Fauces de dragón

 

Niñadelatinaja1979

La niña de la tinaja, La Alcarria, 1979

Ahora que he encontrado la canción del verano y se me ha ocurrido proponerla para que la cantemos todxs a medianoche, desde nuestras ventanas, en semidesnuda figura recortada con la luz de la lamparita del salón de fondo. Ahora que estaba sintiéndome yo tan adulta, tan bien relacionada, tan de generar vínculos sanos y verdes y tersos como el calabacín que recogí el sábado de la huerta.

Resulta que me ha venido a la cabeza la tierra del parque de debajo de casa de cuando los ochenta. Y me han vuelto las ganas de jugar a las chapas con mi hermano, y construir carreteras: juntar las palmas  de las manos tocándose solo por el índice y aplanar el suelo sintiendo la aspereza de las chinitas clavándose en la piel, generando nuevos surcos. He vuelto a sentir la adrenalina de jugar al escondite y sobrepasar los límites permitidos de los setos de atrás, clandestinamente. Y entonces he recordado los chillidos histéricos de aquella vez, cuando, como todas las primaveras, había plaga de orugas que se lanzaban continuamente de los árboles, y que corrían el peligro de caer sobre tu cabeza, tus hombros, o cualquier extensión de tu cuerpo en general…

Aquel día fue José Ramón, un vecino un poco mayor, de esos avispados, que lo saben todo, que son machitos y chulos y guapos y que en seguida se hacen los dueños de lo que sea que acontezca sobre la arena. Pues bien, José Ramón tuvo la valentía de quitarme una oruga saltimbanqui de encima, la lanzó contra el suelo, pero se agarró a la pared (¿cuánto de este recuerdo será cierto?) y allí quedó. Entonces él, valientemente, procedió a su aplastamiento y, ¡ARRGHH! mi grito y el del resto de vecinas atravesó patios y manzanas en un agudo propio de soprano que iba rompiendo un tímpano tras otro. La oruga hizo ¡chof! y salpicó un líquido verdoso en la cara del héroe. Llenas de asco y miedo nos acercamos a él a ver si se había quedado ciego, que era un pago proporcionalmente justo dado lo heroico de su hazaña, su puntería, y la rapidez de la gesta.

Y allí estaba muy quieto mirándonos, pero sin mirarnos, yo creo que nos veía un poco borrosas, porque no acababa de reaccionar, calibrando si aquellas promesas de hembras merecían realmente tanto sacrificio como para quedarse momentáneamente sin uno de los sentidos más sentidos: el de la vista. Pero la confusión no duró mucho, lo suficiente para que se quitara las manos del rostro y abriera los ojos, rojizos, algo hinchados, y viéramos unos puntitos sanguinolentos en la mejilla que dieron pie a otro grito horrorizado y al unísono, puntitos que continuaban en uno de sus brazos y que al mirarme la pierna, que me estaba empezando a picar, también estaban en mi pantorrilla. No me había dado tiempo a apartarme del bicho sacrificado. José Ramón se fue corriendo a casa y nosotras nos quedamos cariacontecidas, temerosas, esbozando una sonrisa de alivio, con el cuerpo blando y agradecido, como princesas recién aterrizadas de las garras del dragón. Teníamos, como mucho, ocho o nueve años.

Eran aquellos tiempos en que las calles nos pertenecían, el suelo era todo de tierra y los descampados eran lugares misteriosos donde sucedían cosas todo el rato, los pequeños (proyectos de) hombres de 9 años nos salvaban de fauces de dragones-oruga y el feminismo aún no había llegado a nuestras vidas.

Por aquella época, para compensar, atravesaba yo ya los campos y los barrancos a la velocidad  de la luz, y si caía me levantaba, limpiando rápido el polvo de rodillas y codos, sorbiendo los mocos junto con las ganas de llorar y seguía camino como si nada hubiera pasado. Adornaban mis piernas cardenales, costras, roces, heridas, arañazos de aliaga y surcos de sudor que dibujaban caminillos sobre el polvo del verano pegado a la piel.

Era esa época feliz de la infancia de los ochenta en la que a esas edades aún no había mandatos de género lo suficientemente fuertes como para obligarnos a definir una vestimenta femenina, así que yo pululaba por las calles del pueblo en pantalón corto y zapatillas de deporte, con la tela de los bolsillos delanteros para fuera, todos arrugados, con una camiseta marinera a rayas de manga corta y cuello redondo, pelo corto despeinado y cara pícara. Me encantaba que me confundieran con un chico, eso significaba que era tan fuerte, que corría tan rápido, y que nunca me rendía: como ellos.

