Hay un dolor, aquí. Honrando mis orígenes.

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Hay un dolor, aquí.

Deseo rendir un homenaje a mis ancestras, las que están cerquita en el árbol, y no logro escribir, a veces pasa. Hay algo que no he estado haciendo bien hoy. Me he desconectado en algún momento, me he desconectado de mí. Y las palabras se quedan a resguardo sin atreverse a ser, sin florituras, sin nada que decir. La tensión.

Los párrafos no vuelan ni se escriben solos, como otras veces. Recurro a un escrito guardado del mes de julio y le doy forma.

Abuela, todo lo que fuiste me trajo hasta aquí. Todo lo que fuiste trajo hasta aquí la posibilidad de lo que soy. Sacaste adelante tú sola a la familia, cuidaste de mi madre hasta que ella empezó a cuidar. Hasta que, con menos de diez años, ponía las lentejas en la olla express para dar de comer a sus hermanos. Y así, cuidado tras cuidado, me habéis transmitido eso: cuidado, poder, gracia, vida.

Abuela, ahora sé que escribías instancias a aquella vecina con un hijo en la cárcel. Sé por mi madre que escribías cartas a las vecinas que no sabían escribir. Y seguramente que les leías también las cartas de vuelta. Y eso que tú no estudiaste, pero de alguna forma aprendiste a leer y a escribir, y leías mucho, siempre con un libro, aprendiendo. Cuando te dejaban las costuras, las limpiezas, los encargos, las casas, las señoras, la máquina, la casa. ¿Cuándo leías, abuela? ¿De noche, cuando parabas la máquina de coser? Pero si las noches eran para coser, si era el sonido que arrullaba a mi madre y sus hermanos para dormir allí junto al hogar encendido. Tu máquina nunca dejaba de sonar. Tus ojos pequeños y tu espalda encorvada, los huesos torcidos de tus manos, con la inclinación para agarrar la aguja, la inclinación para limpiar y secar los suelos; todo tu cuerpo estaba hecho a la medida del trabajo.

Abuela, con cuatro hijos, cartillas de racionamiento, el pescadero generoso, las uvas desprendidas del ramo que quedaban en los cestillos de la frutería, el azúcar que cambiabas por aceite, mi madre a cargo de tres niños, caminando manzanas y manzanas, en su barrio de Tetuán, para comprar el pan más barato, aprovechando, feliz, para visitar a la abuela Ángeles; un marido tarambana (mi abuelo, a quien tanto quise y a quien tanto debo, también, para bien o para mal: mi naturaleza salvaje). Conseguiste salir adelante.

Y ayudabas a los demás por el camino. Escribías cartas, con tu letra preciosa, menuda, bien colocaditas las frases, una detrás de la otra, construías líneas, párrafos, cartas, estructuras potentes y ordenadas. Redactabas instancias, perfectamente las redactabas. Y te leían. Y lo conseguías, y ganaste el recurso, y el hijo de tu vecina salió de la cárcel. Como yo conseguí hace unos años recurrir aquella multa de aparcamiento injusta, qué tontería. Pero yo entonces no sabía de qué lugares, de qué sangres, me venía esto de reclamar (justicia), esto de escribir, o quizá creía que llegaba hasta mí de otros lugares, de otras sangres. Y qué sorpresa encontrar esta parte tuya que tan bien encaja en lo que he sido y soy.

Abuela, si tú, así, fuiste, ¿qué no podré ser yo, en mí, ahora? Ahora puedo continuar escribiendo, con buena o mala letra, y continuar la estirpe de mujeres fuertes que somos en esta familia nuestra.

Yo no lo haré mejor, abuela. Lo haré lo mejor que pueda con tu legado. Aprovecharé tiempo y legado, acogiendo en mí todo lo que soy a través de vuestra sangre, desechando los dolores que no me pertenecen, honrando vuestro esfuerzo, con él tendré la vida que deseo, honrando mis orígenes, agradeciendo este relevo que me da la vida, para ser digna representante de mis orígenes.

Gracias por todas las enseñanzas, las que sé y las que intuyo, y las que llevo dentro sin saberlo.

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