Asco

Asco
Asco, mucho asco, el que provocan esos señores que se exhiben sonrientes junto a una muñeca hinchable.
Hecha un asco su mente, muy sucia, en contraste con su inteligencia, muy escasa.
Y no hacen ningún asco, es decir, que lo aceptan de buena gana: el regalo, el chiste, el desprecio y la grosería, la inmundicia y descaro con que representan esa autoridad que no se merecen. Cobardes.
Son un asco: indecorosos, despreciables. Y, sin asco, es decir, sin escrúpulo ninguno, se muestran en su atropello, se reafirman en su error y, para quedar bien, piden disculpas edulcoradas.
Señores: ustedes, sus sonrisas, su exhibición, su cargo, su poca vergüenza, dan muchas, muchas, pero muchas ganas de vomitar. Son ustedes de una repugnancia que avergüenza.
Posdata 1. Inspirado en el “regalo” que una asociación empresarial ha hecho al ministro chileno de economía, que resulta ser una muñeca hinchable con un papel que tapa su boca y dice así: “Para estimular la economía”.
Posdata 2. Como todo gira en torno al asco y al vómito de repugnancia que provocan estos individuos, qué mejor hilo que el de las acepciones de la RAE para el término ” asco”.

Imbecilidad a secas

Estos días me veo luchando contra la imbecilidad ajena, tratando de despegarla de mí, pues la lucha está en mi interior, y soy yo la que sufro en mi propio campo de batalla. El campo es mío, la expresión, no.

Imbecilidad la del que cree que gritando se le escucha más, del que interpela atacando ante un comentario educado; del que lloriquea por el niño “educado” y reprimido de ayer y el adulto infantilizado y consentidor de hoy y que como niño mimado anda molestando siempre que puede para salirse con la suya, ya que el mundo no le deja. La imbecilidad del que cree que puede llamar “reunión de zombies” a un encuentro literario en honor a cinco mujeres escritoras, a saber: Virginia Wolf, Sylvia Plath, Idea Vilariño, Marina Tsviétaieva y Marguerite Duras. Imbécil comentario pese a que hablen de “invocación” y “Más allá de la vida” en el título del encuentro. La imbecilidad del que le dice a un colega “tío, eso es muy bukowski”(sic) y la imbecilidad del que se lo cree.

La imbecilidad desparramada por la vida, en directo, de viva voz, y en las redes, por escrito. Las palabras se las lleva el viento, la estupidez no.

En estos días en que mi sensibilidad aflora peligrosamente y después de acudir a jornadas como las de #fuckpatriarchy donde los ojos se te abren, el ánimo se te enciende y el corazón se te fortalece… el caso es que cada vez constato la existencia de más imbéciles. Sin género, que al final son una construcción. Y ahora que estamos con los preliminares navideños, temo que se me agudice la dolencia.

El que quiera o pueda que se dé por aludido. Imbécil tenía que ser.

 

Me estremezco de infancia*

*Verso de No hay tensión sobre las flores, Anestesia. Martín Ostiglia (Buenos Aires, 1975)

Hoy se me ha colado en la lista Anestesia, de Martín Ostiglia. Como siempre, un cúmulo de casualidades alcanzan a llevarte a un lugar, y en ese lugar suceden cosas, y esas cosas te llevan a otro lugar. Y siempre, en esos lugares, las personas. Y cuántas veces, la poesía.

“Yo en realidad escribo poesía, es lo que más escribo”. Aunque poco frecuente, esta declaración hace que, la que está enfrente -y que ahora escribe para contarlo- incrédula, pregunte: “¿Sí? ¿De verdad? Yo también escribo poesía.” Y como complicidad y generosidad entre iguales, Martín saca un libro de la manga, haciendo magia, y me lo entrega: “Toma, un regalo. Es el último que he publicado. Los dibujos, también son míos. Todo lo he hecho yo”. Y me ofrece una dosis de anestesia en forma de libro. En ese momento “me estremezco de infancia”, que es un verso que acabo de robar a “Tute”, que así es como le llamaban -a Martín- su gente cercana: los amigos y su hermano, en la lectura a la que he asistido este sábado en una cueva del barrio de Malasaña, donde aún se disfruta de un intratiempo, de un gusto castizo, y de bombonas de butano tomando el aire en los balcones.

