La medida de la cordura

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Todo se escribe desde la cocina.

Todo es incipiente. Detrás, el ligero movimiento, el mero impulso. Girar a un lado, girar al otro lado. La decisión que implica la caída de la hoja en este momento. El árbol que suelta, la gravedad que acierta, la tierra que acoge.

El movimiento de la piel al desprenderse, el chasquido, el vuelo de la hoja, es piel. Se desprende. Ahora la carne. La carne viva, la no-piel. La carne descubierta. La piel expuesta. El órgano hueco, la medida del cuerpo, el cuerpo, ahora, huérfano. A un lado la coraza, aún latiendo; las capas, una, otra, una, otra, una encima de la otra, ya no sirven, se arrugan, no recuerdan. No saben si, alguna vez, sirvieron. Para qué. El hígado, a un lado, repleto, descansa, rebosa, gotea.

Dejar que salga, destapar, no hay disimulo. La niña que salta cocodrilos, ve los cocodrilos, huele los cocodrilos, se restriega en la cara saliva de cocodrilo.

Llamo a mis ancestras. Responde mi abuelo. Goma arábiga, abrótano macho, son dos palabras que equivalen a decir: abuelo miguel. Abrótano macho, goma arábiga, son dos palabras que equivalen a decir: aún hay esperanza. Y mi abuela, el movimiento. Sus manos. Una cuchara removiendo dentro de una taza es la medida de la cordura.

Flor de caléndula, bálsamo de mi dolor.

Movimientos. Agarrar, así la cuchara, dar vueltas, remover. Una cuchara en una taza dando vueltas es la medida de la cordura. Bálsamo de mi dolor. No hay goma arábiga que pueda unir los extremos de la herida.

Mientras yo me desnudo, tú estás aquí leyendo

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Pero me estás mirando como Dios miró a Adán y es muy violento sentir tu mirada de amor y posesión y orgullo. Quiero irme ahora mismo y cubrirme con hojas de higuera. Este no estar a punto, este no estar a la altura es un pecado.

Escrito en el cuerpo.

Jeanette Winterson

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Leer me reconcilia. Me destensa, me ablanda el cuerpo, me masajea la mente, me reconcilia con la carne. Leer me reconcilia conmigo y con la vida. Leer a Jeanette Winterson me reconcilia con la posibilidad del amor.

Leer a Jeanette Winterson me llena de una alegría idiota, seguida de una punzadita de desgarro, por saberme conectada a esa pulsión a medio camino entre la locura que desdibuja la línea entre ese estado mental circular doloroso, preocupante, y la simple insensatez de sonrisa boba. Me reconcilia con todas las tonterías hechas y por hacer. Sobre todo con las gazmoñerías, meteduras de pata, ridiculeces, impulsividades absurdas, espionajes, comportamientos obsesivos, todos en torno al amor, o a lo que creemos que es amor, o a lo que imaginamos amor o a lo que deseamos con todas nuestras fuerzas que sea amor.

Mientras yo me desvisto tú estás aquí leyendo. Pero no me desvisto de quitarme la ropa, me desvisto de desnudarme. Frente a ti. Pero no en una habitación de hostal, ni en tu casa, ni en la mía. Ni siquiera en un lugar recóndito o romántico o clandestino o escondido o sórdido. Me desnudo ante ti, aquí, en esta hoja en blanco.

Y recuerdo una pensión de mala muerte, un bebé inconsolable llorando a gritos durante minutos que no acababan nunca. Y la china, mirándonos mal, diciendo: dos pagar más. Más “eulos”. Dolmil dos, pagar más. Va a ser un rato, respondimos. Lo que dure el amor.

Una vez puse todo mi amor y mi paciencia en dejar secar una rosa roja, que artísticamente colgué en la puerta del ser amado: boca abajo, ya negruzca, con una carta de amor improvisada en el frío del poyete del portal. Por aquella ofrenda amorosa me llevé una buena bronca. Al llegar a su casa y ver aquella cosa oscura y agónica, que a mí me había resultado hermosa, le dio un vuelco el corazón. Pero no de alegría ni de amor desbordado. Me gritó al teléfono: una rosa negra, una flor de muerto, un mal de ojo. Se llevó un susto de muerte. O lo que es lo mismo, un amor de muerte, pues al final acaba muriendo, lo podemos decir así. A mí, ahora, recordarlo me produce una risa tonta, como si fuera el chiste malo de algo que ha hecho otro. Como el que se ríe de sus propias gracias. Claro que nunca estará a la altura del episodio de la biblioteca, en alzas en una silla, amarrada, llevada por bibliotecarios en un ambiente devoto lleno de temperamento erudito. Jeanette Winterson dixit.

