Y celebran las aves el viento. Diario (I)

Todo lo que alcances a ver con tus ojos te pertenece, me digo. Aquí está la mano del hombre. Me pregunto: ¿qué vas a hacer?
Quisiera ser pájaro, me digo.
Y me siento como en un escenario en el que van apareciendo señales y en el que los pajaros, el viento y las semillas que vuelan delante de mí estuvieran representando este espectáculo solo para mis ojos.
Y celebran las aves el viento, y hay una que pasa casi rozándome y me siento invitada a volar. Aquí, en este campo de olivos, todo me pertenece. El ser humano es así. Cree que todo gira alrededor de su ombligo.
Y, sin embargo, la sensación de que todo gira sin mí, de que el escarabajo que acaba de pasar sobre mi cabeza mueve sus alas aunque yo no esté, la certeza de las mariposas revoloteando, de la avispa que ahora me molesta siguiendo su curso sin mí. Las chicharras, los molinillos, las espigas y las flores secas. El sonido de la encina sobre todo lo demás. Y yo lo celebro.
Todo esto seguirá sin mí. Ya existió mucho antes. Y, pese a que la mano del hombre está en este paisaje, yo puedo seguir con mi vida, no soy tan importante. Seré rama y estaré quieta para que se posen sobre mí los pájaros. Creo que esa es toda mi intención de hoy. Seguir siendo en el silencio.
En el camino de vuelta, acompañada por un saltamontes de interior turquesa, y mientras paro para espiar a una mariposa violeta, pequeñita, otra más grande, negra y blanca, de formas sinuosas, perfectas, se me posa en el pie derecho.

#fuithic #serpájaro #serérama #seguirsiendoenelesilencio
#miviajealaalcarria2020

Yo, mujer, feliz me deseo

.


Hoy quiero ser poderosamente feliz.
Y por eso lo digo y me contradigo y recupero unos versos en los que decreto:

El (color) rojo nos salvará
de todas nuestras impúdicas

búsquedas de la felicidad.

Me declaro

abiertamente impúdica,

buscando y encontrando

la risa a cada paso.

Me declaro
ROJA sangre,
ROJA labio,
ROJA corazón.



Como mujer
que engendra a otra mujer,yo, mujer,
te absuelvo a ti, mujer,
de todos nuestros pecados.Yo, mujer,
redimo nuestras culpas,
nuestros tropiezos,
nuestros suicidios callados,
nuestra inmundicia,
nuestra compunción.Yo, mujer,
te absuelvo
de todo pecado,
de toda prisa,
de todo dolor.Como mujer
que engendra
a otra mujer,
como Odalisca,
como Medusa,
como pagana.

Yo, mujer.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

La primera vez que leí esta frase y su origen me entró un frío helado en el cuerpo que aún no se me ha quitado. Es una pregunta que me he hecho muchas veces, que me sigo haciendo, y que tiene además un significado doble y contradictorio.


De cara a la galería

Uno, cuando descubrí que la obligación de ser feliz no era mía, era algo impuesto desde fuera, y no de forma inocente, más bien cruel, amenazante, como una condena, pensada como un crimen, con nocturnidad y alevosía. Un mandato más de esta sociedad: consumista, capitalista, patriarcal y grosera. ¡Qué mal gusto! Ser feliz por obligación. Como un deber… pasando todo por tener las cosas claras ya con 18 años para saber dirigir tu vida hacia algún lugar de provecho. Una mujer feliz. Con la pareja (perfecta) (heterosexual), el trabajo (perfecto), la prole, coche (monovolumen), donde meter todas las cosas de la prole, que ya no vale un Seiscientos ni un 850 de la época. O un Simca 1000 (pronunciado: sincamil).

Resulta que elijo ser “normal”, porque ser feliz no me sale bien.

