27 de marzo: Buzones amarillos

He leído el relato de Paul B. Preciado, me ha gustado ese absurdo que nace cuando todo es incierto. En París… Me he desengañado: los buzones no son (¿también?) amarillos. Allí, los que son amarillos son los chalecos, los gilets jaunes.

Otra de las ocupaciones posibles durante este encierro, escribir. Escribir ya lo es. Escribir alguna carta de amor, salir a tirar la basura. Lo que sí haré a continuación es retomar mi diario, el otro, el que nadie más lee. Sigue siendo un lugar al que acudo y que me habla de dónde estoy, recordándome cosas que he escrito y que después, a veces, he olvidado. Como si lo hubiera soñado. Momentos vitales. Decisiones. Intuiciones. Voy escribiendo mi camino.

Ayer comencé el libro de Teresa Wilms Montt, Diarios Íntimos, y aunque no llegué a sus escritos (se me cerraban los ojos) y me quedé en la introducción, me ha atrapado el  ambiente, los retales que he podido leer. Lo deseaba tener y leer hace mucho, no logré encontrarlo en la edición agotadísima de la (extinta) La Señora Dalloway  y acabé encontrándolo en la edición chilena de Alquimia Ediciones, a partir de la cual se editó la de Dalloway. Bonito encuentro.
Lo pedí a comienzos de febrero y tardó en llegar casi 1 mes. Hasta ayer no llegué a quitarle el plástico que lo envolvía. Ya está conmigo.

26 de marzo: El silencio

Ayer miré por la ventana a las seis de la mañana, que aún no me había ido a dormir, y luego otra vez por la tarde; el día anterior había mirado por la tarde, fijándome en un gato, en los pájaros, en los que pasean perros, en uno que miraba una bolsa junto a la basura. Luego sacó el móvil y siguió. Ya no vienen los que hurgan en la basura buscándose la vida, no sé qué habrá sido de ellos.

Hoy he mirado por la ventana del otro lado, la que da a los vecinos. He comido con el sol en la cara, he observado la ropa tendida un tanto desmañada de la ventana de enfrente y después, para compensar, la ventana me ha regalado otro vecino tendiendo la ropa de forma que me producía una armonía y un placer muy bienvenidos. Cogía una prenda, esta vez una camiseta, y metía los brazos por las mangas, dándole la vuelta. Después estiraba, subía y bajaba de golpe, y ¡pum! sonaba la tela al aire, como a mí me gusta hacer cuando tiendo los paños. Al volver a estirar, la doblaba, se la llevaba a la barbilla a la mitad como asegurando, y ya iba al tendedero. Así con cada camiseta. Y las tendía perfectas, rectas, estiradas, primorosas.

Ayer, o quizá fue anteayer, descubrí que lo que canta en mi ventana es un mirlo. Después, por la tarde, me fijé en el sonido del mirlo y en el de los gorriones, en el arrullo de las palomas, en el vuelo de las marías, como las llama mi madre, planeando gustosas, y vi varias parejas de aves: dos palomas, dos (creo) urracas, caminando tranquilas por la acera, las dos marías, que se lanzaban en picado desde el tejado, y luego aminoraban y planeaban hasta posarse en el suelo. Primero una y la otra la seguía al rato. Observé a las urracas entrar en el ciprés y dejar la cola fuera. Vi a una cotorra mimetizada con sendos árboles: el tono oscuro, de un pino mediterráneo, y el claro, de los brotes casi amarillos de las acacias de paseo. También avisté a un gato rayado, gris y negro, caminar por la acera, espero que no buscara comida, se le veía muy gordo.

A veces cuando miro por la ventana del lado de los vecinos coincido con una vecina que fuma. Nos miramos un momento, no nos decimos nada.

Hoy los aplausos de las ocho me han cogido limpiando el baño. La tarde empleada en limpiar baño y cocina, los aplausos no me salen, he oído un ¡vivaespaña! y no lo he entendido. Por qué, he pensado, nos estamos muriendo, viva qué, no me apetece aplaudir ni decir viva.