Hubo cartas, muchas cartas, unas a tiempo, otras a destiempo. Recuerdo aquella escrita a pluma con tinta azul turquesa. No era ni una adolescente, y ya escribía cartas de amor. Las citas de Bécquer en la carpeta, un cuaderno plagado de citas que recogía toda la intensidad, cercaba el deseo, empujaba la imaginación y construía todo un imaginario de ojos verdes, fuentes, cabellos largos, cuerpos blancos, bosques y lugares oscuros, nocturnos, paisajes lunares, llenos de misterio.

Todas esas cosas que es mejor no tratar de explicar porque no hay explicación que valga. Todas esas veces de ponerte colorada sin remedio porque te das cuenta de que te han pillado. Todas las veces que cometes el mismo acto, todas las repeticiones, llevas perdida la cuenta. Llevar hasta la parodia la propia imagen del ridículo más cochambroso. Reirte en perspectiva de tus miserias, pasadas, presentes, futuras. Aceptar lo que hay. Saberte en el camino. Sea este cual sea. El camino que significa vivir que a veces puede parecer el guion de una serie de mala muerte y otras, en pleno pico de rica hormona feliz, un pedazo de relato, un librazo, una vida súper ventas. Una vida como el recuadrito de Instagram, que recoge lo mejorcito de la estampa y deja fuera la cochambre.

Mi vida es un doble recuadro, y Jeanette Winterson me lo recuerda. Lo que por un lado apesta, por el otro brilla. No hay fracaso sin un pedacito de algo parecido al éxito. No hay amor sin algo parecido a la muerte. La forma de saber que cura es saber lo que ha dolido antes. No hay bálsamo sin herida.

Espacios vacíos

Toda historia se narra para pertenecer.
Cristina Fallarás, Honrarás a tu padre y a tu madre.

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Tengo que escribir esta crónica, tengo que devolver el libro a la biblioteca, no quiero dejar pasar la oportunidad.
Fallarás habla de pertenecer, de pertenencia, de cuando decides pertenecer o no pertenecer. Se refiere a la familia. A la de sangre. ¿Cuántas familias tenemos, cuántas construimos, con cuántas nos identificamos y a cuáles pertenecemos y a cuáles no? ¿A cuáles nos gustaría pertenecer, a cuáles aún no pertenecemos? ¿A cuáles no perteneceremos jamás?

¿Son los grupos de guasap, instagram, facebook, sustitutos, añadidos de familias a las que poder pertenecer? Ayer empleé la palabra familia en un grupo “virtual” al que acudo cada quince días desde junio, al que “pertenezco” desde hace unos meses, y donde me lo paso bien. Tengo otro grupo también cada quince días en el que nos vemos las caras por la pantalla, nos escuchamos las voces, y nos escuchamos el ritmo del corazón, de parte del mundo a parte del mundo, de océano a océano. Donde me encuentro bien. Me hace feliz y me siento orgullosa al pertenecer. Son dos ejemplos de lugares en los que no me agobia estar. Tengo muchos más grupos, claro, virtuales, de algunos ya me marché, en otros, sigo, y no tengo claro por qué.

Permanecer, dejar de permanecer. Icono lagrimilla.

En estos tiempos, en los que prescindir de la “cercanía” con la que te engaña el aparato, la pantalla, es difícil: permanecer o dejar de permanecer, pertenecer o dejar de pertenecer. A esos grupos que ¿nos definen de alguna manera? Contestar o no contestar, recibir respuesta o no recibir respuesta. El nivel de saturación es elevado, elevadísimo, y, mientras escribo a alguien que me importa y pongo imaginariamente, en mi cabeza, las manos como el icono de guasap que dice “por favor”, porque ese mensaje sí quiero que me sea respondido, pienso: ¿estoy contribuyendo al ruido? ¿tendrá esta persona la necesidad de recibir algo ahora? ¿algo mío? ¿con qué derecho entro en ese pedazo de pantalla ajeno? ¿qué necesidad es la que me empuja? ¿qué significa esta especie de comunicación en diferido?

