Río abajo

Has tenido que hacerte daño con el cajón de la cómoda para parar, sentarte, y centrarte, sin lograrlo, en evitar las lágrimas. El dedo se deja aplastar para que puedas llorar a gusto. Un alivio. Mientras limpiabas, en tu cabeza, pasando por el pecho, todo un agolpamiento de emociones, imágenes, memorias, lugares. 2019, el año de la vida y las muertes.

Branco
Tuvo la delicadeza de dejarse morir el día que comenzaba la primavera, haciendo un guiño, dejando abierto un principio, la primavera como nacimiento de la vida. Florecer. Y él se fue a (dejarte) florecer. Y ahora le tienes en un recipiente de madera ¿? ¿Está ahí, realmente? Te preguntas dónde estará de verdad, y procuras no hacerlo a menudo para ni sufrir ni entrar en loop. Se fue, qué más da. No está, en tu vida ya no hay maullidos ni restregones, caricias ni hocicos húmedos en la nariz, en los ojos, en las orejas. Ya no pasea su hocico por tu nuca ni tu cabeza. Ya no te husmea cada día con el mismo interés, como si fuera la primera vez. Es como si 2019 te hubiera estado diciendo: “venga, a ver cuánto aguantas sin amor, sin calor bueno, sin pasar la mano por el lomo, sin un abrazo fuerte, fuerte, sin compañía en la cama”. Aquí hay gato, y más que gato.

Los lustros

Y ves que se acaba y que todo ha ido rápido y que se te escapa el tiempo, nada original, por otra parte. Y miras hacia atrás y ves acercarse una nueva etapa de 5 años, un nuevo lustro. Y ves 2009, con un paro laboral de más de dos años, que te trajo Portugal porque fuiste a buscarlo un año y pico después. Y 2014, cuando encontrabas e inaugurabas una casa donde por fin hacer tu vida, otra vez.
Y 2020, ¿qué te traerá? El segundo año de tu segundo lustro. El que también empezaba en 2015, con tu azul lanzado al papel de la vida y un nuevo encuentro inaugural de emociones y días compartidos.

2019 acaba con un corazón dado de baja por caminar de extremo a extremo en tiempo récord: la inactividad plácida, el éxtasis cómplice, el desencanto. Y el río atascado con arena y troncos. Un hombro dado de baja, quizás sea arduo soportar el peso. Un cuerpo en leve reposo. Donde la vida renace y cambia: ritmo, salud, universo.

La nada

Y resurgir. Resurgir del vacío, de una nada que podía haberse apoderado. Sin resquicio para que acontezca. Espacio para el dolor, llorar con y para el cuerpo dolorido, preguntar por una misma y por los padres, de ochenta.

— blanquito, dónde estás.

Y hacerse fuerte en el dolor. El físico, agotador, el interior, sordo, continuo, agazapado. Vaciar la casa. La casa que eres tú y tu casa que ha corrido nueva suerte, abriendo la puerta a quien viene de lejos, con tanta o más carga que tú; aireando el vacío pegado a las sábanas y sacando telarañas de los huecos y rincones.

— a dónde huyen los recuerdos, dónde recala el amor interrumpido.

Y la casa sigue vomitando polvo, y los rincones siguen acumulando objetos de un pasado, ni mejor ni peor. Y levantas las persianas y enciendes un incienso para que los recuerdos vuelen un rato por la habitación y luego reposen en forma de partículas densas de ceniza. Y la estancia recupera la calma y entran los rayos de sol haciendo arabescos en el humo. Y contemplando la escena la vida se convierte en nada más que en esto. En continuar arreglando los cojines del sillón sin inventar hipótesis,

— qué habría pasado de no haber acumulado tanto desencuentro ¿era posible salir ilesos?

El arabesco sube y se convierte en una línea recta que asciende directa al techo.

— blanquito, dónde estás, ven y acaríciame el lomo.

Será que el humo marca una nueva ruta. No se distingue a dónde señala, ¿quizá río abajo? Y el corazón entrando en plano, deja ver sus vísceras, se lanza a las aguas, que atronan, y se ve cómo desaparece al fondo, dejando un rastro rojo de sangre viva.

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