Filosofía y horizonte

“Esta grandeza que ha tenido lugar”

La filosofía como derecho, como aprendizaje y crecimiento. Como un acercamiento a las profundidades del ser humano. Como un lugar al que acudir para algunas respuestas y, sobre todo, para muchas preguntas. Crecer sin preguntas es como crecer sin centímetros: es decir, imposible. Y los centímetros a la estatura son como las dudas a la existencia humana, una forma natural de ir avanzando y conquistando el recorrido.

Porque el ser humano es un interrogante vuelto hacia el cielo. Porque reconforta saber que otros se han sentido angustiados por las mismas dudas y acorralados por las mismas preguntas, enturbiado el alma con los mismos sufrimientos. Y que otros, incluso, han llegado a conclusiones a las que tú alguna vez habías llegado, o a las que hubieras querido llegar. Que han arrojado luz y que han permitido que el alma encogida se descargue en alguna que otra sonrisa cómplice. Eso ocurre estudiando filosofía con 17 años. Claro que así también nos lleva la poesía, por oscuridades, descubrimientos, clarividencias y ciénagas; claro que la poesía, puede, si quiere, como el hombre, conducirnos por “vena de coral o celeste desnudo”*. Y nos confronta con nosotros y con el mundo. Y nos lleva de la mano hacia nuevas miradas. Y así es como un alegato a favor de la filosofía se convierte en un alegato, también, a favor de la poesía.

Claro que la filosofía debe seguir formando parte del programa curricular, claro que debe seguir dándonos motivos para discurrir respuestas que antes fueron preguntas, como seres humanos que somos. Amén de enriquecer nuestra cultura, la individual y la colectiva. Acompañándonos silenciosamente por el transcurrir de los días. Proporcionando sentido. Tardaremos más en encontrar las dudas y en elaborar conclusiones, nos llevará más tiempo y esfuerzo que la inmediatez con la que consumimos, la avidez saciada con la velocidad a la que nos acostumbra y que proporciona el consumo, que nos hace creernos vivos cuando consumimos y cuando tomamos decisiones de consumo; ese creernos útiles cuando el sistema cuenta con nosotros a través de operaciones de compra. Ese intercambio social reducido a la mera economía.

En sexto de E.G.B yo ya perdía el sueño con la muerte. Me llevó seis años descubrir que otros se habían preocupado con el mismo tema, con esa angustia, con mil preguntas,  y que incluso era objeto de estudio y que rellenaba páginas y páginas de libros de señores estudiosos y eruditos. Toda una sorpresa que me reconfortó el alma, que falta me hacía. Entonces cursaba 3º de B.U.P. y me estrenaba en filosofía, con una profesora y monja, a la que llamábamos la “Búho” por sus gafas, su nariz aguileña y su mirada de ojos pequeños (ahora sé que, además, eran tremendamente inteligentes). ¿Que qué hice entonces entre los once y los diecisiete? ¿Que cómo calmé mis angustias? ¿Que dónde me miré para no perder el Norte? Me di a la poesía, me miré en sus mil espejos irredentos. Qué si no. Ella fue la que me salvó de las tinieblas, y me acercó, un poco más, a la oscuridad. Me enseñó pozos profundos donde se pierde pie y donde se mira de cerca al miedo, tanto, que se extravía la mirada; me enseñó a abrir los ojos en la oscuridad.

Finalmente, la filosofía me permitió, además, participar del significado de aquella mezcla entre chiste malo y piropo que decía “El mundo es contingente pero tú eres necesaria”. Y yo, hoy, le digo a la filosofía, gracias, y a la poesía, en un juego de palabras: “El mundo es contingente, pero tú eres necesaria”.

La filosofía, una escuela de la libertad.

 

No decía palabras

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Luis Cernuda
Donde habite el olvido

*Federico García Lorca.
Oda a Whalt Whitman

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