La casa en París*

 

Elizabeth-Bowen_EStudiantesBryn College, Pennsylvania 1956

Elizabeth Bowen con sus alumnas en Bryn College, Pennsylvania, 1956

 

*Título del libro de Elizabeth Bowen (1935)

Leyendo el libro de Elizabeth Bowen me he descubierto pensando que era como si cuando lo cuenta lo estuviera viviendo de verdad, como si ella estuviera allí delante y describiera todo lo que pasa desde dentro de cada personaje. O como si ella fuera todos los demás y se convirtiera en ellos en una suerte de transformismo. Quizá ellos estuvieran ya en su interior, y necesitaran salir en otras formas, en otros cuerpos.

Y me ha extrañado, porque aunque pareciera un pensamiento-elogio que podía ser aplicado a otras narrativas, no, no es algo que me haya venido o que haya pensado sobre ello, antes, con otros libros, o con otras autoras o con otros autores. Ha sido como una primera vez, como una revelación de estar ante algo magistral, redondo. Una narradora que te va llevando a su antojo por las entrañas de cada uno de los que allí aparecen para dejar ver un trozo de sus tripas y corazones. No es algo que me haya surgido leyendo otros libros, no: me he sorprendido pensando cómo era posible ser Madame Fisher (ya casi muerte) y ser la infancia lúcida de Henrietta y Leopold, y a la vez Violeta y Karen… y la señorita Fisher. Como si estuviera viendo una película por el ojo de una cerradura. Como si se abriera una ventana de un edificio de los cuentos de los Hermanos Grimm, y se viera el interior de la cena de Navidad de una familia cualquiera. Que desde fuera parece que los preparativos marchan, pero sólo desde dentro se sabe la verdad de lo que está ocurriendo.

En algunos tramos de la lectura, ya al final, sentía la angustia de leer y parecer que no estaba pasando aparentemente nada, como si la trama no avanzara. Todo movimiento emocional resultaba estar minuciosamente concentrado en las miradas, los movimientos, los pliegues de las ropas, en las manos y la forma de cruzarlas, en los brazos, en cómo las manos agarran los brazos de otro, y cómo los brazos agarran las cinturas y se apoyan sobre una chimenea. Las tensiones de los cuerpos, los ojos, el viento y los cabellos. Las luces, las farolas, el sol, la lluvia y la niebla como personajes fundamentales en la novela, con un alma propia y contagiosa que se puede oler al pasar las páginas como la densidad de la lluvia en el aire en un día húmedo y plomizo de invierno. La insinuación constante de lo que está ocurriendo. La fuerza de cada gesto. Y la tensión de la mirada que, tirante, no afloja ni un milímetro: hay que verlo todo, espiar cada movimiento, sopesar cada tono, interrogar cada vacío y aguzar el oído en cada silencio.

Era como si estuviera viendo esa película, por el prodigio del cuidado del detalle hasta un punto estremecedor, en el que cada toma de aire antes de hablar dice, cuenta, casi más que las propias palabras que a continuación se pronuncian. Y los paseos y la naturaleza formando parte de ese escenario al otro lado de la lupa del objetivo por el que mira Bowen. Las edades. Los tiempos. Las distancias entre los cuerpos.

Elizabeth Bowen escribió esta obra en 1935 bajo el título “The House in Paris”  y la traducción es de Silvia Barbero para Pre-Textos, con fecha de publicación de 2008. La foto de portada es de la fotógrafa Ré Sopault y retrata la estación de St. Lazare en París, 1935. El diseño de la colección, Narrativa Contemporánea, es de Andrés Trapiello y Alfonso Meléndez. Un libro que, a la vista, con la mancha roja del título y, al tacto, con un papel verjurado típico de los ensayos de Pre-textos pero en un tono más tostado, apetece llevárselo puesto. En la primera mirada lectora inquisidora se encuentra un gancho se abra por donde se abran sus páginas. Ha sido un placer encontrarme esta sorpresa en la sección de Novedades de la Biblioteca Municipal de Conde Duque, en Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

8 comentarios sobre “La casa en París*

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    1. Hola, javiswift,

      No tengo el gusto de conocerte. Aclararte que ni es una crítica ni pretende tener un estilo afectado.
      Es mi reflexión al leer un libro y, por supuesto, con la emoción, que siempre está en lo que escribo y que a mí no me sobra en los textos. La objetividad no existe.
      Por supuesto, todo, siempre, puede hacerse mejor.

      Un saludo.

      Pd. Revisa tus erratas y tus acentos.

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      1. Gracias por decirme que tengo que revisar mis acentos. Otra cosa hubiera sido que lo hubiera escrito todo bien, pero ya sabes que con el móvil no se escribe bien. Pero tú no sabías que yo estaba escribiendo a través del móvil. O sea que buen punto. Uno a tu favor. Siempre se ha de escribir bien o no escribir directamente.

        Me volveré a leer tu reseña. Porque es una reseña, no?

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      2. A ver, disfruto escribiendo sobre libros y lecturas. Y como también vengo del mundo gráfico, me apetecía comentar ese aspecto de los papeles, el color.
        Una reseña creo que es un género en sí mismo, y estoy abierta a escribirlas para las editoriales, por ejemplo. 🙂

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