Y me pregunto si es posible estar presente, comunicando en presente, intercambiando sensaciones, percibiendo emociones, gestos, mirada, movimiento de las manos, contracción de pupila, arrugar entrecejo, levantar las cejas. Un carraspeo. Un encoger de hombros, una sonrisa, una mirada sostenida, un apretón de manos, una mano posada en el brazo, un roce en la pierna, una aproximación. Un abrazo.

A veces contesto, a veces no contesto, a veces contesto diciendo que ya contestaré. ¿Nunca dejo nada sin contestar? ¿Acaso se sabe cuándo es necesario dejar espacio, sin que se convierta en nada? Y quedan espacios vacíos, huecos por rellenar, silencios.
Y todo se enreda, las palabras, los iconos, una carita haciendo pucheros, otra con una lagrimilla. Un abrazo, unas manos que envían luz, energía, llama, a mis amigas. Hay grupos que me llenan el corazón de alegría. Hay otros que me producen ira, ¿qué hago en ellos? Espera, que cojo un momento el móvil, suelto cualquier excusa, o, mejor ¡sin excusas! Y me salgo.

Red: extendida, extenuada, excedida.

Acabo de escuchar algo en la estancia, se ha producido un sonido como de insecto, he pensado que quizá haya caído un bicho en una tela de araña, en una red que se haya tejido despacio. Y la idea de red me confunde, pues es un tejido que se puede lanzar para que una salte y cuando salte, justo, aparezca ahí debajo para sostener. Pero puede ser también un lugar en que te enredas, te enredas, te enredas, y del que no sales fácilmente…. o del que nunca llegas realmente a salir. Un lugar en el que caes para ser devorada.

Yo, tan protocolaria, tan educada, tan femenina, tan perfectita, ya he desaparecido sin decir adiós, ni un “oye, que os dejo por un tiempo” de algún grupo donde supongo que aún me estarán esperando sentados, me imagino la escena congelada, los rostros en un gesto de lo que estuvieran diciendo en aquel momento cada uno. Qué alivio. Y no es por importancia, porque estar o no estar no cambia nada, hace tiempo que me voy dando cuenta de que mi presencia aquí es como una hoja que roza a algunas otras hojas del árbol al pasar, y que mi labor verdadera está con los gusanos en la tierra, unas veces, y entre la tierra y el cielo, casi siempre, en esa verticalidad, que a veces nos pide ponernos a cuatro patas, y hermanarnos con los seres cuadrúpedos.

Es necesario comprender el ritual, comprender qué hemos venido a hacer aquí. Ha de ser todo más sutil.

La desconexión ansiada, ¿está llegando ya? La conexión a tierra, dejar tanto satélite y enfocar bien, colocar bien los pies a tierra, el cuerpo todo, que si no caemos luego no sabemos cómo es levantarnos. Energía, pero sin botones ni luz de pantalla ni iconos ni vacíos ni silencios expectantes ni simulacros de comunicación. Comunicar hacia dentro, entrar en la espiral tierra, aire, corazón, fuego, dejar que fluya y cargue y conecte. Y la pantalla olvidada por algún rincón.


Tomar tierra. Como cuando, con cuatro añitos, agarré la toma de tierra y me entró la electricidad por los dedos de la mano izquierda, saltó la piel quemada cayendo como hojas en otoño, y también los plomos. Y pasé cien días en un avión y me regalaban las galletas de la merienda, y una señora en bata de hospital abierta por delante, mostrando unas tetas enormes, y yo seguía mi viaje en aquel avión. Y volví a clase, y llevaba el brazo en cabestrillo, la mano vendada, los dedos encogidos, y me preguntaban qué había pasado. Era la primera vez que faltaba.

Y ahí llevo la señal, el recordatorio, de tomar tierra más a menudo, esta vez sin necesidad de electrocutarme. De una forma más sutil. Tomar tierra.


El cuerpo, ese lugar desde el que no me puedo esconder

Me llamo y vivo en un tiempo y un país levantados sobre el silencio. Además, tengo mi herida. (…) Las heridas las heredamos. El silencio las infecta.

