Habitando el silencio. Diario (II).

Otra vez la ilusión de que me acompañan los insectos, celebrando mi presencia. Una mariposa verde y amarillo cadmio que al posarse simula ser una hoja me ha marcado el camino durante un trecho. Al llegar al punto de ayer, otra mariposa ha venido como una flecha, se me ha posado en el pie derecho, sobre la piel, como ayer, unos centímetros más arriba, y se ha marchado a toda velocidad, haciendo antes una cabriola en el aire. Tenía los mismos colores y formas de la que ayer me dio la bienvenida.

Sobre la encina, dos aves han hecho una acrobacia y han desaparecido.
(I)

Después de saludar a la encina y hacer unas sombras chinescas con mis manos y la luz del sol, he vuelto a caminar.

Una libélula de cobre, bellísima, ha revoloteado cerca de mí unos pasos hasta posarse en una ramita. Y al darme la vuelta, diferentes saltamontes me van acompañando dándose el relevo. Ayer no hubo tantos. Hoy he ido con especial cuidado, pues al ser pardos, del color de la tierra, no se les distingue. Pero cuando sientes un movimiento a tus pies y despliegan sus alas turquesa, ahí, sí. Aparecen de repente.
Y, pese a la mariposa blanca y negra como la de ayer que ha venido derecha hasta mí, buscaba más señales.

Y entonces he llegado a un árbol muy verde, parecía un arbusto enorme de jara, del que han salido dos mariposas iguales entre ellas y diría que iguales a la mariposa blanca y negra que viene a posarse en mi pie. Ascendían jugando, y han seguido dando vueltas y vueltas hasta llegar muy alto.
(II)

Caminando de vuelta, una pluma en el suelo. Gris y alargada. La recojo y miro hacia arriba como si de allí pudiera llegar la solución. Como si el pájaro aún sobrevolase. Al bajar la mirada, encuentro otra pluma muy parecida, parece del mismo tipo de pájaro. Camino con mis dos plumas, y me fijo en una raíz que parece un caballito de mar. Sigo, y me lo pienso mejor, retrocedo, me agacho para coger la raíz y voy con las dos plumas en mi mano izquierda y con la raíz en la derecha. En un momento, y sin pensarlo, pongo las plumas junto a la raíz. Y entonces supongo que, con ese gesto espontáneo, es como si simbolizara la unión de tierra y cielo, y, tal vez… con el mar.

Subiendo la última cuesta, reparo en otra encina enorme y descanso bajo su sombra. Coloco en un murete mis tesoros, haciendo recuento: dos plumas, una raíz-caballito-de-mar, una flor de cardo dorada. Por hoy, estoy satisfecha.
Ya tengo todo lo que el día me podía ofrecer y todo lo que podría pedirle.
Ahora, la jornada consistirá en seguir habitando el silencio.
(III)

#mariposablancaynegrasobremipie
#fuithic #seguirsiendoenelsilencio
#miviajealaalcarria2020

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