Entre todos los ERTES, descubro que hay una empresa de conservas en la que doblan turnos y dan prima extra, y otras de leche que producen más, la gente se lleva de las estanterías las latas (de atún) y la leche de vaca. Yo también compro atún. Leche de vaca, no.

Las noticias hay que dosificarlas, están pasando muchas cosas y todo sucede muy rápido, cada cual se esmera en dar la información que cree adecuada y al final es un exceso de cifras, alertas, cuidados, muertes.

Ha surgido una figura que es la del coronavisillo de balcón, y también la de poli de balcón, y el justiciero. Hay quien cuelga carteles en los portales avisando de infracciones de ciertos vecinos, instando a denunciar. Afortunadamente lo he visto en las redes, en mi portal no hay ganas de poner carteles. Tenemos trabajando a un conductor de la EMT, a una cocinera, y a un técnico de mantenimiento en un hospital. He visto a dos motos con policía municipal patrullando el parque y a una señora con muleta que va paseando al perro. Por las tardes se oye cuando viene el metro, a lo lejos, y se escucha el chirrido al frenar de las ruedas contra los raíles metálicos. Me recuerda a cuando, con once años, nos cambiamos a la casa nueva y se escuchaba en las noches de verano el silbido de los trenes que partían de Chamartín.

Hemos hablado por videollamada y a mi madre se le veía un ojo, a mi padre de la nariz para abajo. Me duele la cadera derecha de no caminar.

Es todo muy extraño.

Martes 17 a viernes 20 de marzo. Lecturas, vínculos

Martes, 17 de marzo de 2020

Hay que irse familiarizando con esta nueva forma. Que para mí es una extensión de los últimos tiempos: detrás de las pantallas, lanzando mensajes que construyan vínculos, que los mantengan. No olvidar que la escritura es la fuente, volver a ella, siempre. Seguir, no olvidar que hay que seguir. Buscar la fuente de la palabra. Leer. Respirar. El cuerpo detrás de todo pensamiento, es la carne que nos materializa. Cuidarlo.

Miércoles 18 de marzo

Me he leído 100 páginas de Reina, de Elizabeth Duval. Me obligo a dejar el libro para no quedarme tan rápido sin esta lectura. He visto en directo parte de la comparecencia de Rebelo de Sousa. También de Costa. He visto también parte de la comparecencia de Sánchez. He visto un capítulo de Casa do Cais. Quiero que la lectura gane sobre lo demás. En papel, libros, quiero decir. Tengo material suficiente. Tengo papel y palabras suficientes. Pronto volveré a tener la cabeza para traducir.

Jueves 19 de marzo

A partir de la página 100, un poco ida de pinza. Pero sigo leyendo. Hoy ha sido día de hacer una hipotética lista de la compra con cosas ricas, para, el día que salga a la calle, no olvidar nada. He bajado la basura y como el cubo de reciclaje de papel está a unos metros, me ha dado el sol durante 2 minutos. Al subir, pues no he querido entretenerme, aunque he disfrutado los pasos tanto de ida como de vuelta, he abierto la ventana de par en par y he estado así, de pie, con el rostro hacia el sol, un buen rato, nutriéndome. La merienda se ha convertido en momento conversación y en momento cocinar. Lo mejor del día. Hablar de series, de comida, de lo que vamos a cocinar y lo que necesitamos comprar para las próximas recetas. De que no se ve un alma.

Viernes 20 de marzo

Es momento de elegir muy bien las compañías, siempre lo es. Ahora se nota especialmente. En esas compañías incluyo, claro, las lecturas. Empiezo a estar muy bien acompañada.

Pd. He probado una aplicación para hablar por videollamada. Hoy he hablado con tres personas. La necesidad de comunicarnos aumenta.

 

Contra el deseo

¡Silencio! No se escucha el ruido.