(…)

Luego me hice mayor.
Hacerse mayor consiste en acatar silencios y reventar silencios e ignorar silencios. Solo eso. Y la posibilidad de pertenecer o dejar de hacerlo.

Honrarás a tu padre y a tu madre.
Cristina Fallarás.

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Edición e imagen: Fátima Cué.
Voz: Aurora Feijoo.

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He descubierto que una cosa es crear, otra cosa es llegar a materializar de forma consciente y con un objeto, con un foco. Otra cosa aún más allá es llegar a un lugar desde donde mostrar, materializar-socializar, dar a luz, nutrir y enseñar la criatura.

Otra cosa, aún un paso más allá es, para mí, a eso que duerme en el papel, darle cuerpo, una voz material, un cuerpo físico, encarnar, sacar por la garganta y corporeizarlo. Darle el calor necesario para que prenda en llama, para que la llama salga, se eleve.

Crear como ejercicio, crear como trabajo, crear como deseo. Deseo como guía. Descender al deseo más íntimo. Dejar que llegue. Abrazar.

El cuerpo sabe. La mente intenta controlar. Saltar los controles de la mente para ser en el cuerpo, fluir, dejar salir a la cueva, contactar con la voz que ahí dentro reside y nos habita. Ese fuego que vive en la oscuridad.

Dejar que la sombra hable y te guíe. Ser sombra. Ser en la sombra. Ser en la sombra de la cueva. Ser el agua que brota y la lámpara que ilumina.

Sospecho que el papel es un lugar desde el que finjo que me muestro, aunque, en realidad, me ayuda a esconderme mejor.

El cuerpo es ese lugar desde el que no me puedo esconder. Me miro. Me muestro.

(Os pássaros) Los pájaros

Oye qué extraños pájaros de noche
tengo enfrente de la ventana:
pájaros de gritos sobreagudos y salvajes
el pecho color de aurora, el pico morado,
hablan de noche, traen
de los abismos de la noche lenta y quieta
palabras estridentes y crueles.
Clavan en la luz de luna sus garras
y la respiración del terror desciende
de sus alas pesadas.

Sophia de Mello Breyner Andresen

Traducción: Aurora Feijoo

Pintura de Anglada-Camarasa.

De las vivas y de las muertas. Estamos hechas de memoria.

Sigo con la intensidad. La vida se compone de tantas cosas y yo he elegido lo intenso, el drama. Y no es que no me guste, si lo he elegido yo. Y me comprometo, sí, con mi propio drama, y lo acepto, y sufro (hasta con gusto y todo, a veces). En eso estamos muy entrenadas las mujeres, en esa casi obligación de sufrir por todo, por todos, por lo que sí y por lo que no, por amor, por desamor, por lo que nos llena y por lo que nos vacía. Por el cuerpo, por la ausencia de cuerpo. Haya sol o lluvia.

Solo que el cuerpo no siempre sostiene, aunque siempre está aquí para hacerlo, mejor o peor. Me corrijo. El cuerpo sostiene todo lo demás, aunque no siempre logra sostenerse él mismo. El dolor viene como un tentáculo que no localiza la punzada en un lugar exacto. Aunque sí, sí la localiza. Pero cuando crees que la tienes controlada, que tus movimientos pueden adaptarse a ese puñal que se te clava ahí, sí, justo ahí, otra cosa que es como pegajosa se extiende a través de la savia del cuerpo y ya no la puedes controlar. Los músculos están flojos, la cabeza espesa, el corazón late alocado sin saber dónde llega aquello que tenga que nutrir. ¿Es la sangre que se rebela? ¿Es que tiene algo que decirme, mi sangre? ¿No le basta con aparecer sangrante y recordarme que soy sangre, que vengo de la sangre, y que mi útero sangra en ritual cíclico, que aparece y desaparece mi sangre como las lunas?

Soy mujer, sí, me digo, y ya no puedo hacer nada. Ya no quiero hacer nada. No sé que hubiera elegido de haber podido escoger. Ahora soy lo que ya soy. Soy mujer, útero, luna.

Cuerpo

Las emociones van disparadas, en una de las respiraciones sientes paz, en la siguiente pánico, aparece la flojera, el latido, el calor. Hay una parte de ti que se rebela, que continúa viviendo, latiendo y doliendo sin tu permiso.