Una lectura de una novela en relatos cortos. Así me presentaron la tentación, así me vendieron el boleto de salida a la biografía ficcionada de Tute. Un encuentro privilegiado con el lenguaje, en el que las palabras aciertan a cada cosa que tocan, en que las emociones vibran por encima de la página y en el que los personajes caminan por la sala, unos vivos, otros muertos, saludándose, ofreciéndose tabaco, y navegando por aguas más o menos ciertas. Salas de hospital, tazas tuertas, kilómetros de distancia entre huídas y llegadas; palabras rotas, palabras vivas, palabras muertas. Palabras, todas.

Martín lee desde un ordenador sobre las piernas, que visten vaqueros, a los que siguen un jersey gris con puntos blancos que desde la distancia desde donde lo miro se me asemejan bichitos o marcianitos haciendo fila. Su pelo es gris y blanco y cae justo para sostenerse a la altura de las orejas, y unas gafas de concha enormes agrandan unos ojos enormes, agrandados a fuerza de vivir mirando el mundo intentando entender. Oscuros, vivaces, inteligentes. Una nariz grande, unas manos grandes. La tapa de la máquina tras la que se esconde en sus poemas es otro lugar, un territorio en el que unos seres un poco marcianos nos miran, en primer plano desde la esquina inferior derecha, adivinándose un paisaje con otros seres en un plano más lejano. Pese a que se ve perfecto en sus líneas y en su estilo, muy marcado, parece dibujado a mano, con rotulador negro, y ahora creo adivinar que la tinta de estos dibujos sea también protagonista de ese inventario en el que Tute habla de “marcadores que pintan mejor que otros marcadores chotos” en su Diario de oficina -Tres-.

A mí, el que más me ha gustado ha sido el -Dos- de su Diario de oficina, del que extraigo:

Estoy como las casas cuando sufren una mudanza; lleno de ausencias y en apariencia vacío; con mil historias mudas en cada uno de mis rincones.

Y entonces vuelvo al verso robado, y el poema al que pertenece comienza así:

No hay tensión sobre las flores.
El espacio entre los ojos y el horizonte
se completa//////
desdibujado-sonoro-magnético,
/// en presencias invisibles.

Invento estos momentos. Los calco de algo leído.

(…)

Me estremezco de infancia.
Entre bicicletas soy el chico que todo lo puede. Sin gorra-
mamá sonríe desde la orilla -neptuno sin barba-
Mar bravo -poseído- Mujer presente
Cocinera de abrazos y sol de tarde.

(…)

Y saltando unas páginas, llego, para quedarme, en Lucrecia:

(…) que la distancia a veces tiene esas cosas
Que cuando te vas
hay silencios que no resisten

Me doy cuenta que esto último que digo la entristece (…)

Y si hablo de este Anestesia es para recordar los textos que leyó Martín para su familia y delante de dos extraños; una de las extrañas era yo y el otro, mi compañero. Fuimos caminando hipnotizados, de Madrid a Buenos Aires, de un hospital a una habitación con balcón, de un nacimiento a una muerte, de una bienvenida a una despedida. Y allí, algunos de los protagonistas caminaban por la sala o se sentaban al fondo, o escuchaban a su padre en primera fila, con un cuaderno en las rodillas, dibujando monigotes con un marcador negro.

Un pedazo de vida al que tuve la suerte de asistir y del que me llevo otro pedazo de vida hecho libro que, orgullosa, coloco entre mis últimos descubrimientos, y del que doy testimonio para que sus palabras sigan viajando y conquistando otros paisajes.

Hasta el próximo encuentro con las palabras.