Llevo un rato asomada a la ventana, no se ve a nadie en la calle, el ambiente es de domingo. El calendario dice: jueves, doce de marzo, dos mil veinte. Un perro persigue, feliz, a dos palomas. Sigo escuchando los trinos de los gorriones en los árboles llenándose de verde. Los creo ajenos a nuestro devenir, aunque estén ligados: los estamos exterminando. En la ciudad, al menos.

Intento imaginar una mañana, un día entero, sin escuchar a los pájaros en mi ventana, ocupando la casa, y de pronto se hace invierno y el cuerpo se me llena de frío.

Me pregunto qué hay detrás de todo esto, del virus. Hoy amanezco con una calentura en el labio por el estrés de ayer. A pesar del intento nocturno de neutralizar con las Cartas de Lília y Tirse (1771-1777) para poner distancia. De madrugada el libro me recibe, abro por una página y, sin buscar, leo:

“Si las voces de los poderosos suenan tan distintas a las nuestras que son la debilidad misma. Si alguien pudiese concebir los instantes de desaliento, de lucha, de sufrimiento, que nos es inevitable soportar, necesitaría ser de piedra para quedar impasible” (…) ¿Gastaría él sus fuerzas en combatir con la más débil y desgraciada de las mujeres? (…) ¿Qué le importo yo al estado, qué soy yo o qué es ninguna de nosotras para atraer algo más que piedad exponiendo nuestras tristes necesidades?”.

Subrayo todo. Me entra cierto alivio al comprender que la historia es algo cíclico, o que en realidad lo de fuera cambia pero por dentro todo sigue siendo lo mismo.

Bombardeo informativo, dudas. La distopía, el control de los cuerpos, gente uniformada, el confinamiento, lxs contagiadxs, la denuncia, la distancia, el miedo. Cerrar fronteras. No entrar. No salir. Movimientos restringidos. Y la culpa, la culpa: siempre nuestra, de lxs de siempre.

Ayer atravesé una parte de la ciudad para verme con gente. Me imaginé atravesando a pie la ciudad, desierta. Éramos pocas personas, media docena. Me obligué a hacer una vida normal. Cogí transporte. Compré en el súper. Una voz por megafonía anunciaba que el apocalipsis estaba por llegar. En casa, pasé todo a tápers, tiré los plásticos y me lavé las manos una docena de veces en todo el proceso.

Lo que llevamos viviendo y de lo cual me quejo en los últimos tiempos se agudiza. Todo depende de una conexión a la red, de un aparato con señal y, con suerte, de unos auriculares que te permitan escuchar la voz del otro. El temor se agudiza, hay que esconderse, los cuerpos no pueden tocarse. La tecnología nos delata, nos confina, nos obliga, ¿nos ayuda? Pienso en el relato distópico de Raquel Freire, Ulisseia, y busco una respuesta:

“Fingiéndome normal. Persona esclava. Paso de marcha, ojos bajos, hombros encogidos, boca cerrada. A mi alrededor las personas caminan todas como soldados de azul oscuro. Veo las muñecas presas con las nuevas esposas invisibles, las mordazas transparentes en las bocas, los candados en el corazón. Disimulo mal. Uno de los guardas de azul oscuro del hospital gira la cabeza en mi dirección. Ha presentido mi inquietud, están entrenados para esto. Me veo concentrándome para fingir que soy normal. Lo consigo. El guarda gira el rostro de nuevo para la calle.”

Esposas, mordaza, candado. Disfraz. Silencio.

Besar. Tumbarme en la hierba, casi primavera. Saludar a los últimos gorriones, hablar la lengua de los pájaros. Invocar a la lluvia, empaparme, pisar la tierra.

12 de marzo de 2020

14 de marzo

Al despertar no se oía ni un ruido. Es un barrio silencioso. Estos días cada vez más. Los pájaros siguen ajenos y me hablan al pie de mi ventana. El ciruelo ha perdido todas las flores, contrasta su granate con los brotes de los otros árboles, en un verde casi fosforito.