Pues bien, hasta que no encuentre otro recuerdo asociado a la salvación varonil de mi cariacontecida niña de los 80, y que siempre suele tener que ver con el padre-dios que es el padre de una a esa edad, y  que por aquellos años me llevaba en los hombros desde los cuales yo avistaba montañas pardas y cielos infinitos… Quedará el recuerdo de esta aventura como el origen de todos mis males posteriores en que he deseado-dejado que acuda un macho a meter la mano entre los dientes del dragón para ponerme a salvo. Quedará como la gran gesta, inigualable, en la que se inauguraba mi entrada en el dudoso mundo adulto del horror, de la feminidad y del desasosiego.

Aunque, más tarde, comprobaría que a veces los gritos no sirven de nada, cuando estás a 40 grados al sol de la Alcarria atravesando un barranco y un abejorro insiste en meterse en el bolsillo de tu pantalón y notas cómo su cuerpo duro se te hinca en la piel de la tripa a través de la tela como si fueran las cerdas de un cepillo antiguo. Haciendo un ruido horroroso, un zumbido infernal, que te pone los pelos de punta. Ahí, los gritos, de nada sirven. Y entonces aprendes la lección contradictoria de que, como no seas tú misma la que ahuyentes, aplastes, saques a ese abejorro negro de la cercanía de tu cuerpo, no habrá nadie que lo pueda hacer por ti.

 

 

Durante el encierro quizá haya aprendido algo

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6 de junio de 2020

Durante el encierro he notado cómo mi cuerpo llevaba un ritmo, y ahí fuera, el ritmo se ralentizaba hasta quedar en un ritmo casi cero. Por mi ventana el silencio era tal en la noche que lograba escuchar sin esfuerzo el crujir en la arena de los pasos de un paseante de un perro, tanto los suyos como los del otro animal. Lograba escuchar el chirrido de las vías del metro y el frenado del tren, de día, a plena luz, sin ningún esfuerzo. Sólo con sacar la cabeza por la ventana. Esa era toda la actividad que reinaba en mi entorno. La actividad, y también el tiempo. El tiempo, para mí, ha corrido diferente. Cuando hago recuento de año, hablando con alguien , o yo en mi cabeza, me sorprendo diciendo “estos tres meses” como si solamente hubiera vivido de enero a marzo, mientras que lo vivido de marzo a junio, aun siendo el mismo lapso de tiempo, parece que haya sido mucho más largo. Aunque interior, doblemente interior, dentro de mí y dentro de mi casa, ha sido magnificado por las emociones y por la posibilidad de ser. Es como si ya no fuera yo la que tuviera que adaptarme a lo otro, sino que, de repente, lo otro se ha acabado adaptando a mí. Como si, ahí fuera, donde siempre están pasando cosas, donde siguen pasando, eso que llamamos mundo, donde sucede la vida: como si la vida sucediera en un ritmo más amable.

En este momento hablo de mí, claro, de mi experiencia y de mi cuerpo, de cómo mi cuerpo se ha permitido seguir con un descanso más orgánico, más natural, adaptado a sus necesidades, a las emocionales y mentales también. Ya sé que las situaciones son variadas y complejas, y que lo que yo pueda decir pueda no resonar e incluso contrariar lo que otros han vivido y sentido en este tiempo de enfermedad y locura. Los que han mantenido un ritmo frenético e insoportable y los que han continuado con sus vidas, sin más, cogiendo el tren para ir a trabajar, con mascarilla, guantes, y aprensión. Y los que han tenido que hacer cola, de la vergüenza, o del hambre, o de la aceptación de la necesidad.  Las de la cajas de resistencia, con algunas he podido colaborar y quiero seguir haciéndolo.

Y los que no han despedido a sus familiares porque no han podido,  los que han tenido que esperar días y días hasta tener el permiso para poder hacerlo. Los que aún siguen postrados, los que se fatigan al dar un paso, las que están cuidando, las que están limpiando y sosteniendo, los que están solos.

