto en sus líneas y en su estilo, muy marcado, parece dibujado a mano, con rotulador negro, y ahora creo adivinar que la tinta de estos dibujos sea también protagonista de ese inventario en el que Tute habla de “marcadores que pintan mejor que otros marcadores chotos” en su Diario de oficina -Tres-.

A mí, el que más me ha gustado ha sido el -Dos- de su Diario de oficina, del que extraigo:

Estoy como las casas cuando sufren una mudanza; lleno de ausencias y en apariencia vacío; con mil historias mudas en cada uno de mis rincones.

Y entonces vuelvo al verso robado, y el poema al que pertenece comienza así:

No hay tensión sobre las flores.
El espacio entre los ojos y el horizonte
se completa//////
desdibujado-sonoro-magnético,
/// en presencias invisibles.

Invento estos momentos. Los calco de algo leído.

(…)

Me estremezco de infancia.
Entre bicicletas soy el chico que todo lo puede. Sin gorra-
mamá sonríe desde la orilla -neptuno sin barba-
Mar bravo -poseído- Mujer presente
Cocinera de abrazos y sol de tarde.

(…)

Y saltando unas páginas, llego, para quedarme, en Lucrecia:

(…) que la distancia a veces tiene esas cosas
Que cuando te vas
hay silencios que no resisten

Me doy cuenta que esto último que digo la entristece (…)

Y si hablo de este Anestesia es para recordar los textos que leyó Martín para su familia y delante de dos extraños; una de las extrañas era yo y el otro, mi compañero. Fuimos caminando hipnotizados, de Madrid a Buenos Aires, de un hospital a una habitación con balcón, de un nacimiento a una muerte, de una bienvenida a una despedida. Y allí, algunos de los protagonistas caminaban por la sala o se sentaban al fondo, o escuchaban a su padre en primera fila, con un cuaderno en las rodillas, dibujando monigotes con un marcador negro.

Un pedazo de vida al que tuve la suerte de asistir y del que me llevo otro pedazo de vida hecho libro que, orgullosa, coloco entre mis últimos descubrimientos, y del que doy testimonio para que sus palabras sigan viajando y conquistando otros paisajes.

Hasta el próximo encuentro con las palabras.

Gracias, Martín, por regalarme las tuyas.

anestesia

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