Ser normal

En realidad, he luchado mucho por ser normal y por ser feliz. Por ambas cosas. Ni siquiera tiene sentido planteárselo. Porque normal, normal, no me veo, y lo de felices ¿lo dejamos para otro día? Ahora, con ser honesta, comprometida y empática, me basta. Quizá, así, reconociéndome, resulta que me vuelvo feliz.

Aunque lo de ser “normal” tiene miga. Y es que, no ser “normal”, pero desear serlo para no tener que luchar por adaptarte a un mundo de mierda, desearlo con la boca pequeña para que te dejen en paz y seguir el camino de otros creyendo que es el tuyo… no hace feliz a nadie.

No ajustarte a la media, no encontrar a los veinte eso que te hace pertenecer, darte cuenta de que por ahí no era, no tenerlo antes de los cuarenta… hace sufrir. El sufrimiento como algo interno. El fracaso como algo externo. Aunque puede metérsete hasta la médula. Un alivio: el fracaso ya no tiene por qué ser sufrimiento. Al contrario, puede ser incluso un motivo de orgullo. Vamos a mirarlo de esa manera. Elijo ser yo misma. Elijo pertenecer a aquellos que han fracasado. Mucho mejor se me queda el cuerpo. Me siento bien ahí, no me siento bien entre los exitosos, los que brillan como si les hubieran dado lustre.


Ser feliz

Otro, el significado verdaderamente escalofriante, grosero y cobarde de la pregunta: Ser feliz como contraposición a ser “normal”, equivaliendo “ser normal” a quedarse una quietecita en casa sin llamar mucho la atención, sin que los vecinos puedan objetar nada de tu aspecto, costumbres, gustos, gustos sexuales, amistades, o forma de vestir… Ser feliz como ser tú misma. Ser. Sin más.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

La frase corresponde al título del libro de Jeanette Winterson: “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?” que relata parte de su vida a partir de la frase que le espetó su madre, viendo que su hija era rebelde y lesbiana, antes de que esta se marchara de casa con 16 años poniendo fin a una infancia de castigos en plena calle, de noche y con lo puesto, acurrucada en las escaleras, o en la carbonera con las ratas, también entre el frío y la humedad, entre otra serie de maltratos y locuras delirantes que la han marcado profundamente durante toda su vida. Además, Winterson devoraba libros, algo prohibido, y su madre hizo una gran pira con ellos cuando descubrió el escondite de su hija bajo el colchón de su cama

El qué dirán y las mujeres decentes

A mí me dijeron que podía hacer lo que quisiera en la vida, pero con disimulo, que por fuera siempre aparentase ser una mujer decente. A día de hoy, algo he aprendido. Se me da fatal disimular. Entonces, ahora que la decencia ya me importa un pimiento, creo yo, me dispongo a elaborar un plan para ser la más normal de los frikis, la más feliz de los fracasados, sabiendo que no hay nada que perder, solo hay cosas que ganar, con una enorme paz y una seguridad de estar en el camino cierto, completamente errado, pero felizmente equivocada. Al final, todas queremos ser, al menos, un poco felices.

Carta 61 (fragmento). Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión.

Cartas a Olga_havel

 

26 de diciembre de 1980

 

(…)

Me encuentro bien (pasadas las fiestas me darán de alta) y mentalmente estoy sereno.
No sufro depresiones navideñas y si siento añoranza no lo demuestro, sé dominarme. (Por cierto: considero el dominio sobre uno mismo como algo sumamente importante;
es una habilidad que, según me parece, acompaña a un hombre de verdad; estoy contento de tenerla, no dejo de practicarla con cierta frecuencia; la culpa la tiene el espectáculo de muchos de mis compañeros de cárcel que se hacen los tragahombres pero en el fondo son unos cobardes.)

(…)

 

Una isla que finge ser barco

Penelope. (1849). Jacopo d’Andrea

Escribo como tejo la vida. Suelto una palabra como se me escapa un punto. Anudo una palabra con otra como tendiendo un puente. Soy tejedora de la noche.

