Mientras haya luz

Domingo, una luz que promete primavera entra por las ventanas del salón. Mientras haya luz, podré escribir. En la cocina me concentro para la comida, enciendo la campana y el ruido sordo del motor me encierra en una especie de meditación ausente del resto del mundo. Cuando termina el humo y el vapor deja de ascender hacia el tubo, cuando ya he apagado el fuego, remoloneo para darle al botón del off.

Mientras haya luz, seguiré escribiendo.

En la tertulia hay muchos hombres, hablan todos, ríen con sus cosas, se dan palmaditas, abrazotes, golpes en el pecho. Y entonces llega una entrevistada a la que no saben cómo atajar, le preguntan cosas paternalistas, tontas, demuestran su ignorancia, le ceden el turno como quien cede el paso desde un enorme coche al borde de las líneas de cebra, pegando acelerones, impacientes, sabihondos, perdonándole la vida. Otra tertulia, son hombres amables, cultos, letrados, saben lo que dicen. Y me caen bien. Pero echo mucho en falta la voz de una mujer. Equilibraría mucho el plano, de verdad. Sería bueno, bonito, hasta barato. (Cobramos menos, fíjense, qué oportunidad para producción).

Fin de las tertulias. Aunque ya he terminado de cocinar, voy a envolverme de nuevo en el sonido del extractor. Ohmmm.

Mientras haya luz.

 

 

 

 

 

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