Lidiando en soledad

Para mí ha supuesto lidiar conmigo, una vez más, como cada día ya hago, pero con más ahínco con más intensidad, con más presencia en mí, y menos en el afuera. Con más presencia en mis sensaciones, en mi mente, que a veces se disparaba y, a veces, en lograr mantenerme en la distancia justa entre la ansiedad y la pérdida de norte. Una distancia que no existe, que no es exacta, nunca lo es, pero que sobrevuela siempre. He aprendido algo, quizá haya aprendido algo.

Hoy, hablando con una compañera, le decía: he tenido que saber encontrarme conmigo y que lidiar todo el tiempo con eso, con estar en mí, con sostenerme, he sacado los recursos de lo más profundo de mí, aquellos que ya he necesitado poner en movimiento en otros momentos duros de mi vida, en que las circunstancias han golpeado; y he tenido que seguir  escuchando(me) y entender qué (me) pasa, que está pasando, qué es de fuera y qué es de dentro.

La música me ha permitido seguir, estar en mí, soportar el encierro y la incertidumbre, el vacío y la tristeza. La palabra escrita me ha permitido seguir, también, la que yo escribo, que me hace de bálsamo, y la que leo, que también lo hace, aunque lo que lea sea a veces como un puñetazo en las entrañas.

Los libros, las lecturas, la palabra

He conocido alguna librería nueva, como La libre del Barrio y he vuelto a alguna otra que ya conocía: Grant Librería. He leído textos que me han hecho reflexionar, como éste de Píkara Magazine: Muertas en vida ante la pandemia capitalista. En todo este tiempo, he recibido en casa a un Monstro, he leído a Teresa Wilms Montt en su encierro vital, el metafórico, y el físico, en la cárcel de un convento donde su familia decidió encerrarla, por alegre, inteligente, valiente y libertina. He releído algunos pasajes del encierro de Vàclav Havel en sus Cartas a Olga,. Terminé de leer Reina de Elizabeth Duval, y digo terminé porque lo leí casi del tirón hasta que Lyss Duval empezó sus devaneos sesudos con el lector. Entonces, tuve que parar un poco, entender, y continuar.

15 de agosto de 2020

Quizá haya aprendido algo durante el encierro, sí. Una fue la que empezó en marzo, aún con frío, asomándose al lado del sol, asomándose al lado del dolor. Otra es la que ha salido a finales del mes de mayo, después de tantas virtualidades, disparado el nivel de incertidumbre, con la conciencia de que hay que seguir, debemos seguir, pero no podemos estar solos. Solo lo colectivo nos salvará. La creación colectiva, la acción colectiva, la fuerza del colectivo.

Y sí, el mundo necesita más conciencia colectiva y, mientras tanto, nosotrxs, necesitamos más piel, más cuerpo, más abrazo.

“Soñabas ser un río y dormir como un río”*

* Verso de la “Oda a Whalt Witman” de Federico García Lorca.

DERIVA17_PAJAROS Y CÁNTICOS

Imagen: tomada en 2015 en Lavapiés durante una deriva colectiva

 

Se acerca el aniversario del asesinato de Lorca. Y me he ido a buscarle, a buscarme, como siempre que acudo a la fuente de la sed, como me decía Nieves Muriel aquí. Y esto otro que comparto ahora, este recordar(me) que hay que seguir enviando cartas, belleza, por correo, este recibir un libro en un sobre sin saber quién lo envía. Esto, sí, lo escribí en octubre de 2017, cuando compartía a mi vez unos de sus versos que se me repiten en la cabeza, rítmicos, una, otra vez, como canción de cuna.

Puede el hombre si quiere conducir su deseo

por vena de coral o celeste desnudo

mañana los amores serán rocas

y el tiempo una brisa que viene dormida por las ramas.

Extracto de la “Oda a Walt Whitman”, “Poeta en Nueva York”,
Federico García Lorca, 1929-1930.

Y me alegra encontrarme, con las mismas contradicciones, las mismas obsesiones, viendo que música y poesía forman parte de mí, junto con el silencio, aunque una llegara antes que la otra, en la forma que ambas aparentan. Pues siento que se conforman en lo mismo, se funden, se alimentan y enredan en un mismo vórtice que levanta a su paso las partículas de arena que quedaron pegadas a la piel.

