13 de abril: Retomando la lectura de “Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión”

Cartas a Olga_havel

Leyendo a Václav Havel en sus Cartas a Olga me pregunto si no estaremos perdiendo la capacidad de recrear al otro. Si estaremos desperdiciando la oportunidad de “enfocar mentalmente” a esas personas ahora ausentes y con las que hablamos frente a una pantalla que nos deslumbra y nos cambia el rostro a otro de un color azulado. Estamos dejando de imaginar su silueta, sus ademanes, algunas expresiones de su rostro. Y mientras escribo esto pienso si no estaré poniendo el foco ahora en un lugar en el que no está sucediendo verdaderamente la vida. Verdaderamente. La vida.

Hiperconectados en estos días, con -quizá- días de ayuno digital para desintoxicar. Habrá quien no tenga lugar, ni siquiera mental, donde (des)conectar.

Hace un rato mi madre me ha hablado de tres cipreses y siete olivos. De varios bancos. Me ha hablado de una flor como un botón, del tamaño de su pulgar, con unas semillitas dentro, y que parece de nácar. Siempre le ha gustado describir las cosas cuando habla conmigo. Colores, formas, texturas, detalles. Y yo aprovecho y utilizo mi capacidad de recrear y enfocar mentalmente esos lugares ausentes, esas plantas y árboles que no puedo ver, imaginando la cara de mi madre mientras me lo cuenta.

Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión.

21 de diciembre de 1980

Querida Olga:

… Ayer me comunicaron que había llegado otra carta tuya (redactada seguramente después de la visita) pero que no me la entregarían porque contenía salutaciones de varios conocidos mientras me está permitido recibir saludos y mensajes sólo de los miembros de la familia. Tampoco me entregarán las fotos que me mandabas. Lástima. Es la tercera vez que ocurre.

*

En la carta anterior dices que casi cada día hablas de mí con alguien, o sea que de alguna manera estoy siempre presente en casa; Ivan también me ha escrito algo a propósito de mi relativa presencia; esto me recuerda un tema sobre el que reflexiono de vez en cuando, la cuestión de la existencia humana desde el punto de vista del espacio y el tiempo.

En comparación con otros animales, el hombre tiene la capacidad de plantearse cosas que no ve o no percibe directamente: si cierro los ojos veo el Castillo de Praga, los tranvías o el interior de un restaurante con una mesa encima de la cual hay una copa de vino y un plato que contiene una escalopa a la milanesa con salsa tártara. Del mismo modo que a una escalopa a la milanesa podemos enfocar mentalmente a alguien ausente, disfrutar de sus gestos, de su sonrisa, de su forma de hablar, etc. Pero naturalmente no se agotan ahí las posibilidades; al contrario. Y es que la personalidad de ese alguien no es para nosotros únicamente un conjunto cerrado de recuerdos que guardan conexión con él; no son sólo sus actos y su comportamiento; si bien todo eso lo tenemos por supuesto en cuenta, representa para nosotros sobre todo el amplio margen de “lo posible”: lo que podría hacer, lo que podría opinar sobre tal o cual otra cuestión, su reacción ante esto o aquello, etc. De manera que la personalidad humana es (entre otras cosas) un amplio conjunto de posibilidades potenciales, perspectivas, relaciones, exigencias, opiniones y supuestas reacciones; es algo abierto, siempre actual; no solo un fenómeno sino la fuente de todos los fenómenos pensables; no sólo una vida concreta sino la forma de la vida en general y sus alternativas, siempre estimulantes; es un punto de vista particular, una visión personal del mundo, un modo de ser del mundo, un desafío a éste. Y no sólo eso: cuando evocamos mentalmente a alguien ausente, lamentamos que no esté con nosotros para experimentar esto o lo otro o al contrario, nos sentimos aliviados porque no tiene que presenciar algo desagradable; nos imaginamos, con alegría o tristeza, cómo reaccionará cuando sepa algo; nos inquieta la incertidumbre de qué haría si estuviera presente; deseamos que experimente algo con nosotros o al contrario, nos preocupamos de que no esté obligado a experimentarlo, etc., etc. De manera que otra persona no es solamente una parte del pasado cuyo recuerdo animamos; tampoco es para nosotros sólo “un aspecto del ser del mundo”, algo exterior a nosotros mismos; al contrario: experimentamos esa persona y la vivimos como una parte integrante de nuestro presente y nuestro futuro; de alguna manera nos relacionamos continuamente con ella; la tenemos en cuenta como si estuviese con nosotros y lo supiese todo (o al contrario, para que no supiera nunca esto o aquello, lo cual no es sino la forma negativa de lo mismo); su personalidad, pues, forma parte de nuestra existencia, de nuestro horizonte concreto, de nuestro yo.