Soy una isla. Y voy tejiendo palabras. La vida es un ovillo que, cuando se desata y pierde su ritmo circular, llega a su fin. El ovillo esconde el hilo, el hilo teje camino, el camino a veces laberinto. ¿Cuánto de Penélope hay en mí? Soy una isla que espera barcos y que teje velas para partir. Soy una isla que teje velas para ver a sus amantes partir. Soy una isla que finge ser barco. ¿Cuánto de Penélope hay en mí?

En la noche los sueños se tejen,
en lo oscuro nace lo posible.
La urdimbre, el hilo, la palabra. El día convoca a los fantasmas de lo real.

18 de abril: Saga lusa, relato de un viaje*

SagaLusa

*Saga lusa. Relato de un viaje es el título del libro escrito por Adriana Calcanhoto en 2008 durante su gira por Portugal con su disco Maré y editado por la extinta Quasi Edições.

 

Porque hoje é sábado**

He abierto el congelador sin ganas, me he encontrado un preparado para paella y lo he sacado con un brillo de esperanza, intuyendo que cocinar me haría bien, como siempre me hace. Y cocinar me recogió, me concentró, pero el arroz no fue gran cosa. Hoy no es un día com jeito. No es un día de salir airosa. Es como si hubiera elegido el mejor peor día para escribir sobre el mejor peor viaje de la artista brasileña Adriana Calcanhoto. Música, compositora, intérprete, letrista, poeta, escritora, ilustradora, y desde 2017 también profesora en la Universidad de Coimbra en la asignatura de Letra y Música.

 

Saga Lusa. O relato de uma viagem: Relato de un viaje

Lo he leído en tres sentadas. La primera, no entendía qué me quería contar la menina Adriana, su autora: Adriana Calcanhoto; no encontraba la gracia a todo aquello. Pero iba avanzando, siguiéndole la corriente. Lo dejé un par de noches reposar. Algo había. La segunda, empecé a entenderlo, había algo en el tono y en el fondo que me hacía seguir leyendo, y me dejé unas páginas para poder disfrutarlas una tercera vez. La tercera vez fue la noche inmediatamente siguiente a la segunda. Entendí todo, creí entenderlo. Y hubo una cuarta, a la mañana siguiente, cuando leí el glosario final y el epílogo. Al final es un viaje.

El off anotado en la agenda me recuerda a mis propias obsesiones. Cómo es posible que un día escribas una palabra con un significado y que esa misma palabra otro día te pueda resultar amenazante, pues sospechas, intuyes, temes que te está diciendo otra cosa que no te acaba de gustar. Es como si de repente lo leyeras en una situación angustiante y lo inocente o vulgar adquiriera un significado especial, esotérico y cambiante, que sólo tú puedes conocer. Y no te gusta.

Al terminar el libro me siento unida a Adriana Calcanhoto, aunque puede que nada tengamos que ver, ¿o sí? Al fin y al cabo, salvando las distancias, una, crea, la otra, va creando. El periplo luso me ha abierto una puerta y he visto algo en el camino recorrido que me puede recordar a algunos momentos de vida. Me he identificado con ese verme desde fuera, con tratar de controlar en todo momento la ansiedad o el pánico cuando se está manifestando, ese hablar conmigo misma dándome respuestas a preguntas que no conozco. Pero intuyo que las necesito. Ese no sentirme nada en mi elemento y pasar a un estado en el que ya me quiero quedar, y del que no quiero salir, y un lugar que no siendo mi elemento, sin embargo lo es, lo empieza a ser. Y el agua en la cara, y el mar azul, y una ballena esquiva. Como el horizonte.

Me alegra escuchar en una entrevista que pudo haberlo escrito como bálsamo, como medicina, y guardarlo en un cajón, pero quiso publicarlo. Sin saber para quién, pero con la confianza de que lo que estaba haciendo, escribir, era lo que tenía que hacer.

