Contra el deseo

¡Silencio! No se escucha el ruido.

Llevo un rato asomada a la ventana, no se ve a nadie en la calle, el ambiente es de domingo. El calendario dice: jueves, doce de marzo, dos mil veinte. Un perro persigue, feliz, a dos palomas. Sigo escuchando los trinos de los gorriones en los árboles llenándose de verde. Los creo ajenos a nuestro devenir, aunque estén ligados: los estamos exterminando. En la ciudad, al menos.

Intento imaginar una mañana, un día entero, sin escuchar a los pájaros en mi ventana, ocupando la casa, y de pronto se hace invierno y el cuerpo se me llena de frío.

Me pregunto qué hay detrás de todo esto, del virus. Hoy amanezco con una calentura en el labio por el estrés de ayer. A pesar del intento nocturno de neutralizar con las Cartas de Lília y Tirse (1771-1777) para poner distancia. De madrugada el libro me recibe, abro por una página y, sin buscar, leo:

“Si las voces de los poderosos suenan tan distintas a las nuestras que son la debilidad misma. Si alguien pudiese concebir los instantes de desaliento, de lucha, de sufrimiento, que nos es inevitable soportar, necesitaría ser de piedra para quedar impasible” (…) ¿Gastaría él sus fuerzas en combatir con la más débil y desgraciada de las mujeres? (…) ¿Qué le importo yo al estado, qué soy yo o qué es ninguna de nosotras para atraer algo más que piedad exponiendo nuestras tristes necesidades?”.

Subrayo todo. Me entra cierto alivio al comprender que la historia es algo cíclico, o que en realidad lo de fuera cambia pero por dentro todo sigue siendo lo mismo.

Bombardeo informativo, dudas. La distopía, el control de los cuerpos, gente uniformada, el confinamiento, lxs contagiadxs, la denuncia, la distancia, el miedo. Cerrar fronteras. No entrar. No salir. Movimientos restringidos. Y la culpa, la culpa: siempre nuestra, de lxs de siempre.

Ayer atravesé una parte de la ciudad para verme con gente. Me imaginé atravesando a pie la ciudad, desierta. Éramos pocas personas, media docena. Me obligué a hacer una vida normal. Cogí transporte. Compré en el súper. Una voz por megafonía anunciaba que el apocalipsis estaba por llegar. En casa, pasé todo a tápers, tiré los plásticos y me lavé las manos una docena de veces en todo el proceso.

Lo que llevamos viviendo y de lo cual me quejo en los últimos tiempos se agudiza. Todo depende de una conexión a la red, de un aparato con señal y, con suerte, de unos auriculares que te permitan escuchar la voz del otro. El temor se agudiza, hay que esconderse, los cuerpos no pueden tocarse. La tecnología nos delata, nos confina, nos obliga, ¿nos ayuda? Pienso en el relato distópico de Raquel Freire, Ulisseia, y busco una respuesta:

“Fingiéndome normal. Persona esclava. Paso de marcha, ojos bajos, hombros encogidos, boca cerrada. A mi alrededor las personas caminan todas como soldados de azul oscuro. Veo las muñecas presas con las nuevas esposas invisibles, las mordazas transparentes en las bocas, los candados en el corazón. Disimulo mal. Uno de los guardas de azul oscuro del hospital gira la cabeza en mi dirección. Ha presentido mi inquietud, están entrenados para esto. Me veo concentrándome para fingir que soy normal. Lo consigo. El guarda gira el rostro de nuevo para la calle.” 

Esposas, mordaza, candado. Disfraz. Silencio.

Besar. Tumbarme en la hierba, casi primavera. Saludar a los últimos gorriones, hablar la lengua de los pájaros. Invocar a la lluvia, empaparme, pisar la tierra.

 

 

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