Y no me olvido ni de quién soy, ni de quién vengo, ni de dónde; ni de los lugares transitados hasta llegar aquí, a este bosque a la orilla del río, hoy; poblado de pájaros, pájaros que cantan y levantan el vuelo y que hacen, aquí en mi pecho, un nido con las ramas.

Oda a Whalt Witman interpretada por Patxi Andión.

Hoy, una mariposa oscura. Diario (III)

Hoy ha sido una mariposa grande, oscura, que al posarse en el suelo parece una hoja seca. Se me acercaba por detrás, a la altura del codo, y me asustaba la mancha oscura apareciendo de repente. Movía el brazo, y no llegaba a posárseme. Después veía que era ella.

Ahora que sé que la mariposa soy yo. Que mi espíritu viaja en una mariposa. Hoy le ha tocado a mi sombra visitarme.

Hay otras mariposas pequeñitas, blancas, que se me acercan.
Al llegar, vi otra pluma en el camino cuando pensaba que las cosas no se repiten, que cada día es un día nuevo. Al ver la pluma, me dije que se repiten, pero a medias. Y apareció otra pluma menos perfecta, parecía pisoteada, y pensé que quizás era una pluma a medias.
Cogí otra raíz caballito y un pedazo de rama-raiz.
Este paseo lo he bautizado el paseo de las encinas. Cada pequeño trecho aparece una encina enorme, hogar de pájaros y de otros pequeños árboles a su cobijo.
Otra vez, los saltamontes en el camino de vuelta.
Una mariposa blanca trasciende el límite del camino y se adentra en la parte que ya es pueblo, y, así, me introduce de vuelta al mundo humano.

#habitarelsilencio #fuithic

#seguirsiendoenelsilencio

#miviajealaalcarria2020

Con furia y rabia*

* Título del poema de Sophia de Mello Breyner

“Con furia y rabia acuso al demagogo
Y su capitalismo de las palabras
Pues es preciso saber que la palabra es sagrada
Que de lejos muy lejos un pueblo la trajo
Y en ella puso su alma confiada

De lejos muy lejos desde el inicio
El hombre supo de sí por la palabra
Y nombró la piedra la flor el agua
Y todo emergió porque fue dicho

Con furia y rabia acuso al demagogo
Que asciende a la sombra de la palabra
Y de la palabra hace poder y juego
Y transforma las palabras en moneda
Como se hizo con el trigo y con la tierra.”

#SophiaDeMelloBreyner
Junio de 1974.
El nombre de las cosas, 1977.

Obra Poética, Assírio & Alvim, 2015.

traducción: aurora feijoo
@desdemiterritorio

#capitalismodelaspalabras

Habitando el silencio. Diario (II).

Otra vez la ilusión de que me acompañan los insectos, celebrando mi presencia. Una mariposa verde y amarillo cadmio que al posarse simula ser una hoja me ha marcado el camino durante un trecho. Al llegar al punto de ayer, otra mariposa ha venido como una flecha, se me ha posado en el pie derecho, sobre la piel, como ayer, unos centímetros más arriba, y se ha marchado a toda velocidad, haciendo antes una cabriola en el aire. Tenía los mismos colores y formas de la que ayer me dio la bienvenida.

Sobre la encina, dos aves han hecho una acrobacia y han desaparecido.
(I)

Después de saludar a la encina y hacer unas sombras chinescas con mis manos y la luz del sol, he vuelto a caminar.

Una libélula de cobre, bellísima, ha revoloteado cerca de mí unos pasos hasta posarse en una ramita. Y al darme la vuelta, diferentes saltamontes me van acompañando dándose el relevo. Ayer no hubo tantos. Hoy he ido con especial cuidado, pues al ser pardos, del color de la tierra, no se les distingue. Pero cuando sientes un movimiento a tus pies y despliegan sus alas turquesa, ahí, sí. Aparecen de repente.
Y, pese a la mariposa blanca y negra como la de ayer que ha venido derecha hasta mí, buscaba más señales.