He conseguido escribir esto igual que leí el libro, en dos o tres sentadas, mientras que Calcanhoto escribió el libro de seguido, sin parar. Y me ha acompañado esta música de Tomás Flórez*** en loop.

 

**Dia da Criação (Día de la Creación) es un poema musicado de Vinícius de Moraes, también conocido por uno de sus versos, que se repite en forma de aliteración a lo largo de la construcción: Porque hoje é sábado: Porque hoy es sábado.

*** Tomás Flórez, músico asturiano que explora los sonidos a través de su proyecto en solitario de ambient, y de otros proyectos como Room 603, ANGLE (ambient/live sampling), así como participando en otros proyectos de música experimental y de improvisación electroacústica como LAANG y en varias formaciones de improvisación libre con miembros del colectivo Raras Músicas. O, como él mismo se denomina: Noise Generator.  En este enlace, parte de su trabajo: https://tomasflorez.bandcamp.com

13 de abril: Retomando la lectura de “Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión”

Cartas a Olga_havel

Leyendo a Václav Havel en sus Cartas a Olga me pregunto si no estaremos perdiendo la capacidad de recrear al otro. Si estaremos desperdiciando la oportunidad de “enfocar mentalmente” a esas personas ahora ausentes y con las que hablamos frente a una pantalla que nos deslumbra y nos cambia el rostro a otro de un color azulado. Estamos dejando de imaginar su silueta, sus ademanes, algunas expresiones de su rostro. Y mientras escribo esto pienso si no estaré poniendo el foco ahora en un lugar en el que no está sucediendo verdaderamente la vida. Verdaderamente. La vida.

Hiperconectados en estos días, con -quizá- días de ayuno digital para desintoxicar. Habrá quien no tenga lugar, ni siquiera mental, donde (des)conectar.

Hace un rato mi madre me ha hablado de tres cipreses y siete olivos. De varios bancos. Me ha hablado de una flor como un botón, del tamaño de su pulgar, con unas semillitas dentro, y que parece de nácar. Siempre le ha gustado describir las cosas cuando habla conmigo. Colores, formas, texturas, detalles. Y yo aprovecho y utilizo mi capacidad de recrear y enfocar mentalmente esos lugares ausentes, esas plantas y árboles que no puedo ver, imaginando la cara de mi madre mientras me lo cuenta.

Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión.

21 de diciembre de 1980

Querida Olga:

… Ayer me comunicaron que había llegado otra carta tuya (redactada seguramente después de la visita) pero que no me la entregarían porque contenía salutaciones de varios conocidos mientras me está permitido recibir saludos y mensajes sólo de los miembros de la familia. Tampoco me entregarán las fotos que me mandabas. Lástima. Es la tercera vez que ocurre.

*

En la carta anterior dices que casi cada día hablas de mí con alguien, o sea que de alguna manera estoy siempre presente en casa; Ivan también me ha escrito algo a propósito de mi relativa presencia; esto me recuerda un tema sobre el que reflexiono de vez en cuando, la cuestión de la existencia humana desde el punto de vista del espacio y el tiempo.