Déjala doler. Si te da placer.” dice António Variações. Y voy a hacerle caso.
Porque luchar contra el dolor acogota, duele más. Tensa, extenúa, provoca el llanto. Interno, muy dentro. Dejarte llevar en el llanto con lágrima: un alivio.

Quiero entregarme al dolor.
Quisiera ser capaz de diferenciar, de localizar, saber separar dónde está el dolor físico, dónde el emocional. Ayer escuché a Marta Sanz hablar de dolor social. Hay tantos dolores entremezclados. Y ¿es mi misión salvar el dolor? ¿Salvarme yo? ¿Separar dolores? Misión, desde luego, de toda una vida.

Pasado

Hay que honrar el pasado, que aún no sé si lo elegimos o no, pero sí que, hasta donde yo alcanzo, este nos conforma. Y a lo largo de la vida vamos conformando el pasado a nuestro gusto, también. Reinterpretando, entendiendo, colocando, uniendo puntos, atando cabos. Estamos hechas de memoria.


Así que aquí sigo, con mi particular noche de ánimas extendida, como si fuera un gran puente que une los dos mundos, y que continúa días después de la celebración en el calendario.

Llegada aquí, necesito honrar a la número uno, porque ella lo fue para yo poder ser la número seis. Toda la vida fui la cinco, hasta un día de la cuarentena, gracias a una concha que indicaba mi lugar en la descendencia, el mar, Sant Iago, la piedra, mi padre, mi madre y la vida, me colocaron donde me corresponde. Y fue el día en que asumí mi lugar en la saga, y ese lugar, el sexto.

Sospeché durante mucho tiempo que mi vida era regalada. Es decir, que estaba ahí por casualidad (realmente, como todos los seres, por azar), y también por desgracia. Pero una desgracia muy concreta. Mi existencia siempre fue unida a la sospecha de pertenecer a medias a esta vida, la sensación de estar de prestado, imaginar: si mi existencia estaba ligada a la existencia de la primera hija. ¿Cómo hubiera nacido yo si ella no hubiera muerto? ¿Hubiera existido mi nacimiento sin aquella primera muerte?

Duele, sí. Como duele vivir.

Pero el dolor hay que abrazarlo, dejar que llegue, nada podemos hacer. Asumiéndonos es como podemos transitar con más soltura estos mundos. Y, quizá, también podamos transitar con mayor soltura entre los dos mundo. Este, de los vivos, y, aquel, de los muertos.

Hay un dolor, aquí. Honrando mis orígenes.

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Hay un dolor, aquí.

Deseo rendir un homenaje a mis ancestras, las que están cerquita en el árbol, y no logro escribir, a veces pasa. Hay algo que no he estado haciendo bien hoy. Me he desconectado en algún momento, me he desconectado de mí. Y las palabras se quedan a resguardo sin atreverse a ser, sin florituras, sin nada que decir. La tensión.

Los párrafos no vuelan ni se escriben solos, como otras veces. Recurro a un escrito guardado del mes de julio y le doy forma.

Abuela, todo lo que fuiste me trajo hasta aquí. Todo lo que fuiste trajo hasta aquí la posibilidad de lo que soy. Sacaste adelante tú sola a la familia, cuidaste de mi madre hasta que ella empezó a cuidar. Hasta que, con menos de diez años, ponía las lentejas en la olla express para dar de comer a sus hermanos. Y así, cuidado tras cuidado, me habéis transmitido eso: cuidado, poder, gracia, vida.

Abuela, ahora sé que escribías instancias a aquella vecina con un hijo en la cárcel. Sé por mi madre que escribías cartas a las vecinas que no sabían escribir. Y seguramente que les leías también las cartas de vuelta. Y eso que tú no estudiaste, pero de alguna forma aprendiste a leer y a escribir, y leías mucho, siempre con un libro, aprendiendo. Cuando te dejaban las costuras, las limpiezas, los encargos, las casas, las señoras, la máquina, la casa. ¿Cuándo leías, abuela? ¿De noche, cuando parabas la máquina de coser? Pero si las noches eran para coser, si era el sonido que arrullaba a mi madre y sus hermanos para dormir allí junto al hogar encendido. Tu máquina nunca dejaba de sonar. Tus ojos pequeños y tu espalda encorvada, los huesos torcidos de tus manos, con la inclinación para agarrar la aguja, la inclinación para limpiar y secar los suelos; todo tu cuerpo estaba hecho a la medida del trabajo.

