Cambiar el mundo en albornoz. Crónica de un 8M

 

Cronica8M

El martes, dos días antes del 8M, deseaba algo así como que pasara de un salto hasta el viernes, sin enterarme, como un agujero negro que me absorbiera antes del jueves para expulsarme ya el viernes o el sábado, uno o dos días después de todo el movimiento. Angustiada y llena de dudas, me atormentaba la decisión: huelga laboral. Hacer patente mi hueco en la silla, dejar solas a mis compañeras. Para salir del paso, me dije a mí misma que con dos horas de paro bastaban. Pero, ¿dos horas? ¿Qué hacía yo en ese rato? ¿Quién se había inventado esa solución a medias? Complaciente, absurda, ni sí ni no, dando por supuesto que una mujer sale del trabajo, corre hacia una concentración, y después vuelve corriendo, agrandando esa sensación tan familiar de no poder llegar a todo. Un día entero dedicado a la reflexión, a ratos, y a la acción, en otros ratos, era lo que me dejaba conforme, acallaba mi conciencia y me proporcionaba la alegría de la coherencia. Un día para ponerme delante de mí misma, honestamente, y considerar qué pasa, qué sucede, qué puedo yo hacer para mejorar todo esto. Un día para situarme. Entre mujeres. Y ese día llega, y me coge hecha un ovillo en la cama, apagando el despertador, mientras la decisión sigue pospuesta desde la noche anterior. He dormido regular, con sueños intranquilos, que no llegan a pesadilla pero me dejan un regusto algo inquieto. Me imagino atendiendo ese día a los clientes y siento malestar, se me encoge el estómago. Entonces alcanzo el móvil, lo enciendo, escribo a mis compañeras y les digo que no puedo ir a trabajar, que me sentiría mal, que he decidido formar parte activa de ese día por lo que, finalmente, secundaré la huelga.

El malestar se acalla un poco, aunque no del todo. ¿Para qué mi huelga? ¿Qué logro dejando mi silla vacía? Doy vueltas a la cabeza buscando un lugar en el que cooperar, hacer algo productivo, empujar el día. Entro en algo parecido a un loop. Me recrimino no haber quedado con alguna amiga, alguien del espacio, una compañera. Pero… ¿cómo iba a haber quedado, con quién, si acabo de decidirlo? Paso por momentos de caos mental, no sé qué hago en casa, a ratos, culpable, aunque sé que es esto y no otra cosa lo que tengo que hacer en conciencia. Empiezo a buscar información de las concentraciones, y en mitad del mogollón, me escribe mi amiga Bea, desde su barrio; propongo ir juntas y me siento muy sola, sin pertenecer a nada, tomando decisiones que me dejan en un lugar desconocido. Ella ya está allí, en otro lugar, lejos, yo no sé qué hacer y tengo un momento de llanto angustioso, de inseguridad, de sentirme en casa queriendo cambiar el mundo sentada en la cama en albornoz. Pasa la desolación, me visto, y llego a la concentración de la Plaza de las Palomas justo en el momento en que las mujeres de Tetuán salen a cortar la calle: “¡Si yo paro, Bravo Murillo se para!”. Hablo con una mujer a mi derecha, observo, me gritan, como a los demás: “¡No nos mires, únete!”. (Luego lo gritaré yo en la Gran Vía). Siento que no miro, que estoy allí, con ellas, pero mi timidez me bloquea y no estoy como para dar saltos, me siento todavía en albornoz. Los coches pitan, las mujeres cantan y gritan, los autobuseros sonríen, algún viajante indignado baja e increpa, un señor ya mayor grita, mueve los brazos, un 4 x 4 da volantazos demostrando su cabreo y se marcha en sentido contrario. Llega un Peugeot y salen una mujer  y un hombre con sendos walkies en la mano, ¡son secretas! Salen de debajo de las piedras. Otro coche blanco saca una sirena, empieza a acelerar y se aproxima a las mujeres, rozándolas, casi atropellándolas, ¡otro secreta! Sale zumbando el coche y se cierra el hueco por el que ha conseguido salir con fuerza bruta. Aparece un coche de policía, se para y corta la calle. Son minutos eternos, emocionantes, empoderantes, hay vítores y vivas cada vez que un coche renuncia y da la vuelta. Cuando todo se disuelve y volvemos a la acera, los autobuses pasan vacíos y nos saludan tocando el claxon con un sonido festivo. ¡Pi, pi, pi, piiiiii! Los señores autobuseros están de buen humor y lo celebran.

La comida popular decidimos hacerla juntas. Pese a que había deseado que éste fuera un día sin móvil, si no quiero pasarlo sola, no hay forma de cumplirlo. Descubro que ella también ha decidido todo hoy por la mañana. Que ha pasado por momentos demasiado parecidos al mío. Nos comunicamos de nuevo y quedamos para ir a la comida popular de la Cuesta Moyano. Cuando llegamos allí, todas han llevado sus bocatas y nosotras no, como no queremos consumir, nos damos la vuelta para llegar a la comida popular de la Plaza de las Palomas. Allí comemos una rica ensalada y un pan de hogaza riquísimo sentadas en el suelo. La comida, preparada por hombres de diversos colectivos. Nos proponen un café en La Enredadera, con su leche de soja, y allí compartimos también un rato con Milthon. El espacio es relajado, hay muy buen ambiente. Aprovecho para ponerme unas mallas bajo los pantalones, me las ha traído Bea, ya que la decisión de alargar el día implica pasar mucho tiempo en la calle y yo había salido para un par de horas. Milthon se despide. De allí salimos las dos con hambre buscando un bar cuya cocina sea regida por hombres, no queremos que una mujer cocine ese día para nosotras; algo es algo, nos sentimos culpables por tener que consumir, por hacer una transacción económica ese día, ya que defendemos firmes la huelga de consumo. Pero me duele la cabeza de hambre. Ya son las cinco. Llevamos todo el día improvisando y lo logramos. Vamos a un bar que lo llevan dos hermanos, que nos preparan un bocata y unos montados. Hemos entrado en calor y cogido fuerzas. Ya estamos preparadas para la mani, que aún no lo sabemos pero serán cuatro horas en la calle, primero tímidas, y luego desgañitándonos y levantando los brazos, bailando al ritmo de los tambores… “¡A-quí esta-mos las fe-ministas!”, “¡Luego-diréis-que somos cinco o seis!” Con mención especial para las tiendas de ropa de la Gran Vía: “¡La talla 38, me oprime el chocho!” y “¡Abajo las barbies y arriba las barriguitas!”. Por el camino recogemos a Andrea, que sí ha ido a trabajar, que tampoco le convenció parar las dos horas pero decidió no dejar ese día su puesto. Yo la miro con desconfianza entre el apretuje del metro; una vez que he tomado la decisión, quiero que todas se sientan en el mismo barco. Y yo con ellas. En Cibeles se nos une mi hermana M., está en casa, decepcionada por no haber ido a la mani por no haber tenido con quién o, más bien, por no haber tenido tiempo para decidirlo. Ha estado todo el día trabajando. No es la única. (Mi otra hermana, L., se pronuncia por el chat: hoy hace huelga a la japonesa. Trabajo, academia, y corriendo a hacer la cena para las estudiantes que tiene en casa en acogida.) Ya son las ocho y parece que sea tarde para sumarse. Pero allí hay caminata, consignas, y alegría para rato. “My body, my Choice” (Mi cuerpo, mi elección). Quedamos con M. en que sale de casa y la esperamos en la estatua de los dos niños en el Paseo Del Prado (que a mí me parecen ángeles y donde me juré amistad eterna con mi amiga M., en una de esas esperas, también eternas, al búho). La recogemos en la estatua y seguimos bordeando La Cibeles, que hoy luce de morado, subiendo la calle Alcalá… Queremos encontrarnos con nuestras sobrinas, que llevan unos lemas y pancartas muy curradas. “Angry Women Will Change The World” , “Mujer, no me gusta cuando callas”, “Lo contrario al feminismo es la ignorancia”, “Sin Hermione, Harry hubiese muerto en el primer libro”. Escuchamos la consigna “Yo soy Fulana, tú eres Mengana, y hago con mi cuerpo lo que me da la gana”. Hablamos sobre las prostitutas, la libertad de los cuerpos, la esclavitud de los cuerpos. Bailamos de cadera para abajo, pisando fuerte, con las chamanas del incienso. Aporrean tambores que marcan la marcha. Caminamos justo delante de ellas, el incienso nos  impregna las ropas. Nos hacemos selfies, Andrea se marcha, tiene niños pequeños, sabe que va a dormir poco y nada seguido esa noche. Nosotras continuamos marcha, subir la Gran Vía es emocionante. Pasamos por los cines con los anuncios de Carmena, todo Callao se ilumina con consignas en pro de la mujer. ¡Viva Carmena! ¡Viva! ¡Viva te queremos, Carmena! Eso lo grito yo ahora en mi interior, mientras escribo. Ya bajamos hacia Plaza España, ya nos duele un poco todo el cuerpo, ahora tenemos delante al camión de la CNT, hablamos sobre los “sindicatos” y los sindicatos. Estamos plenas, sonrientes. Va siendo hora de retirarse, son las las once, estamos de acuerdo y cada una enfila hacia su boca de metro tras un ratito de despedida. Por el camino, feliz, envío algunas fotos a los grupos y chateo con mi amiga la de los angelotes, que me cuenta que ella ha sido esquirola, que ha tenido un día intenso en el trabajo, y me envía su foto con la peluca rosa de la huelga.

El día ha sido completo, se ha estirado como un chicle morado y dulce, solo han pasado unas horas y siento el corazón repleto, la mente despejada como volviendo de vacaciones. Siento que he hecho algo importante. Mi primera huelga, he llegado hasta aquí y no estoy sola. Creo que hemos hecho historia todas juntas. Hoy he caminado de cerca con otras tres mujeres, compartiendo viaje. La realidad es que somos muchas, somos todas, llenando las calles, diversas, juntas, dignas y llenas de vida.

3 comentarios sobre “Cambiar el mundo en albornoz. Crónica de un 8M

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    1. Que grata lectura y como me identifico. Yo llevo años reivindicandome como mujer sola en silencio, despacio pero sin pausa. Estoy harta de que otros quieran decidir por mi, y como madre intento educar a mi hija a Ser una mujer libre e independiente en todas sus vertientes. Gracias por compartir tan fresco y experimental.

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