Falda fetiche, dosis verde y caminata

 

Verano.FamiliaBN

Quiero (co) responder(te), Silvia Nanclares.

En mi escritorio una foto del año pasado, en verano, cuando desmantelamos la casa de Galicia de mis padres. Pensé que no iba a poder soportar el recuerdo sin poder habitarlo en el presente. No ha dolido tanto. Fue más el momento. Y los días posteriores cuando lo pensaba intensamente. Al final, están los dos vivos. Si vaciamos la casa y se vendió fue por quitar de un plumazo los 500 quilómetros que unen Madrid con Ourense. Ahora, al escribirlo, duele un poquito, duelen un poquito esos 500 quilómetros que pocas veces hice y nunca los recorrí yo sola. Duele un poquito que no haya ganas de hacer esos 500 quilómetros porque ya no compensa la paliza conduciendo durante 5 horas cuando se cumplen 80 años. Quedan  los paisajes en la retina. Y la flor de acacia en la memoria.

Duele tener tanto que contar y esconderlo a veces. Escuché decir a alguien que su respeto estaba por encima de contar intimidades familiares y hacerlas públicas en sus escritos. ¿Lo contrario es ambición? Yo dije que lo mío era necesidad de contar. Aunque hablábamos de otras personas, otras situaciones vitales. Ambición, poca. Más tendría si más ambición tuviera. Últimamente me falla el condicional. Pocas intimidades he hecho públicas (¿aún?). Lo mío no es respeto. Lo mío es una mezcla de pudor y miedo. El resto es compromiso.

Sigo contigo, Silvia, un tanto desordenadamente. Todo esto me lo ha despertado, por un lado, mi estado nostálgico y enredado en presente-futuro-pasado, y por otro, el haber releído tu post del 28 de junio que necesitaba responder(te). Va para ti, en respuesta a tus palabras con las que tanto me identifiqué. Te respondo porque a veces también da pudor responder ocupando espacios, y porque también me da vergüenza sentir algunas cosas. Y, porque he tardado dos meses, se merece darle su espacio.

Quiero responder a ese post de la sala de espera y también al de hoy  con la gloriosa columna en diario.es. Que cuando te leo encuentro el nudo que, aunque ahí sigue, se vuelve un nudo compartido y un agradecimiento a que exista alguien como tú que coloque las palabras con las emociones tan bien expuestas en el destello de la página. La página, un destello de luz, y tus palabras, como materia perenne, permanecen.  Y ocupan las tripas, y se hacen hueco. Y la (falta de) lucidez compartida da un poco de aire al nudo, que respira. A pesar de fobias y compulsiones, o quizá gracias a ellas. Necesito leer las (com)pulsiones ajenas que me son muy cercanas, leer las fobias y las neuras de otra que, como yo, se sienta en esa sala de estar a darle la vuelta a las obsesiones. ¿La sala de estar es el cuarto propio? ¿Ya tenemos un cuarto propio?

Quiero responder sin respuesta y con más preguntas. Quiero ser parte de esa respuesta colectiva, aunque resulte un intento; muchos intentos de caer y levantarse van dando fruto (el adjetivo amargo se dispara en mi cabeza). Según avanzo voy desatando el nudo. Y mezclo, vuelvo atrás, avanzo-retrocedo, así es como me encuentro estos días en un loop existencial en el que todas las respuestas huyen o se quedan cortas o ni siquiera existen.

Estoy obsesionada con mi cuerpo y con no ser gorda, me compro pintauñas a ver si se arregla o disimula, diferentes tonos, un auto-bronceador, me repaso los pelos de las piernas cuando me acuerdo o me los veo al trasluz, me tiño el pelo, me lo corto, me echo un sérum; me gasto euros en financiar el patriarcado capitalista, me miro al espejo, me pongo muecas. Este año he ido dos veces a la piscina y hoy es 31 de agosto. Ayer me puse un biquini ajeno e improvisado y no sentí apenas vergüenza, solo un vestigio.

La glaciación de la vida social me ocurre a veces, o siempre, y me necesito mucho aquí sentada y en paz, con un incienso prendido y la música de Erissoma-David Mata sonando, y se hace extraño ansiar la certeza del otro, su palabra, su tacto, su cuerpo, ansiando al mismo tiempo la soledad monástica de la escritura. Todo es dual. Si pueden aparecer dos deseos que se contradigan el uno al otro, ¿por qué aparecer uno solo?

Vivir lo social en las redes o algo que se le parezca, vivir vidas paralelas de otros o incluso mías, en esta pantalla minúscula que empieza en curiosidad y termina en migraña.

El trabajo. Mecerme en la tormenta de olas que me llevan a creer que quiero (¡debo!) estudiar oposiciones y el pánico a las cuatro paredes, ya, siempre. Y el teléfono todo el rato en la oreja (quiero volver a llevar pendientes, ya no puedo), y el tedio y el menosprecio vital de esos espacios cerrados, ofuscados y constreñidos de envidias. Cuánto sudor, cuántas lágrimas. Y quizá, sangre.

La pareja, porque llegar a la maternidad: ni existe, ni se la espera. La pareja. Eso que proporciona compañerx de camino, calor, anclaje, seguridad, lugar pacífico -en el mejor de los casos- de conversación, algo que perdura en el tiempo. Saber que nadie te molestará porque ya estás donde tenías que estar. Ese nadie es familia y son pesados que te vayan a importunar: ¿Qué haces tan sola? Y esas cosas.

Mi relación con la comida. Paso palabra.

Me siento ciega de respuestas. Y entonces leo este artículo y me surgen más preguntas. Nunca certezas. La surfista portuguesa Marta Paço, de 14 anos, ciega de nacimiento, ha conquistado la medalla de oro en el primer campeonato europeo de surf adaptado, EuroSurf Adaptive 2019, en Viana do Castelo, siendo la primera campeona europea femenina en la categoría  ASVI (surfistas con deficiencias visuales). Al competir junto con dos atletas masculinos, en la categoría ASVI , la joven portuguesa volvió a conquistar un lugar en el podio, esta vez en tercer lugar.  

 

Falda fetiche, dosis verde y caminata

Me he puesto mi falda fetiche (la única prenda de hace 8 años que me pasa las caderas), aunque cada vez queda más corta -y puede que fuera enseñando un poco la comisura de la cacha del culo, al llevar la bolsa de la compra, llena de viandas, al hombro. Me he echado a la calle, he caminado, he respirado fuerte el olor del pino y he creído que no estaba en Madrid, con lo que eso me conforta. Y ya con mi dosis de verde en la mirada y el olor a montaña en los pulmones he hecho compra de supervivencia y me he vuelto a casa. Una hora después de haber salido, tras las dosis de piernas, verde, falda fetiche, viandas y escritura, me siento un poco mejor. Ciega temporalmente a las respuestas y a punto de migraña.

Y sí, me pregunto, ¿qué vamos a hacer?

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