He salido de casa. Envidio los balcones y las terrazas. Envidio a carlos que hace esculturas en su terraza. Aparte de leer y escribir, respirar profundo, estar en mí, bailar, también haré algo manual con lo que hay en casa: revistas, recortes, tijeras y pegamento.

Estoy en un trozo de hierba con la compra a un lado y escuchando a las cotorras su graznido. Los gorriones de mi ventana son más dulces.

El sol me da en la espalda, voy de negro y me llevo todos los rayos en mi cuerpo. Mirando un abeto y las margaritas en contraste con el verde. Llevo fruta, verdura, creo que aguantaré como poco hasta final de la próxima semana con los congelados que hay en casa. Ayer encargué a mi compañera de piso un termómetro. Sigo tosiendo, sin fiebre, hace años que no me sube la fiebre.

Ayer vi, uno detrás de otro, al menos diez capítulos de The Big Bang Theory. Me reí mucho. Cuido reirme, estar feliz, no tener miedo. Cuidar los afectos. Aunque sea por teléfono. He hecho un par de llamadas. Una conversación con una persona querida me relaja, me distrae, me la trae más cerca y me hace feliz. No he leído las noticias. Muy en diagonal, por si acaso. Ni las importantes, ni las oportunistas, ni las amenazantes, ni las sesudas, ni las amarillistas, ni las mentiras, ni las absurdas. De momento, sí leo los chistes. Me mantienen arriba.

Ahora me voy a casa, que va llegando gente con sus perros, y hay que dejar espacio a los otros.

Escucho de fondo una voz masculina dirigirse a alguien: “¿Qué pasa, guapa. Que no me vas a saludar?”

Huyo. Ya no estoy sola.

Viernes 13 de marzo

Ayer compré dos packs de latas de atún. Avergonzada por mi exceso, miraba los carros llenos de las otras personas. Yo no cogí carro. Todo lo llevaba en brazos. Hamburguesas de salmón. Boca-bits. Un pack de leche de soja. Miré el vino de reojo.

Hoy he salido al súper del barrio. Lavavajillas, limpiador WC, detergente para ropa. Me ha faltado la lejía. Quiero limpiar más que nunca. Me he frotado varias veces en la ducha. Cuando me he querido dar cuenta, me había echado gel por todo el cuerpo unas cuatro veces. Era la segunda vez que me duchaba hoy. Hoy también he comprado compresas. Hay lugares en el que usan paños de tela, como antaño. En breve empezaré a sustituir el papel higiénico por pañuelos de papel.

Me he ido muy rápido de la puerta de una farmacia. Alguien dentro se quejaba de no tener gel para desinfectarse de su familiar con bronco-no-se-qué.

Me envían correos de sitios a los que ya no voy desde 2017. Me explican el estado de alerta, alarma. Todo. No se dejan ni una coma.

El jueves pasado fui al teatro, como si supiera que lo iban a cerrar. Elena Fortún. Le he explicado a mi compañera de piso que el jueves pasado cogí frío al salir del teatro y que toso por uno de mis resfriados de siempre. Ya lo sabía. Se lo ha creído. Yo también.

Me he tomado dos cápsulas de enrelax. Me echo obedientemente el aciclovir en la calentura. He comido muy poco. Me duele el labio al roce con el metal. Hoy me he levantado sin olfato y la comida no me sabe a nada.

Quiero abrazar a alguien muy querido. Que si se acaba el mundo, no importa, yo estoy en mitad de ese abrazo. Sé que está prohibido decirlo. Sé que está prohibido pensarlo. Sé que está prohibido pensar. Voy a seguir escribiendo historias y voy a tratar de no pensar mucho. Creo que no hay receta para ello, o igual sí. Para lo de no pensar. Voy a cancelar el médico del lunes. Ya cancelé la ecografía de hoy. En un hospital. Puede esperar.

Los árboles van aumentando de verde. Los pájaros insisten, pía que te pía, saludan y celebran el día primaverales, exultantes, eufóricos.