Y entonces he llegado a un árbol muy verde, parecía un arbusto enorme de jara, del que han salido dos mariposas iguales entre ellas y diría que iguales a la mariposa blanca y negra que viene a posarse en mi pie. Ascendían jugando, y han seguido dando vueltas y vueltas hasta llegar muy alto.
(II)

Caminando de vuelta, una pluma en el suelo. Gris y alargada. La recojo y miro hacia arriba como si de allí pudiera llegar la solución. Como si el pájaro aún sobrevolase. Al bajar la mirada, encuentro otra pluma muy parecida, parece del mismo tipo de pájaro. Camino con mis dos plumas, y me fijo en una raíz que parece un caballito de mar. Sigo, y me lo pienso mejor, retrocedo, me agacho para coger la raíz y voy con las dos plumas en mi mano izquierda y con la raíz en la derecha. En un momento, y sin pensarlo, pongo las plumas junto a la raíz. Y entonces supongo que, con ese gesto espontáneo, es como si simbolizara la unión de tierra y cielo, y, tal vez… con el mar.

Subiendo la última cuesta, reparo en otra encina enorme y descanso bajo su sombra. Coloco en un murete mis tesoros, haciendo recuento: dos plumas, una raíz-caballito-de-mar, una flor de cardo dorada. Por hoy, estoy satisfecha.
Ya tengo todo lo que el día me podía ofrecer y todo lo que podría pedirle.
Ahora, la jornada consistirá en seguir habitando el silencio.
(III)

#mariposablancaynegrasobremipie
#fuithic #seguirsiendoenelsilencio
#miviajealaalcarria2020

Y celebran las aves el viento. Diario (I)

Todo lo que alcances a ver con tus ojos te pertenece, me digo. Aquí está la mano del hombre. Me pregunto: ¿qué vas a hacer?
Quisiera ser pájaro, me digo.
Y me siento como en un escenario en el que van apareciendo señales y en el que los pajaros, el viento y las semillas que vuelan delante de mí estuvieran representando este espectáculo solo para mis ojos.
Y celebran las aves el viento, y hay una que pasa casi rozándome y me siento invitada a volar. Aquí, en este campo de olivos, todo me pertenece. El ser humano es así. Cree que todo gira alrededor de su ombligo.
Y, sin embargo, la sensación de que todo gira sin mí, de que el escarabajo que acaba de pasar sobre mi cabeza mueve sus alas aunque yo no esté, la certeza de las mariposas revoloteando, de la avispa que ahora me molesta siguiendo su curso sin mí. Las chicharras, los molinillos, las espigas y las flores secas. El sonido de la encina sobre todo lo demás. Y yo lo celebro.
Todo esto seguirá sin mí. Ya existió mucho antes. Y, pese a que la mano del hombre está en este paisaje, yo puedo seguir con mi vida, no soy tan importante. Seré rama y estaré quieta para que se posen sobre mí los pájaros. Creo que esa es toda mi intención de hoy. Seguir siendo en el silencio.
En el camino de vuelta, acompañada por un saltamontes de interior turquesa, y mientras paro para espiar a una mariposa violeta, pequeñita, otra más grande, negra y blanca, de formas sinuosas, perfectas, se me posa en el pie derecho.

#fuithic #serpájaro #serérama #seguirsiendoenelesilencio
#miviajealaalcarria2020

Yo, mujer, feliz me deseo

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Hoy quiero ser poderosamente feliz.
Y por eso lo digo y me contradigo y recupero unos versos en los que decreto:

El (color) rojo nos salvará
de todas nuestras impúdicas

búsquedas de la felicidad.

Me declaro

abiertamente impúdica,

buscando y encontrando

la risa a cada paso.

Me declaro
ROJA sangre,
ROJA labio,
ROJA corazón.



Como mujer
que engendra a otra mujer,yo, mujer,
te absuelvo a ti, mujer,
de todos nuestros pecados.Yo, mujer,
redimo nuestras culpas,
nuestros tropiezos,
nuestros suicidios callados,
nuestra inmundicia,
nuestra compunción.Yo, mujer,
te absuelvo
de todo pecado,
de toda prisa,
de todo dolor.Como mujer
que engendra
a otra mujer,
como Odalisca,
como Medusa,
como pagana.

Yo, mujer.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

La primera vez que leí esta frase y su origen me entró un frío helado en el cuerpo que aún no se me ha quitado. Es una pregunta que me he hecho muchas veces, que me sigo haciendo, y que tiene además un significado doble y contradictorio.


