7 de abril: Fuera de plano

Hoy me he visto a mí misma en una habitación con vistas a la distopía.
No estaba segura si estaba viviéndolo o si estaba asistiendo a ella desde fuera. Me sentía algo así como yo misma aconteciendo fuera de plano.

Fuera de plano, la posibilidad de pertenecer a otro planeta. Y no por el encierro, o el cansancio, o el insomnio, o la distancia, o la angustia a ratos, o los muertos, o las noticias, o los ERTES, o los sanitarios, o el sufrimiento ajeno (dentro, fuera), o las residencias, o los hospitales, o las calles,  o las precarias, o la preocupación, o la recogida de firmas para llevar a domicilio solo bienes esenciales, o porque el domingo pude ver a varios repartidores en moto atravesando el barrio desierto; no por el SPM (síndrome premenstrual), no por las preguntas sobre el “después”. ¿Qué después? Ni siquiera por la decrepitud del “libre” mercado que iba a ser eternamente joven, ni por cómo nos afecta ya el desequilibrio coronavírico entre la oferta y demanda, y tampoco por imaginarme en una gran fila con cartillas de racionamiento, a metro y medio de distancia, ni por soñar tontunas como que bajo a la calle y empiezo a mover un coche de sitio y otro coche con luces azules esperándome al fondo. En mis sueños también visito casas que no conozco. Todos mis males menores frente a lo que otras personas están viviendo, o resistiendo, o muriendo ahí fuera, ahí dentro, en la realidad al otro lado de la ventana, al otro lado de la calle, al otro lado de la pantalla.

He cerrado las ventanas, atronaban las sirenas. Paseaban cinco coches de nacionales seguidos por dos coches de secretas. Tipo escolta. Con las luces encendidas y las sirenas sonando a todo trapo. ¿Qué sentido tiene todo esto? Y la canción de Resistiré por la otra ventana, como un himno cansino y triste, en loop. Las sirenas no puedo dejar de identificarlas en mi propio cuerpo con un aceleramiento del corazón, como sonido de emergencia, de algo está pasando. ¿Cómo pueden servir para celebrar? Y… Celebrar ¿el qué? No consigo entender qué está pasando. Nadie nos va a salvar. No es que nadie nos esté salvando ahora, físicamente, es que nadie, ningún profeta, nos salvará de este rumbo, sólo nosotros mismos, pero tampoco solos. Lo poco que podamos hacer, tendrá que ser en conjunto. Como dijo Elisabeth Duval hace una eternidad (hace 11 días del 28 de marzo), quién podría salvarnos de esto.

Me he sentido por momentos en otro tiempo, como viviendo un papel equivocado en una película antigua con papel de pared pintado de flores marrones y amarillas, chaquetas de solapa ancha, pantalones campana, y palillo entre los dientes. Si pudiera rebobinar y volver realmente a esa época de descampados, arena y chapas, carreras, el escondite, libros nocturnos con la luz del pasillo, y relojes de pulsera por la comunión porque con 10 años ya eras mayor. Si pudiéramos volver, ¿lo haríamos otra vez así, tan torpemente?

Y cerrando el conjunto, las bocinas, arrítmicas, rellenando el vacío.

 

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