Poner voz a los movimientos del deseo*

* “Voz a los movimientos del deseo” es el nombre que pusieron a sus jornadas de serigrafía artesanal las Serigrafistas cuir.

8 de marzo de 2020

Estoy muy revuelta. El día ha sido muy intenso. Los previos han sido nutrientes, ha habido debate, hemos escrito, compartido, conversado. Nos hemos movido por el cuerpo y hemos grabado sobre las telas.

Y en medio del viaje me encuentro con que, por momentos, no hay por dónde coger las cosas. Me encuentro con mujeres que presupongo que pueden entender y ponerse en el lugar de otras personas, realidades, cuerpos. Y sin embargo, cuando me hablan, me dicen que no están dispuestas a ello, no, no lo hacen, ni siquiera consideran que nuestra(s) lucha(s) tengan puntos de cruce con “otras luchas”. Y entonces me explican que la lucha de clases no es feminismo. Que lo cuir no es feminismo. Que lo trans no es feminismo.

Y me encuentro con que hay fisuras y grietas que crecen y se convierten en enormes brechas, cañones que me separan. Me encuentro a años luz de los lugares en que alguna vez estuve. Me siento en un continuo transitar de un lugar a otro. A veces ni yo misma me sigo. Todo va muy rápido.

Me veo impotente ante los juicios morales de unas sobre otras. Me veo tratando de contagiar mi empatía, mi sentirme atravesada, mi reconocerme en el fracaso social, mi disidencia, mi desacuerdo con el cuerpo que me dicen que debería tener, mi incomodidad a veces con mi propio cuerpo, mi lucha por aceptar y creer en lo que soy, mi deseo, me veo declarando que estoy más cerca de sentirme cuir que otra cosa, mientras que hay quien compara lo cuir con una élite rosa, con un lobby.

Me veo intentando, pero no lo logro. En la cabeza se me acumulan imágenes para contar. Intento desgranarlas, que se entiendan.

Y ahora mientras escribo recuerdo que existe la ambición, el ser alguien, que aquella que dejé atrás hace muchos años a algunxs todavía lxs persigue y reparo en que hay personas que no consideran el fracaso un arma o un camino que se convierte en desvío para alcanzar a habitar otros paisajes.

Y sé que, aunque no tengo nada de lo que quejarme, pues mi realidad es privilegiada, mis precariedades son estructurales y sin embargo las he creído mucho tiempo un fracaso personal. Y qué, si lo fueran. Siento que mis precariedades se luchan mejor junto a otras precariedades y junto a otras desechadas del sistema. No por haber ya nacido con algunos privilegios, alcanzados con las luchas de otras que me antecedieron, o que lucharon antes que yo en las calles, no por tenerlos voy a dejar de tender la mano ni de gritar las otras luchas, que también son mías.

Vuelvo a sentir la impotencia y el disgusto en las tripas, se me revuelven, tengo rabia convertida en tristeza sin poder haberla gritado antes. Y eso que hoy la he gritado, la rabia, y me he sentido parte de algo, de un común, de una disidencia, de una lucha, de un caminar y gritar, de una pancarta, un pañuelo verde y una orilla por la que transito y no estoy sola. Una pancarta de tela que decía: “Voz a los movimientos del deseo”.

Intento saber si el escribir esto me ayudará. Si me va a quitar la angustia de hoy. Llegando al final siento algo de alivio, solo un poco.

Intento reunir alguna conclusión del día, de los encuentros con amigxs y compañerxs diversxs, y recuperar algo de los días previos. Recuerdo la frase de una compañera: “Siempre lo intentamos”.

Y se me sube el cuerpo a la cabeza.

Creo que decidir quién soy, qué cuerpo soy, qué quiero hacer conmigo y con mi cuerpo es cosa mía. Y que así debe ser para cada persona, para cada cuerpo. Cada juicio y cada censura en el deseo o en el cuerpo de la otra persona, de los otros cuerpos, es no admitir que lo de la otra es cosa suya. Hasta que se lo quieran arrebatar, prohibir, censurar. Entonces comienza a ser cosa mía luchar por defender el espacio, el cuerpo.