De cara a la galería

Uno, cuando descubrí que la obligación de ser feliz no era mía, era algo impuesto desde fuera, y no de forma inocente, más bien cruel, amenazante, como una condena, pensada como un crimen, con nocturnidad y alevosía. Un mandato más de esta sociedad: consumista, capitalista, patriarcal y grosera. ¡Qué mal gusto! Ser feliz por obligación. Como un deber… pasando todo por tener las cosas claras ya con 18 años para saber dirigir tu vida hacia algún lugar de provecho. Una mujer feliz. Con la pareja (perfecta) (heterosexual), el trabajo (perfecto), la prole, coche (monovolumen), donde meter todas las cosas de la prole, que ya no vale un Seiscientos ni un 850 de la época. O un Simca 1000 (pronunciado: sincamil).

Resulta que elijo ser “normal”, porque ser feliz no me sale bien.

Ser normal

En realidad, he luchado mucho por ser normal y por ser feliz. Por ambas cosas. Ni siquiera tiene sentido planteárselo. Porque normal, normal, no me veo, y lo de felices ¿lo dejamos para otro día? Ahora, con ser honesta, comprometida y empática, me basta. Quizá, así, reconociéndome, resulta que me vuelvo feliz.

Aunque lo de ser “normal” tiene miga. Y es que, no ser “normal”, pero desear serlo para no tener que luchar por adaptarte a un mundo de mierda, desearlo con la boca pequeña para que te dejen en paz y seguir el camino de otros creyendo que es el tuyo… no hace feliz a nadie.

No ajustarte a la media, no encontrar a los veinte eso que te hace pertenecer, darte cuenta de que por ahí no era, no tenerlo antes de los cuarenta… hace sufrir. El sufrimiento como algo interno. El fracaso como algo externo. Aunque puede metérsete hasta la médula. Un alivio: el fracaso ya no tiene por qué ser sufrimiento. Al contrario, puede ser incluso un motivo de orgullo. Vamos a mirarlo de esa manera. Elijo ser yo misma. Elijo pertenecer a aquellos que han fracasado. Mucho mejor se me queda el cuerpo. Me siento bien ahí, no me siento bien entre los exitosos, los que brillan como si les hubieran dado lustre.


Ser feliz

Otro, el significado verdaderamente escalofriante, grosero y cobarde de la pregunta: Ser feliz como contraposición a ser “normal”, equivaliendo “ser normal” a quedarse una quietecita en casa sin llamar mucho la atención, sin que los vecinos puedan objetar nada de tu aspecto, costumbres, gustos, gustos sexuales, amistades, o forma de vestir… Ser feliz como ser tú misma. Ser. Sin más.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

La frase corresponde al título del libro de Jeanette Winterson: “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?” que relata parte de su vida a partir de la frase que le espetó su madre, viendo que su hija era rebelde y lesbiana, antes de que esta se marchara de casa con 16 años poniendo fin a una infancia de castigos en plena calle, de noche y con lo puesto, acurrucada en las escaleras, o en la carbonera con las ratas, también entre el frío y la humedad, entre otra serie de maltratos y locuras delirantes que la han marcado profundamente durante toda su vida. Además, Winterson devoraba libros, algo prohibido, y su madre hizo una gran pira con ellos cuando descubrió el escondite de su hija bajo el colchón de su cama

El qué dirán y las mujeres decentes

A mí me dijeron que podía hacer lo que quisiera en la vida, pero con disimulo, que por fuera siempre aparentase ser una mujer decente. A día de hoy, algo he aprendido. Se me da fatal disimular. Entonces, ahora que la decencia ya me importa un pimiento, creo yo, me dispongo a elaborar un plan para ser la más normal de los frikis, la más feliz de los fracasados, sabiendo que no hay nada que perder, solo hay cosas que ganar, con una enorme paz y una seguridad de estar en el camino cierto, completamente errado, pero felizmente equivocada. Al final, todas queremos ser, al menos, un poco felices.

Carta 61 (fragmento). Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión.

Cartas a Olga_havel

 

26 de diciembre de 1980

 

(…)

Me encuentro bien (pasadas las fiestas me darán de alta) y mentalmente estoy sereno.
No sufro depresiones navideñas y si siento añoranza no lo demuestro, sé dominarme. (Por cierto: considero el dominio sobre uno mismo como algo sumamente importante;
es una habilidad que, según me parece, acompaña a un hombre de verdad; estoy contento de tenerla, no dejo de practicarla con cierta frecuencia; la culpa la tiene el espectáculo de muchos de mis compañeros de cárcel que se hacen los tragahombres pero en el fondo son unos cobardes.)

(…)

 

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