En comparación con otros animales, el hombre tiene la capacidad de plantearse cosas que no ve o no percibe directamente: si cierro los ojos veo el Castillo de Praga, los tranvías o el interior de un restaurante con una mesa encima de la cual hay una copa de vino y un plato que contiene una escalopa a la milanesa con salsa tártara. Del mismo modo que a una escalopa a la milanesa podemos enfocar mentalmente a alguien ausente, disfrutar de sus gestos, de su sonrisa, de su forma de hablar, etc. Pero naturalmente no se agotan ahí las posibilidades; al contrario. Y es que la personalidad de ese alguien no es para nosotros únicamente un conjunto cerrado de recuerdos que guardan conexión con él; no son sólo sus actos y su comportamiento; si bien todo eso lo tenemos por supuesto en cuenta, representa para nosotros sobre todo el amplio margen de “lo posible”: lo que podría hacer, lo que podría opinar sobre tal o cual otra cuestión, su reacción ante esto o aquello, etc. De manera que la personalidad humana es (entre otras cosas) un amplio conjunto de posibilidades potenciales, perspectivas, relaciones, exigencias, opiniones y supuestas reacciones; es algo abierto, siempre actual; no solo un fenómeno sino la fuente de todos los fenómenos pensables; no sólo una vida concreta sino la forma de la vida en general y sus alternativas, siempre estimulantes; es un punto de vista particular, una visión personal del mundo, un modo de ser del mundo, un desafío a éste. Y no sólo eso: cuando evocamos mentalmente a alguien ausente, lamentamos que no esté con nosotros para experimentar esto o lo otro o al contrario, nos sentimos aliviados porque no tiene que presenciar algo desagradable; nos imaginamos, con alegría o tristeza, cómo reaccionará cuando sepa algo; nos inquieta la incertidumbre de qué haría si estuviera presente; deseamos que experimente algo con nosotros o al contrario, nos preocupamos de que no esté obligado a experimentarlo, etc., etc. De manera que otra persona no es solamente una parte del pasado cuyo recuerdo animamos; tampoco es para nosotros sólo “un aspecto del ser del mundo”, algo exterior a nosotros mismos; al contrario: experimentamos esa persona y la vivimos como una parte integrante de nuestro presente y nuestro futuro; de alguna manera nos relacionamos continuamente con ella; la tenemos en cuenta como si estuviese con nosotros y lo supiese todo (o al contrario, para que no supiera nunca esto o aquello, lo cual no es sino la forma negativa de lo mismo); su personalidad, pues, forma parte de nuestra existencia, de nuestro horizonte concreto, de nuestro yo.

La personalidad de otro ser, o mejor dicho, la existencia humana (al menos tal y como la experimentamos) sobrepasa ampliamente, pues, la persona física de su “portador” y no es idéntica a ella: la experimentamos incluso cuando no estamos en contacto con su “portador”, esa otra persona no deja de existir para nosotros cuando sale de la habitación, abandona nuestra ciudad, marcha a vivir al extranjero o está en la cárcel; nuestra relación no está directamente unida con su presencia física; de hecho podemos sentir su personalidad muy intensamente incluso sin conocerla personalmente y sin haberla visto nunca. (Por otro lado, también es posible estar físicamente muy cerca de alguien y no sentir en absoluto su personalidad, como si aquella persona fuera un mueble) … Nada ni nadie puede borrar de la historia del ser una personalidad humana si alguna vez existió; existe en su marco para siempre.

Sigue existiendo, aunque -y esto es lo más importante- de una manera radicalmente distinta a todo lo demás, por ejemplo a la escalopa a la milanesa sobre la mesa de un restaurante a la que me he referido antes, por más que ésta indudablemente también forma parte del conjunto. Y es que la existencia humana, como ya he intentado observar, no es sólo algo que ya ha pasado: es “una imagen del mundo”, “un aspecto del ser del mundo”, “un desafío al mundo”; y como tal -así me lo parece- siempre crea en el tejido del ser un nudo absolutamente particular; no se trata de algo individual y aislado, algo encerrado en sí mismo y limitado a sí mismo, sino del mundo entero: como si fuese la luz que ilumina el mundo una y otra vez; el cristal en el que el mundo se refleja constantemente. Diría que la existencia humana no se concreta sólo en un hecho o una fecha sino que es un mensaje dirigido a lo absoluto, enfocando el misterio del mundo e interrogando acerca de su sentido.