Abuela, con cuatro hijos, cartillas de racionamiento, el pescadero generoso, las uvas desprendidas del ramo que quedaban en los cestillos de la frutería, el azúcar que cambiabas por aceite, mi madre a cargo de tres niños, caminando manzanas y manzanas, en su barrio de Tetuán, para comprar el pan más barato, aprovechando, feliz, para visitar a la abuela Ángeles; un marido tarambana (mi abuelo, a quien tanto quise y a quien tanto debo, también, para bien o para mal: mi naturaleza salvaje). Conseguiste salir adelante.

Y ayudabas a los demás por el camino. Escribías cartas, con tu letra preciosa, menuda, bien colocaditas las frases, una detrás de la otra, construías líneas, párrafos, cartas, estructuras potentes y ordenadas. Redactabas instancias, perfectamente las redactabas. Y te leían. Y lo conseguías, y ganaste el recurso, y el hijo de tu vecina salió de la cárcel. Como yo conseguí hace unos años recurrir aquella multa de aparcamiento injusta, qué tontería. Pero yo entonces no sabía de qué lugares, de qué sangres, me venía esto de reclamar (justicia), esto de escribir, o quizá creía que llegaba hasta mí de otros lugares, de otras sangres. Y qué sorpresa encontrar esta parte tuya que tan bien encaja en lo que he sido y soy.

Abuela, si tú, así, fuiste, ¿qué no podré ser yo, en mí, ahora? Ahora puedo continuar escribiendo, con buena o mala letra, y continuar la estirpe de mujeres fuertes que somos en esta familia nuestra.

Yo no lo haré mejor, abuela. Lo haré lo mejor que pueda con tu legado. Aprovecharé tiempo y legado, acogiendo en mí todo lo que soy a través de vuestra sangre, desechando los dolores que no me pertenecen, honrando vuestro esfuerzo, con él tendré la vida que deseo, honrando mis orígenes, agradeciendo este relevo que me da la vida, para ser digna representante de mis orígenes.

Gracias por todas las enseñanzas, las que sé y las que intuyo, y las que llevo dentro sin saberlo.

Soy viento que mece la llama

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Soy viento que trae la palabra.

Soy bosque que mece el viento que enciende la llama y trae la palabra. 
Soy ave que vuela el bosque, que mece el viento que trae la palabra. 
Soy árbol que acoge al ave que vuela el bosque que mece el viento, que trae la palabra. 

Soy tierra que nutre al árbol que mece el viento, que acoge al ave, que vuela el bosque, que trae la palabra. 

Soy rama que mece al ave que trae al viento, que vuela el bosque que acoge al árbol, nutre la tierra, trae la palabra. 

Soy la raíz que nutre el árbol, nace a la tierra, acoge al ave que mece el viento, conduce al nido, enciende la palabra. 

Soy nido que acoge al ave, que mece el viento que habla al árbol que mira al cielo, que acoge al ave que nutre al viento, mece la rama, recoge el agua, hace la llama, trae la palabra. 

Nido. Raíz. Viento. Voz. Palabra.

Soy llama. 

El cuerpo lo paga*

*O corpo é que paga es el título de la famosa canción de António Variações.

Imagen: Portada del álbum Estou Além / Povo Que Lavas No Rio, de António Variações, en el sello Valentim de Carvalho.

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Cuando la cabeza…

Cuando la cabeza no tiene juicio,
cuando te esfuerzas más de lo que es preciso,
el cuerpo lo paga,
el cuerpo lo paga.

Déjalo pagar,
déjalo pagar
si te va a gustar.

Cuando la cabeza no se libera,
de frustraciones e inhibiciones,
toda esa fuerza que te aprieta,
el cuerpo es el que sufre
privaciones, mutilaciones.

Cuando la cabeza está convencida
de que ella es la octava maravilla,
el cuerpo es el que sufre,
el cuerpo es el que sufre.

Déjalo doler,
déjalo doler,
si te da placer.

Cuando la cabeza está en esa confusión,
sin saber qué puedes hacer,
ingieres todo lo que está a mano,
el cuerpo es el que queda,
cayendo sin resistir.

