Mientras yo me desnudo, tú estás aquí leyendo

Pero me estás mirando como Dios miró a Adán y es muy violento sentir tu mirada de amor y posesión y orgullo. Quiero irme ahora mismo y cubrirme con hojas de higuera. Este no estar a punto, este no estar a la altura es un pecado.

Escrito en el cuerpo.

Jeanette Winterson

Leer me reconcilia. Me destensa, me ablanda el cuerpo, me masajea la mente, me reconcilia con la carne. Leer me reconcilia conmigo y con la vida. Leer a Jeanette Winterson me reconcilia con la posibilidad del amor.

Leer a Jeanette Winterson me llena de una alegría idiota, seguida de una punzadita de desgarro, por saberme conectada a esa pulsión a medio camino entre la locura que desdibuja la línea entre ese estado mental circular doloroso, preocupante, y la simple insensatez de sonrisa boba. Me reconcilia con todas las tonterías hechas y por hacer. Sobre todo con las gazmoñerías, meteduras de pata, ridiculeces, impulsividades absurdas, espionajes, comportamientos obsesivos, todos en torno al amor, o a lo que creemos que es amor, o a lo que imaginamos amor o a lo que deseamos con todas nuestras fuerzas que sea amor.

Mientras yo me desvisto tú estás aquí leyendo. Pero no me desvisto de quitarme la ropa, me desvisto de desnudarme. Frente a ti. Pero no en una habitación de hostal, ni en tu casa, ni en la mía. Ni siquiera en un lugar recóndito o romántico o clandestino o escondido o sórdido. Me desnudo ante ti, aquí, en esta hoja en blanco.

Y recuerdo una pensión de mala muerte, un bebé inconsolable llorando a gritos durante minutos que no acababan nunca. Y la china, mirándonos mal, diciendo: dos pagar más. Más “eulos”. Dolmil dos, pagar más. Va a ser un rato, respondimos. Lo que dure el amor.

Una vez puse todo mi amor y mi paciencia en dejar secar una rosa roja, que artísticamente colgué en la puerta del ser amado: boca abajo, ya negruzca, con una carta de amor improvisada en el frío del poyete del portal. Por aquella ofrenda amorosa me llevé una buena bronca. Al llegar a su casa y ver aquella cosa oscura y agónica, que a mí me había resultado hermosa, le dio un vuelco el corazón. Pero no de alegría ni de amor desbordado. Me gritó al teléfono: una rosa negra, una flor de muerto, un mal de ojo. Se llevó un susto de muerte. O lo que es lo mismo, un amor de muerte, pues al final acaba muriendo, lo podemos decir así. A mí, ahora, recordarlo me produce una risa tonta, como si fuera el chiste malo de algo que ha hecho otro. Como el que se ríe de sus propias gracias. Claro que nunca estará a la altura del episodio de la biblioteca, en alzas en una silla, amarrada, llevada por bibliotecarios en un ambiente devoto lleno de temperamento erudito. Jeanette Winterson dixit.

Hubo cartas, muchas cartas, unas a tiempo, otras a destiempo. Recuerdo aquella escrita a pluma con tinta azul turquesa. No era ni una adolescente, y ya escribía cartas de amor. Las citas de Bécquer en la carpeta, un cuaderno plagado de citas que recogía toda la intensidad, cercaba el deseo, empujaba la imaginación y construía todo un imaginario de ojos verdes, fuentes, cabellos largos, cuerpos blancos, bosques y lugares oscuros, nocturnos, paisajes lunares, llenos de misterio.

Todas esas cosas que es mejor no tratar de explicar porque no hay explicación que valga. Todas esas veces de ponerte colorada sin remedio porque te das cuenta de que te han pillado. Todas las veces que cometes el mismo acto, todas las repeticiones, llevas perdida la cuenta. Llevar hasta la parodia la propia imagen del ridículo más cochambroso. Reirte en perspectiva de tus miserias, pasadas, presentes, futuras. Aceptar lo que hay. Saberte en el camino. Sea este cual sea. El camino que significa vivir que a veces puede parecer el guion de una serie de mala muerte y otras, en pleno pico de rica hormona feliz, un pedazo de relato, un librazo, una vida súper ventas. Una vida como el recuadrito de Instagram, que recoge lo mejorcito de la estampa y deja fuera la cochambre.

Mi vida es un doble recuadro, y Jeanette Winterson me lo recuerda. Lo que por un lado apesta, por el otro brilla. No hay fracaso sin un pedacito de algo parecido al éxito. No hay amor sin algo parecido a la muerte. La forma de saber que cura es saber lo que ha dolido antes. No hay bálsamo sin herida.

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