Orgullo telepático

A veces me acerco a mi gato despacio, sin hacer ruido, y miro sin parpadear si se mueve su tripa, signo de que respira. Si no se mueve, me da un vuelco el corazón y le creo muerto, pero en seguida los pelos suaves de su tripa hacen un movimento muy tenue y entonces mi gato, de pronto, recupera la vida.

Cuando creo que se ha muerto así, sin avisar (¿será que un gato avisa antes de morirse? ¿Será que alguien avisa y a quién antes de morir?), me invade una mezcla de paz y miedo. Y un fuerte alivio cuando decide resucitar.

Hoy le estaba mirando desde la mesa, él dormitando en el brazo del sofá. No veía el movimiento de la respiración; la poca luz, lo estático de su postura. No respiraba. Y entonces la ranura de su ojo se ha agrandado un milímetro, lo suficiente para que yo lo notara, porque él sabía que yo le miraba. Y he disimulado, y he vuelto a mirarle, y a cada mirada furtiva, él abría un milímetro más el ojo. Hasta que he vuelto a concentrarme en el ordenador, y entonces ha abierto los ojos de repente, como si algo le hubiera tocado, y se ha quedado mirándome fijamente cinco minutos que han parecido un día entero.

Finalmente se ha dado la vuelta y se ha colocado en una postura que le permita, además de ser espiado, espiarme él también. Y ahora estamos el uno frente al otro, espiándonos, en un orgullo telepático de miradas furtivas, parpadeos milimétricos, movimientos de oreja y bostezos nocturnos.

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