Cuando la cabeza rueda al abismo
no controlas ese nerviosismo
la uña lo paga,
la uña lo paga;
no paras de morder,
aunque pueda doler.

Cuando la cabeza no tiene juicio,
y consumes más de lo que es preciso,
el cuerpo lo paga,
el cuerpo lo paga.
Déjalo pagar,
déjalo pagar,
si te va a gustar.

Déjalo doler,
déjalo doler,
si eso te da placer.

Déjalo cantar,
déjalo cantar,
si te va a gustar.

Déjalo gritar,
déjalo gritar,
si te vas a liberar.


Traducción: Aurora Feijoo.
Letra de la canción original en portugués.

ANTÓNIO VARIAÇÕES | El cuerpo lo paga forma parte de Ángel de la Guarda (Anjo da Guarda), el primer álbum de António Variações, editado por Valentim de Carvalho en 1983.

António Variações (3 diciembre 1944 – 13 Junho 1984), nacido António Joaquim Rodrigues Ribeiro en el distrito de Braga, fue un músico cuya obra y figura dejaron huella en el Portugal de los años 80. Es uno de los grandes iconos de la música portuguesa.

Álbum “Anjo da Guarda” grabado en los estudios Valentim de Carvalho en Paço d’Arcos entre 1982 y 1983.
Letras y música – António Variações.
Produción – Moz Carrapa, Tóli y Vítor Rua.
Ingeniero de sonido – Pedro Vasconcelos.
Asistente técnico – José Valverde.
Músicos – Chester Passarella, Manuel Faria, Tóli, Vitor Rua, Zé Carias,
Zé Carrapa, Zé da Ponte.
Arreglos – António Variações, Tóli, Vitor Rua, Zé Carrapa.
Fotografías – Mónica Freitas, Rui Renato, Teresa Couto Pinto.
Dirección gráfica – António Variações, José Manuel Cruz e Silva, Rui Gonçalves, Francisco Vasconcelos y David Ferreira.

Menhir: Cuando la materia se encuentra con lo efímero y lo celebra

Imágenes: Juan A. Torres Guzmán & Aurora Feijoo.


Cerro de las Cogotas, 13 de septiembre de 2020.
La Meditación del Agua, Menhir (Coco Moya e Iván Cebrián).
Performer: Estrella R.

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donde te acontece el agua donde el perfil de las doncellas
y la elipse de los cardos sobre el cielo donde el ruido es
sirena o tempestad aquí donde te acontece esta tierra mía

Teselas
Carmen Crespo

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qué parte es tierra,

música,

aire, nube, o cielo.

qué parte es árbol encina hoja tronco,

dónde el sonido de la música y dónde el sonido del agua,

la textura.

dónde la memoria de la sal en la piel,

el agua.

húmedo el cuerpo.

el agua.

la música el paisaje la luz.

manos. unos brazos

al cielo, clamando ¿qué?

un cuerpo se estira,

intenta alcanzar.

un cuerpo se dobla

para entrar por la hendidura,

la hendidura, la roca.

dónde el agua la música la tierra la sal la arcilla.

unas manos

en el naranja de la tierra.

un cuerpo camina

con los pies entre las piedras.

un cuerpo que sabe la música.

dónde, el agua.

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Celebración de la materia

Para mí, La Meditación del agua, como una promesa, comienza unas horas antes, por la mañana, cuando salimos rumbo a Ávila desde Madrid. Continúa cuando nos dejamos llevar por las calles de la capital sin un rumbo determinado, transcurre cuando nos echamos al pie de la muralla para comer, y mientras observamos la rareza arquitectónica de la basílica de San Vicente, Sabina y Cristeta.

La Meditación del agua es una enorme dehesa poblada de encinas y una porción de agua a lo lejos. Un camino que serpentea entre piedras. Un castro sobre un cerro. Es encuentro, contemplación, escucha colectiva de la huella en el espacio, una celebración de cuerpos reunidos en torno a la despedida del día. Es una gran presa, cemento, y luces anaranjadas de farolas a la vuelta, ya anochecido. Es, como extensión del día, una reverberación de la tarde. Es también sonido ambient a todo trapo en el coche de vuelta y la luz de los faros reflejada en las líneas de la carretera.

Es el misterio de los que nos antecedieron.