Gracias, Martín, por regalarme las tuyas.

anestesia

La culpa siempre es del otro

Hoy he empezado “Llamada perdida” de Gabriela Wiener. Frase tras frase, y por fin el capítulo de su llegada a Barcelona, la soledad, el extraño al que te habitúas y el conocido al que (te) extrañas de ver. Me ha apaciguado, levantado el telón de lo posible. Y me ha hecho llegar otra vez a la conclusión de que siempre tiene la culpa otro. Lecturas que no me atrapan porque no tienen nada que contar(me).

Gabriela ya me atrapó. Primero, fue ella, su persona, contestando al otro lado de la cámara. Su tono cortante y discordante cuando la llaman “joven escritora”, su hablar repleto de cosas que decir en la entrevista “En Órbita”. Después, fue su universo y su palabra. La descripción de sus complejos, ese antes que tú lo digas ya lo digo yo, ese mea culpa, ese “fea” dando vueltas a la belleza. Y escribí todo esto antes de llegar al relato de su propia muerte y de su hija Lena descubriendo lecturas precoces sobre otras muertes.

Otro libro que me mantendrá despierta en la noche. Aunque haya mucho interesante ahí fuera, yo quiero estar aquí dentro y sin dormir porque leo y estoy despierta. Y eso me permite salir al afuera con algo más de convicción.

Adivino más noches despierta entre el blanco y la escritura.

(Escrito el 10 de octubre de 2016)

This Walz

Hoy me he levantado con la muerte y, como ayer, me acuesto con Leonard Cohen. Take This Walz. Y no es raro porque, cuando pongo un disco, entro en loop de escucha y suena una y otra, y otra vez. Ahora, voy a bailar un Pequeño Vals Vienés, justo antes de dormir, para coger el sueño y soñar con Odas, Valses, infancias, y ciudades que no duermen.

 

takethiswaltz

Un globo, dos globos, tres globos

Sopa de Letras

 

Mientras voy entrando en calor después de haber tomado un chocolate acafetado, posponiendo la decisión de encender la calefacción unos días más, escuchando Radio 3 desde hace unas horas, programa tras programa, melodía tras melodía, aunque ahora toca una música que me permita una mayor concentración; y habiendo leído unas cuantas opiniones, artículos, viñetas, sobre el resultado amargo aunque esperado de las elecciones en América (Los Estados Sumidos) -hasta he estado viendo un trozo de episodio de Los Simpson de hace 16 años en que se predecía el horror… intento ir concentrándome en un trozo en blanco del “papel” virtual.

Hago una lista mental de las mujeres que me inspiran estos días, en realidad una forma de revivir en mí el espíritu de las mujeres a las que admiro y que me han empujado desde que las descubrí, unas mucho antes, mientras crecía, leía, y escribía, otras mucho después, mientras sigo creciendo, leyendo, y escribiendo.

Y entonces, esa lista mental enorme va creciendo conmigo: Carmen Martín Gaite: sus gorros, sus Cuentos, Nubosidad variable, El balneario, Entre visillos, Caperucita en Manhattan; Ana María Matute: Primera memoria, Demonios familiares, Paraíso inhabitado; Gloria Fuertes y su voz ronca de fumadora y su corbata: “una oficina donde trabajo como si fuera tonta, pero dios y el botones saben que no lo soy”, “estoy más sola que yo misma” “he publicado poemas en todos los calendarios” y su literatura infantil Las tres reinas magas: Melchora, Gaspara y Baltasara, Pirulí, Don Pato y Don Pito, Villancicos, La Oca Loca, El camello cojito, Tres Tigres con Trigo… y sus emocionantes apariciones en programas infantiles de los setenta como Un globo, dos globos, tres globos, ; La Mansión de los Plaff (“entra y te quedarás”), La Cometa Blanca (“Mira, mira, cómo mira”). Qué suerte que aún me queda por conocer toda la literatura para adultos de la Fuertes; la brasileña -de origen ucraniano- Clarice Lispector y el recuerdo de Macabéa -la protagonista nordestina inspirada en su infancia- en su novela A Hora da Estrela hecha película por Suzana Amaral, y sus libros por leer: Alguns Contos, Laços de Família, Felicidade Clandestina, Um sopro de vida: pulsações…; la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner -que fue elegida para participar en el Parlamento en 1975 después de la Revolución de los Claveles y apoyó la Liberdade de criação cultural: y sus Contos Exemplares, sus poemarios Coral: “Ia e vinha/ E a cada coisa perguntava/Que nome tinha.“, O nome das Coisas, Ilhas, No Tempo Dividido … y tan bellamente retratada por João César Monteiro; Alejandra Pizarnik y sus Diarios, su Extracción de la piedra de la locura y su Prosa completa: “No me entregues, tristísima medianoche, al impuro mediodía blanco”; la también poeta portuguesa Florbela Espanca: Diário, Sonetos: “A Flor do Sonho, alvíssima, divina,/ Miraculosamente abriu em mim,/Como se uma magnólia de cetim/Fosse florir num muro todo em ruína (…)”  y que retrató el director portugués Vicente Alves Do Ó con enorme sensibilidad en su película Florbela, estrenada el 8 de marzo de 2012 en Portugal y protagonizada por Dalila Carmo. Una fugaz Alda Merini: Uomini miei: “Una donna che ama/è simile/a un grande guerriero/che vuole la sua vittoria./Per questa vittoria/sarà pronta a morire/su una terra senza farfalle.Juana de Ibarborou: “Si yo fuera hombre, ¡qué hartazgo de luna,/de sombra y silencio me había de dar!/ ¡Cómo noche a noche, solo ambularía/Por los campos quietos y por frente al mar!”. Raquel Freire, portuguesa nacida en Oporto, activista, guionista, directora y productora de cine, y su novela Transiberic Love, su reciente documental Dreamocracy, o su primer largometraje, Rasganço. Aquí su página oficial. La recién descubierta Ana María Moix: Extraviadas Ilustres. Gabriela Wiener y sus Nueve Lunas y sus Ejercicios para el Endurecimiento del Espíritu: “, de quien ya he publicado aquí.

La luna es un globo que se me escapó

… En mitad de esta lista inacabada se cuela Murakami. Y no puedo excluirle de mi mente, porque acabo de leerme compulsivamente dos de sus libros: Kafka en la orilla, que me ha dejado un gusto incómodo, de final abierto, de asumir las propias conclusiones; y Tokio Blues, que me ha recordado que el amor existe y que la realidad es compleja, y que podemos perdernos en ella e incluso dentro de nosotros mismos alguna vez.

En realidad, he aprovechado que estáis ahí, al otro lado, leyéndome, para hacer con vosotros una lista de posibles publicaciones futuras… de deberes pendientes. Para ir investigando un poquito sobre lo que me apetece recordar, conocer y, en ocasiones, redescubrir, o descubrir por completo. Y así ir creando algo parecido a un universo de planetas-libro, de constelaciones  de palabras, de sopas de letras, pero de las que se sorben despacito y con gusto de la cuchara ardiente.

 

 

Estoy enganchada a la literatura

Un pequeño apunte para recordar las mujeres y lecturas que inspiran mi vida durante estos días.

Recién terminé ayer Llamada Perdida de Gabriela Wiener. Me ha dejado un gusto a vida, así de sencillo. He disfrutado leyendo cómo habla de Corín Tellado, y como habla con Corín Tellado. Y de Isabel Allende, y con Isabel Allende. Que no será casualidad que haya elegido a estas dos señoras (yo tampoco quiero ser un señora, Wiener) para protagonizar unas cuantas páginas de su libro. Quizá las circunstancias de la vida la pusieron delante de esas dos grandes mujeres creadoras de bestsellers (aunque no solo), pero ella ha elegido que aparezcan en su libro y le ha dedicado un capítulo a sendas mujeres, sendas fuerzas, escribiendo sendas defensas -nada edulcoradas- de  figuras femeninas pioneras, valientes y… escritoras. Compartiendo con ellas, creo, ese convencimiento de que la vida no hay que tomársela tan en serio como la literatura.

