Tocarte con un dedo la punta de la nariz*

 

LoboAntunesBN

*Título de la columna de opinión de António Lobo Antunes en la revista Visão 15.02.2019 a las 8h18

Porque Eva un nombre pesado, ser Eva y fea sería una desgracia, quién en este mundo aguanta una Eva fea y tenía razón, quién en este mundo aguanta una Eva tonta y tenía razón, aunque no creyese que, de mí, nacieran mujeres feas o tontas, mis cromosomas no son ni feos ni tontos,

***

El comienzo de un libro es siempre muy difícil para mí. Es un organismo vivo, independiente, con sus propias leyes que en general me son extrañas y a veces me sorprenden, sus exigencias, sus reglas. Apenas el modo de respirar me es familiar, nada del resto le conozco y el texto se va construyendo a pesar de mí, aunque las palabras me cuesten un ojo de la cara, conmigo siempre a la espera de que las frases comiencen a volar y el texto se desenvuelva sin necesidad de mi apoyo, independiente, libre. Esto puede parecer extraño

(a mí me parece extraño)

Pero es así y viene a propósito de ayer. Al final de la mañana andaba yo en esto en el compartimento pequeño donde escribo, con una ventana al Tajo a lo lejos y una buena parte de la ciudad frente a mí, en este duodécimo piso en un lugar alto de Lisboa, rodeado de gaviotas, nubes y palomas y siempre el mismo halcón, quizás venido del Parque Zoológico, para la derecha y para la izquierda, a veces con un animal pequeño en las uñas, asustando a los pájaros, y yo sentado a una mesa grande, de sobre de vidrio, lleno de papeles, bolígrafos, calendario, un reloj de plástico

(nunca en la vida usé reloj de pulsera)

rellenando el papel con aquello que no sé quién o qué dicta a mi mano. Nunca usé máquina de escribir u ordenador, es todo hecho a mano porque me gusta dibujar las letras y la frialdad de los teclados me repugna. Bien. Estaba yo en esto, a vueltas con el segundo capítulo

(hasta ahora es lo que tengo, dos capítulos)

cuando sentí el peso de una presencia junto a la puerta, a mi izquierda, miré y había una chica a la entrada, una extranjera, y yo pensando

–¿quién será esa alemana?

alta

(y conmigo sentado, altísima)

de piel clara, ojos claros, cabello claro, con una sonrisa parecida a la de mi padre, más que parecida a la de mi padre, igual a la de mi abuela, con el formato de cara igual al de mi abuela en mucho más bonito, el clima en torno a ella también

(el clima en torno a las personas es terriblemente importante para mí)

y los gestos, y la forma de habitar el aire, y los hombros, y la boca, todo llevándome de vuelta a la parte alemana de mi sangre. Poco después de acabar el curso estaba yo de prácticas en un hospital inglés, el director me dijo

– Usted no parece inglés pero tampoco parece portugués. Es igual

(y la cara se le llenó de odio, palabra)

que un alemán. Hasta en Alemania me encontraban siempre alemán. Un crítico me dijo

– Usted escribe en alemán

pretendiendo ser agradable y, en realidad, me ofendió mucho porque yo soy de aquí y no tengo culpa de que esa parte de mí esté siempre a la vista. De pequeño era el rucio, rucio de mal pelo se quiere casar y no tiene cabello**, de adolescente me elogiaban

– Para un extranjero hablas bien portugués

esto sin maldad, sinceramente, y yo furioso

– Ojos azules, además

y yo capaz de comérmelos, con ganas de teñirme de moreno y ansioso por tener ojos castaños, durante mis comienzos una colega de la facultad, en lo que pensaba que era un elogio

– Palabra de honor que creía que los rubios eran malos en la cama

Y a mí apeteciéndome pegarla, pero volviendo a donde estábamos me llega aquella alemana al sitio donde escribo

– Papá

y yo ardiendo de amor porque era mi hija la mayor, tan bonita Dios mío, oliendo mucho a mí por debajo del discretísimo perfume y mis ojos llenos de lágrimas de pasión que sólo yo veía. Cuando embarqué para la guerra la madre estaba embarazada de dos meses, nació en junio y andaba yo en aquel horror, la conocí con cinco meses y no perdono a la Dictadura haberme robado ese tiempo con mi niña

(pase lo que pase será siempre mi niña, fui yo el que la hice, entienden, fui yo el que la hice como después hice a las otras, fui yo el que las hice y toda mi sangre está en ellas, fui yo quien las hice, fui yo quien la hice, fui yo quien la hice, son mías)

no perdono a la Dictadura encontrar un bebé durmiendo en su cuna sin mí a su lado, que ayer me vino aquí y me sonrió

– Papá

yo, bolígrafo en mano,

– Eres tan linda, hijita

apretándome de pudor el batín porque estaba desnudo debajo, mirándola, igual a mi abuela hasta en la sonrisa, hasta en el mirar, hasta en la ironía sobre la ternura, gracias a Dios mis cromosomas las marcaran bien, sonriendo a mis piropos y yo otra vez loco con la Dictadura que llevó a aquel alejamiento horrible, mi niña una adulta ahora, qué extraño, debía haber llamado Eva a las tres, pero ahí intervenía la sutileza de mi madre

– ¿Y si fuera fea?

Porque Eva un nombre pesado, ser Eva y fea sería una desgracia, quién en este mundo aguanta una Eva fea y tenía razón, quién en este mundo aguanta una Eva tonta y tenía razón, aunque no creyese que, de mí, nacieran mujeres feas o tontas, mis cromosomas no son ni feos ni tontos, todas las cartas para Angola traían fotografías tuyas pero quién sabía cómo ibas a quedar, me dabas la mano de pequeña
(lo que creció tu mano)

Adormecías en mi regazo y, detrás de nosotros, tiros pero no morí, no morí, muero un día de estos y voy a tener tantas saudades, como decía el Poeta vendré en el viento a espiarte, tocarte con un dedo la puntita de la nariz, lo que más quiero en este mundo es tocarte con un dedo la punta de la nariz, hay alguna cosa mejor que tocarte con un dedo la punta de la nariz y pedir bajito

– Despierta.

 

* * dicho tradicional portugués

(Crónica publicada en VISÃO 1353 del 7 de febrero de 2019)

Traducción: Aurora Feijoo.

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