(…)

… Seguramente recibirás esta carta alrededor del día de Año Nuevo, de modo que convendría que al final te desease algo. Reflexionando desde aquí sobre qué es lo más importante, cada vez me inclino más a pensar que es esencial no perder la esperanza ni la fe en la vida. Quien las pierde, aunque temporalmente le acompañase la suerte, está apañado. Y viceversa: quien la conserva, nunca puede acabar mal. Naturalmente esto no significa cerrar los ojos ante los horrores del mundo sino todo lo contrario: sólo quien no ha perdido la fe ni la esperanza puede verlo todo con claridad. Puesto que explicarlo con más detalle significaría escribir otra carta, acéptalo de momento como una invitación a reflexionar sobre ello. Y yo te deseo de todo corazón que en el Año Nuevo no pierdas la esperanza ni la fe, ni la capacidad de disfrutar del mundo, aunque las cosas sean como son. Si lo consigues, habrás ganado; si te resignas, nada podrá ayudarte (y, por cierto, ¿que pasaría entonces conmigo?)
Besos a todos los que quiero, deséales de mi parte lo mismo que te deseo a ti.

Besos. Vasek.

Traducción y edición de Mónica Zgustová.
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1997.

7 de abril: Fuera de plano

Hoy me he visto a mí misma en una habitación con vistas a la distopía.
No estaba segura si estaba viviéndolo o si estaba asistiendo a ella desde fuera. Me sentía algo así como yo misma aconteciendo fuera de plano.

Fuera de plano, la posibilidad de pertenecer a otro planeta. Y no por el encierro, o el cansancio, o el insomnio, o la distancia, o la angustia a ratos, o los muertos, o las noticias, o los ERTES, o los sanitarios, o el sufrimiento ajeno (dentro, fuera), o las residencias, o los hospitales, o las calles,  o las precarias, o la preocupación, o la recogida de firmas para llevar a domicilio solo bienes esenciales, o porque el domingo pude ver a varios repartidores en moto atravesando el barrio desierto; no por el SPM (síndrome premenstrual), no por las preguntas sobre el “después”. ¿Qué después? Ni siquiera por la decrepitud del “libre” mercado que iba a ser eternamente joven, ni por cómo nos afecta ya el desequilibrio coronavírico entre la oferta y demanda, y tampoco por imaginarme en una gran fila con cartillas de racionamiento, a metro y medio de distancia, ni por soñar tontunas como que bajo a la calle y empiezo a mover un coche de sitio y otro coche con luces azules esperándome al fondo. En mis sueños también visito casas que no conozco. Todos mis males menores frente a lo que otras personas están viviendo, o resistiendo, o muriendo ahí fuera, ahí dentro, en la realidad al otro lado de la ventana, al otro lado de la calle, al otro lado de la pantalla.

He cerrado las ventanas, atronaban las sirenas. Paseaban cinco coches de nacionales seguidos por dos coches de secretas. Tipo escolta. Con las luces encendidas y las sirenas sonando a todo trapo. ¿Qué sentido tiene todo esto? Y la canción de Resistiré por la otra ventana, como un himno cansino y triste, en loop. Las sirenas no puedo dejar de identificarlas en mi propio cuerpo con un aceleramiento del corazón, como sonido de emergencia, de algo está pasando. ¿Cómo pueden servir para celebrar? Y… Celebrar ¿el qué? No consigo entender qué está pasando. Nadie nos va a salvar. No es que nadie nos esté salvando ahora, físicamente, es que nadie, ningún profeta, nos salvará de este rumbo, sólo nosotros mismos, pero tampoco solos. Lo poco que podamos hacer, tendrá que ser en conjunto. Como dijo Elisabeth Duval hace una eternidad (hace 11 días del 28 de marzo), quién podría salvarnos de esto.

Me he sentido por momentos en otro tiempo, como viviendo un papel equivocado en una película antigua con papel de pared pintado de flores marrones y amarillas, chaquetas de solapa ancha, pantalones campana, y palillo entre los dientes. Si pudiera rebobinar y volver realmente a esa época de descampados, arena y chapas, carreras, el escondite, libros nocturnos con la luz del pasillo, y relojes de pulsera por la comunión porque con 10 años ya eras mayor. Si pudiéramos volver, ¿lo haríamos otra vez así, tan torpemente?