La personalidad de otro ser, o mejor dicho, la existencia humana (al menos tal y como la experimentamos) sobrepasa ampliamente, pues, la persona física de su “portador” y no es idéntica a ella: la experimentamos incluso cuando no estamos en contacto con su “portador”, esa otra persona no deja de existir para nosotros cuando sale de la habitación, abandona nuestra ciudad, marcha a vivir al extranjero o está en la cárcel; nuestra relación no está directamente unida con su presencia física; de hecho podemos sentir su personalidad muy intensamente incluso sin conocerla personalmente y sin haberla visto nunca. (Por otro lado, también es posible estar físicamente muy cerca de alguien y no sentir en absoluto su personalidad, como si aquella persona fuera un mueble) … Nada ni nadie puede borrar de la historia del ser una personalidad humana si alguna vez existió; existe en su marco para siempre.

Sigue existiendo, aunque -y esto es lo más importante- de una manera radicalmente distinta a todo lo demás, por ejemplo a la escalopa a la milanesa sobre la mesa de un restaurante a la que me he referido antes, por más que ésta indudablemente también forma parte del conjunto. Y es que la existencia humana, como ya he intentado observar, no es sólo algo que ya ha pasado: es “una imagen del mundo”, “un aspecto del ser del mundo”, “un desafío al mundo”; y como tal -así me lo parece- siempre crea en el tejido del ser un nudo absolutamente particular; no se trata de algo individual y aislado, algo encerrado en sí mismo y limitado a sí mismo, sino del mundo entero: como si fuese la luz que ilumina el mundo una y otra vez; el cristal en el que el mundo se refleja constantemente. Diría que la existencia humana no se concreta sólo en un hecho o una fecha sino que es un mensaje dirigido a lo absoluto, enfocando el misterio del mundo e interrogando acerca de su sentido.

(…)

… Seguramente recibirás esta carta alrededor del día de Año Nuevo, de modo que convendría que al final te desease algo. Reflexionando desde aquí sobre qué es lo más importante, cada vez me inclino más a pensar que es esencial no perder la esperanza ni la fe en la vida. Quien las pierde, aunque temporalmente le acompañase la suerte, está apañado. Y viceversa: quien la conserva, nunca puede acabar mal. Naturalmente esto no significa cerrar los ojos ante los horrores del mundo sino todo lo contrario: sólo quien no ha perdido la fe ni la esperanza puede verlo todo con claridad. Puesto que explicarlo con más detalle significaría escribir otra carta, acéptalo de momento como una invitación a reflexionar sobre ello. Y yo te deseo de todo corazón que en el Año Nuevo no pierdas la esperanza ni la fe, ni la capacidad de disfrutar del mundo, aunque las cosas sean como son. Si lo consigues, habrás ganado; si te resignas, nada podrá ayudarte (y, por cierto, ¿que pasaría entonces conmigo?)
Besos a todos los que quiero, deséales de mi parte lo mismo que te deseo a ti.

Besos. Vasek.

Traducción y edición de Mónica Zgustová.
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1997.

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