He saboreado las historias de su vida, la de Wiener, de su llegada a Barcelona, de sus desvaríos y el acercamiento a su propia  muerte, de las lecturas “peligrosas” que aparecen debajo de la cama de su hija Lena, de su embarazo, sus trabajos, sus fobias, sus filias. Pero, sobre todo, sus conversaciones internas, sus dudas, sus temores y avances, su curiosidad certera y sus obsesiones con el cuerpo. Y, llegada a este punto, reconozco estar mezclando mis sensaciones durante la lectura de Llamada Perdida con la de Nueve Lunas, que empecé inmediatamente después, sin respiro, y que he dejado en Abril, el capítulo 5. También mezclo sensaciones fruto de haber leído su breve Kit de supervivencia para el fin del mundo.

Ejercicios para el endurecimento del espíritu es otro de sus libros -esta vez, de poemas- que voy degustando poquito a poco.

A mí también me importa más el desaparecimiento que la muerte. A mí tambien me asusta la nada, y no dejar nada a mi paso, más que la muerte. A mí me atemoriza irme como he venido. Valgan estas letras como desquite.

Estoy enganchada a la literatura de la Wiener.

llamadaperdida

Tiempos convulsos y con vulvas

 

“¿Sabéis una cosa? Yo soñaba con ser loca, grandiosamente loca, como un rayo.

Mi tara, que es hereditaria, me lo ha impedido.

Ellos, que tienen la suerte de ser locos inmunes a la tara hereditaria, no lo reconocen”.

L’angelo custode. Fleur Jaeggy. 1971.

 

Con 21 años, mi pareja de aquel entonces me compadecía cuando tenía la regla y, para compensar tamaño sufrimiento, trataba de mostrarse más cariñoso. La primera vez que puso voz tierna y me abrazó porque estaba menstruando, noté que me perdía algo importante y no sabía bien qué era. “No me pasa nada, no estoy enferma”, era mi respuesta.

Qué felicidad la de aquella época en la que mi cuerpo no se manifestaba como lo hace ahora, aproximadamente desde los 30 y hasta los 42 que he cumplido. Eso, cuando empecé a ser consciente. Yo creo que el alien que se adueña de mí me atormenta desde antes. Y, pensándolo ahora, los Síndromes Pre-Menstruales y Menstruales ajenos que hacían que yo recibiera abrazos compasivos, ¿cómo habrían sido? ¿Tan acusados como el que ahora llevo dentro, como un tornado que se revuelve en mi estómago, una bola a punto de estallar en los ovarios, y otra en la garganta?

La de los ovarios es fácil de determinar, es un dolor que tarde o temprano estalla en sangre, visible, tangible, roja, que recogemos (y ocultamos) de la mejor manera que se nos ocurre. El otro, el de la garganta, es más complicado. Es como un hilo que nace en el útero, pasa por la tripa y acaba en la garganta, donde molesta mucho, y desde donde empuja a gritar para hacerlo más leve. Es una mezcla de angustia, de rabia y de fin del mundo. Me pregunto si será la creatividad que llevamos en nuestro útero inconcluso, que sube cuerpo arriba y que se queda en la garganta hasta que le demos salida.

“Esos días” de mierda en que aprieto la boca y callo, en que cualquier acontecimiento nimio adolece de crisis existencial y durante los cuales la vida parece carecer, casi casi, de sentido. El mejor momento es en el que miro el calendario de esa app del teléfono que memoriza y me recuerda la duración y momentos cumbre de mi ciclo.  Es un alivio comprobar que el negro que me rodea en realidad debería ser rojo, rojo sangre. Y entonces, llegado el momento, la naturaleza explota, y el animal va calmando, y la rabia va desapareciendo, y las emociones van fluyendo, y la vida se descomplica, y todo sucede al ritmo que fluye en mí y a partir de mí, desde dentro de mí, el color rojo.