Y cerrando el conjunto, las bocinas, arrítmicas, rellenando el vacío.

 

2 de abril: La distancia

Cada vez que leo lo que he escrito en los días anteriores me parece marciano, muy lejano, como si le hubiera sucedido a otra persona, en otro lugar. Mientras escucho murmurar a los garbanzos, de madrugada, escribo.
Cuando contaba mis días la semana del 28 de marzo, había perdido el sueño, pasaba las noches en estado de alerta, agotada, pero con los ojos como platos. Una noche me ponía al día de golpe de todas las noticias, por ejemplo, y me asomaba por la ventana ya con la luz de la mañana a escuchar a los pájaros y a descubrir cantos de mirlo. Luego, ya, me acostaba. Escuchar el horror y escuchar a los pájaros. Ese mismo día, pero ya por la tarde, era cuando me asomaba por la otra ventana, la que da más al sur, con mi plato de ensalada, y tomaba el sol mientras comía. Siento que podría decir: el año pasado fue cuando empecé a coger la costumbre de tomar el sol y a comer de pie con el plato apoyado en el alfeizar.
Mañana será un día alegre en esta casa: llega un pedido de frutas y  verduras. Frescas. Otro lujo. Esperar la llegada de la comida es el mayor acontecimiento estos días. Suerte que tenemos. Para mí que tengo techo y facilidades, se me está volviendo complicado entender los ritmos de las compras estos días. Puede que tenga que echarme a la calle, la logística me agota, es una de las cosas que me agotan estos días. ¿Preocupaciones burguesas? Preocupaciones de quien tiene todo lo material cubierto.

Yo, que no aplaudo, por puro pudor, porque me siento hablando al vacío, porque no le encuentro el sentido, -he batido palmas dos días, uno, por ver qué se sentía formando parte, otro, porque tenía a mi sobrina en línea, que es enfermera, y aplaudí para ella.

Pues bien, hoy, a punto de dar una voz a los señores del camión de la basura. Me apetecía decirles: “¡Hey, hola! Gracias, ahí estará mi basura, qué bien que os la llevéis, qué alegría que da escuchar el camión y esa energía y ese buen humor que lleváis” Igual he desaprovechado la oportunidad. Tal vez, mañana.

Me despido de los garbanzos y me voy a dormir, ahora que aún está oscuro.

Pd. Vuelvo aquí, siento que tengo que excusarme y contar por qué creo que no es tan importante si no sumo mis aplausos a los del resto. Debería no importarme. No sé si me importa. Pero si vuelvo aquí es porque algo me importa. El silencio, me importa mucho el silencio. Necesito el silencio.

Y hay días en que abro la ventana, miro, escucho un rato, y me vuelvo para dentro. Y el mundo sigue sin mí. No soy tan importante.

Sábado 28 de marzo

He visto a la vecina de enfrente recoger todas las pasminas, esta vez sí, primorosamente colgadas. He cogido la costumbre de comer en la ventana de la parte de la casa en la que da el sol. Apoyo el plato en el alfeizar y ahí, de pie, saco la cabeza y dejo que el sol me caliente y me reconforte.  Hoy, además, he sacado un libro y he estado leyendo lo que ayer comencé de Thèrese, ha sido el mayor lujo de estos días.
Desde esa ventana, hoy, he visto a la policía tomar los datos a unos vecinos que estaban en ese momento en la calle.
Hoy también ha cambiado la hora. Mañana dispondré de una hora más de sol por la tarde para seguir con el plan de autocuidado. Sé que tengo suerte de poder hacerlo, y suerte de poder decir que a mi alrededor todos estamos bien, los más cercanos. Tengo amigas que ya no pueden decirlo. Las pienso conmigo.
Cuidar los afectos, no enloquecer, tratar de descansar, mi objetivo de estos días.

A %d blogueros les gusta esto: