Animal(es)

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El 15 de marzo ya había dejado de comer. El 21 de marzo decidió esperarme y morir al poco de yo llegar. Los días que transcurrieron entremedias fueron días de mucho amor, cuidado y despedida.

El 21 de marzo, día de la poesía y primer día de primavera de 2019, Blanquito, mi gato nacido en una calle del bairro de Graça de Lisboa y a punto de cumplir los 14 años, murió en una mesa de consulta de la clínica veterinaria envuelto en mi pañuelo de cuadros y con la cabeza apoyada en mi mano derecha.

Tuve la suerte de estar con él velando sus últimos suspiros y de acariciarle y besarle como bálsamo para mi tristeza. Dos días antes me había despedido de él y le había dicho que podía marcharse: aunque yo le quisiera a mi lado, podía irse.

Infierno
Mientras latía cada vez más bajito, me escuché diciéndole que le iba a querer siempre, que siempre estaría conmigo. Le cortamos un trozo de su pelo blanquísimo y lo metimos en un tubito de plástico que guardé en el monedero. Sobre aquella mesa, en aquella habitación, le di las gracias y le recordé cuando llegó a la casa de Ribera de Curtidores en octubre de 2005 y se dormía enrollado en el cesto de las pinzas, tan minúsculo.

Pedí que me entregaran sus cenizas. Le dejé tapado con la cabeza descubierta y reposé su cabeza en un trozo de pañuelo, no quería ver la transformación de su cuerpo.

***

“Aún está caliente”, dijo el gitano que cogió al gato atropellado del asfalto y le tiró al cubo de la basura. Hacía ya más de un año. Me vinieron sus palabras a la cabeza. Blanquito había corrido mejor suerte.

***

Tierra
A mediodía pasé por casa y cambié las cosas a una mochila. Me fui al centro, quería estar sola y pasear. Pero necesitaba calor, alguna palabra: llamé a D., comimos en un césped, me tumbé un rato al sol.

Al día siguiente ya no pasé por casa, me aterraba el silencio y el vacío.


Cielo
Recorrí algunas salas de El Prado a pie de calle tras salir del auditorio. Pintura española, italiana y flamenca. Me quedé un rato contemplando La Caridad de Sellaert. Acabé mi recorrido en la que me dió por llamar “La plaza de las musas”.

Leonardo, Fra Angelico, Van der Weyden (Descendimiento). Recordé que la pintura y la poesía son parte de la vida y que forman parte también de la muerte. Un rato antes, Ada Salas había leído en un auditorio lleno sus poemas del libro que toma el nombre del cuadro de Van der Weyden.

Mi compañera A. me había consolado con sus palabras ciertas, hablándome de la vida y del tiempo que nos corresponde a cada uno, y de cuando éste se acaba. De lo importante de compartir el dolor.

Esa noche dormí fuera de casa, lloramos después de la cena, compartimos la tristeza.

Esa misma noche también llamé a mi cuñado y le conté: él me había ayudado con dudas sobre los medicamentos del gatito. Él se encargaría de contarle a mi sobrina, que tantas veces habían venido a casa a cuidarle.

 

Viaje
Al día siguiente fui a coger el coche y no estaba en el garaje de mis padres. No recordaba nada, no sabía dónde lo había aparcado al volver de la clínica. Volví al barrio y recorrí los lugares donde podría estar. Apareció en mi propia calle, enfrente de casa. Con Ana Moura y Desfado emprendí camino a los paisajes alcarreños:

Ay qué saudade
siento de sentir saudade
Saudades de tener alguien
que aquí está y no existe
Sentirme triste
Solo por sentirme tan bien
Y alegre sentirme bien
solo por yo andar tan triste

 

En Guadalajara cambié a Ricardo Lezón y  “Caballos y Palmeras”  me traía la imagen de mi gato dentro de mi cama, acurrucado muy pegadito a mí.

 

Olivos
Nada más llegar al pueblo, donde ya estaban mis padres, atravesé la cocina, di un beso a mi madre y salí con un libro a sentarme junto a un olivo centenario: “Animales Invertebrados”, de Óscar Romero.

La noche del jueves me había acompañado su lectura, e intercalaba carcajadas con miradas perdidas y enmimismadas en la pérdida de mi gato hacía unas horas. Me estaba gustando mucho, me identificaba con las temporadas de cueva y en las que salir de casa y coger el metro era como una especie de peregrinación al extranjero, como una promesa, un no saber qué me esperaría al otro lado (de la línea).

Me estaba gustando el tono con que relataba el fin de mes constante, el fogonazo de creernos ricos cuando nos ingresan la miserable nómina, los pensamientos de desvarío cuando vas por los túneles del metro, el ambiente de oficina, de serviles y sobraos. Lo estaba disfrutando mucho. Era la lectura perfecta para mi tristeza.

Esa mañana, en el silencio de la casa de D., había estado leyendo compulsivamente Variables Ocultas, un libro de Clara Janés de 2010: me hizo mancharme de tierra y alfabetos, vi la luz regresar de la noche, comprendí simbolos y me hice preguntas, me sentí bien donde estaba.

La poesía seguía respondiendo mis preguntas con otras diferentes.

La noche del día 22, viernes, escribí a mis hermanos y sobrinos, contándoles de viva voz el fado del gatito. Me acosté con la lectura de Animales, pensando en la suerte de haber visto cómo se construía aquel envoltorio que tan bien había quedado y que ahora podía tenerlo conmigo como un objeto que ya “existía”. Ya era un libro, y estaba allí dentro.

Cenizas
Han pasado ya 13 días, como los 13 años que cumplió Blanquito, y aún no he podido ir a por sus cenizas. Hace dos días que reuní las fuerzas para recoger sus cosas. La fuente, cerca del sitio de siempre. En silencio. Vacía.

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