Salir de una para entrar, salir de la noción de un aquí, para entrar en un paisaje, allí. Que es aquí todo el tiempo. Paisaje. Que ya es una y que ya está en el cuerpo. El cuerpo como silueta a contraluz. Como seres en espiral sobre la roca. Y como sustancia que se abraza a la tierra, a la piedra áspera. En comunión. El cuerpo como los pies que nos hacen saltar de la roca, bajar al suelo, seguir con la mirada los pasos de la performer, Estrella R., mientras suena la música saliendo de la tierra misma.
Es como si el soplo del aire susurrara una melodía, como si las hojas de las encinas gritaran a los lejos una porción de música, como si las piedras enormes nos revelaran la grieta para acceder a la mística del atardecer. Es la tierra que canta.


Los pies. Los pies vendados. Las pisadas que despiertan la música encerrada en la tierra. Las manos que acarician la grieta, los ojos que nos muestran las encinas a lo lejos, en siluetas confusas, ¿árboles, rocas, piedras sagradas? El cuerpo que hasta aquí nos ha traído. Desde marzo, hasta aquí, milagrosamente. El cuerpo que transmuta en pájaro.

La Meditación del agua de Menhir como oportunidad para celebrar la vida, el aire en la cara, la tierra bajo los pies, la luz en los ojos. Para celebrar la unión de los cuerpos, la existencia, la ceremonia, la amistad.

Y ahora, constatada la belleza, ya solo quiero aullar, a la luna, o al amor, a los cuerpos, a la música. Aullar, elevar la voz, como en este otro magnífico tema de menhir: wolfman.

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La conjunción de lo efímero y el paisaje que permanece:
Arte sonoro y danza del siglo XXI en un asentamiento prerromano

La Meditación del agua es el nombre de una instalación sonora del colectivo Menhir, compuesto por Coco Moya e Iván Cebrián. Instalación que en 2019, en otra forma, se pudo disfrutar en el entorno de las Salinas de Añana (Vitoria) y que el 13 de septiembre de 2020 se mostró y sonó en Cardeñosa, Ávila, en el Castro de las Cogotas, un asentamiento prerromano (activo entre los siglos VII a. C. y el III d.C.).

La instalación se ubicó en lo alto de un cerro desde el cual se divisa el río Adaja, disfrutando de una visión de 360 grados sobre todo el territorio. Ávila, a lo lejos, el río y el embalse, allá abajo; las dehesas con encinas y las vacas por allí pastoreando. Y un inmenso cielo, como una gran pantalla 3D desde la cual gozar de la puesta de sol y de sus últimos rayos sobre las piedras y las pieles.

La propuesta de “alquimia sonora” contaba con un recorrido libre, deambulando entre las piedras, desde donde ir escuchando la música y los delicados sonidos, como mantras, de la instalación sonora, y así poder ver las piezas que componían cada una de las fases, representadas por cuatro esculturas sonoras. Entre tanto, la performer Estrella R. recorría también el terreno con su propuesta corporal de movimiento, interactuando con los elementos propios del terreno (la tierra, las piedras, el aire) y con el sonido, así como con los diversos elementos de la instalación, diseminados por el espacio concebido para la muestra: agua, arcilla, sal. Y, junto a todos estos elementos, otros integrantes clave de la performance: las personas que componíamos el público, que terminábamos de cerrar el círculo de escucha, el dar-recibir inmerso en esta celebración sensorial y un tanto mística, como experiencia de transformación en un paisaje natural poderoso.

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BIO de la página de menhir.es
Menhir es un colectivo formado por la artista visual Coco Moya y el músico y psicólogo Iván Cebrián. Estudian la noción de territorio especulativo, y los estados de conciencia, a través de instalaciones sonoras, performances, rituales, vídeos o publicaciones. Están interesados en generar campos de acción que permitan la transformación mutua entre el espacio, las personas y las fuerzas que lo atraviesan. Recuperan la geomancia como metodología de conocimiento y práctica del entorno. Así, consideran sus piezas como menhires virtuales que son emplazados en un lugar expandido, -un territorio físico, un acontecimiento en el tiempo, o un estado interno-, con el objetivo de reorientar su sentido hacia el afecto, la pertenencia y la interdependencia bajo una idea tecno-natural animista de lo vivo. 

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