 

Para escribir estas líneas he aprovechado la rabia que tengo en la garganta y la bola que ha estallado en mi útero, además de recordar y releer algunas de las líneas de las muchas  conversaciones sobre el “monstruo” y el “pre-monstruo”, (esta denominación creo debérsela a Muñeca Rota),  el SPM, las vulvas, los ovarios, de lo que fluye, de la pulsión y la expulsión y la explosión creativa, de la caverna, de los llantos, de los vaivenes emocionales; de lo inconsciente, el dolor y el miedo (…).

(Continuará).

Los horizontes, esquivos

Recién abro el nuevo blog y ya encuentro a mi cabeza paseando por mis contradicciones y debilidades. El blog que toda periodista debe publicar, el que toda escritora debe abanderar; para hacerse ver, para hacer surgir oportunidades. Y no me apetece emplear un tono de éxito, ni disimular la frustración, ni hablar de cosas “realmente interesantes” o de “actualidad”.

Antes de empezar a escribir ya he puesto una colada, me he levantado varias veces hacia al cuarto y he vuelto sin saber qué buscaba, si es que buscaba algo; he visitado varias veces el baño, para cerciorarme de que huele raro y ver si así lograba obligarme a desatascar el bote sifónico, pero mi deber hacia la escritura me lo ha impedido; me he servido un aperitivo y me ha venido varias veces, las mismas que se me ha ido, la idea principal de mi primer post.

También he avanzado con “Llamada Perdida”, de mi reciente descubrimiento Gabriela Wiener, periodista, escritora y poeta peruana. Hoy he llegado a la entrevista con Corín Tellado. Nada de particular. ¿O sí? Todo comienza con un beso y acaba con un rubor en el metro. Me voy sintiendo cada vez más cómoda. Me gusta cómo relata. Me pregunto si yo sabré hacerlo así, bien, natural, algo gonzo, si lograré plasmar mi experiencia vital, o, mejor dicho, si es que tengo experiencias vitales dignas de ser plasmadas en el papel. ¿Me atreveré a recurrir a experiencias extremas?

Entre estos pensamientos, me he servido una cerveza caducada, de una litrona que abrí para hacer un pollo a la cerveza, que dió para una cañita como recompensa a la cocinera y que vuelve a ser protagonista de un aperitivo. (Otra de mis contradicciones, el pollo, la carne, y mi aspiración a convertirme, algún día, en vegetariana. Ese pollo está en la nevera y temo acabe en el cubo de la basura, lo hice apresurada y culpable, la carne con un color rosa que no apetece.) Al girar la chapa, me ha saltado a la cara, casi rozando el pómulo o el ojo, porque ha sido tan rápido que cuando he mirado ya estaba en el suelo. Esto me ha hecho recordar como una metáfora que hay escritores a los que el alcohol les ha explotado en la cara. – Sólo es un vaso y, además, yo no bebo. Pero debo crearme ambiente, mimar a mi escritora, como dice Julia Cameron, cuyo libro he perdido en la empresa de volver a la escritura, que en realidad nunca he abandonado.

Y entonces me viene a la cabeza Mary Oliver, otra escritora a la que acabo de descubrir gracias a Brain Pickings, y los extractos sobre el yo creativo y las distracciones letales que vienen de nuestro propio interior, que son peores que las que vienen de fuera. Para ser un domingo tedioso, lo estoy pasando bastante bien y me está saliendo provechoso. No voy a eliminar la rima, porque me gusta la palabra “tedioso”, todos los domingos lo son, aunque nos divirtamos en ellos, y porque también me gusta sentirme de provecho, o “provechosa”.

Domingo de escritura, buena lectura, buena música, -cerveza caducada, que quedaría bien por el desagüe como desatascador- y un horizonte tan incierto como esquivo.

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