Todo intento de juzgar y decidir qué hace la otra persona con su cuerpo es pretender establecer un juicio moral, una superioridad, una norma que se quiere imponer sobre el otro cuerpo, sobre la disidencia, sobre la otra persona que no encaja en la realidad de quien juzga, en su creencia de lo que debería ser. En la creencia de que sabe mejor que la otra persona, que el otro cuerpo, lo que ésta debe desear, lo que ésta debe hacer, lo que el otro cuerpo debe manifestar.

Siempre, siempre lo intentamos. Sigamos luchando.

El círculo de los libros

Una pila de libros sobre el puf del salón. Un libro en el bolsillo de la mochila. Otra acumulación en la esquina izquierda inferior de la mesa. Otro suelto un poco más arriba, justo en medio. Otros dos en la esquina derecha inferior. Otra pila en la mesilla, que son los que estaban en la alfombra junto a la cama. Una nueva estantería en el salón que ya está repleta, otra vez. El de la mochila reemplaza el que llevaba el domingo y terminé por regalar a d, pues el suyo estaba en camino. Y a su vez, es un libro que me ha regalado d. y así parece que el círculo se cierra. Pero el círculo de los libros es infinito.

 

Desde nuestro territorio de libertad: confesiones y “memoirs” de Kate Millet

KateMillet_ADmemoir
A.D. a memoir, Kate Millet. Ed. Continta me tienes, Madrid, 2020

Ayer se presentó A.D. a memoir, de Kate Millet, en la librería Nakama Lib de Madrid, en Chueca. Editado por Continta me tienes, fue la penúltima obra que escribió Millet antes de su muerte en 2017 y en ella relata sus personales memorias acerca de su tía Dorothy (A.D.) tras la muerte de su mentora.

Ésta va a ser mi primera lectura de Millet y me alegra haber empezado por su escritura confesional, ya que me permite acercarme a ella desde un lugar que siempre me ha atraído, el de la memoria o el del diario; aunque no sea éste específicamente un diario, sí se asemeja en sus confesiones y en la emoción de poder acercarte y escuchar las palabras directas de las tripas que atraviesan a una mujer en un momento crucial de su vida. En este caso, la muerte de su tía, por la que profesaba una pasión obsesiva.

Descrita por la traductora de esta obra, Matilde López, como una escritura circular, confesional y femenina o también como una especie de “flujo de conciencia”. Por Silvia López como una escritura “feminista y peligrosa”, peligrosa por “tirar de la herida y mostrarla”. Una escritura en la que, a pesar del duelo que suscita el desarrollo del texto, deja salir su parte lúdica y su lado más hedonista. ¿Quien soy yo sin ti? sería la pregunta que, como Judith Butler, Kate Millet se podría estar haciendo mientras desgrana sus sensaciones y reflexiones, deseos y acciones, en este libro (Silvia López). Un tirar del hilo donde aparecen todas las Kate Millet, la hija, la escritora, la galerista, la hedonista, la amante, la loca, la que ríe, la que teme.

“Con ella he aprendido que quizá la escritura sea el único territorio de libertad que tenemos”, relataba Gloria Fortún al respecto de Millet.

Cómo no, también se hizo referencia a la importancia de escribir para no olvidar, aferrar la pluma y escribir, escribir, para no olvidar lo que hoy somos, lo que hoy estamos siendo y sintiendo, para no olvidar este dolor que mañana nos hará entender el por qué de nuestras palabras, de nuestras emociones, de nuestros escritos, de nuestras obsesiones y de nuestros delirios.

También se dejó caer una de las preguntas que rondaron a la autora durante su vida: qué podemos hacer con nuestras convicciones teóricas cuando no funcionan en la realidad.

En la presentación, que cerró con un debate sobre diferentes aspectos en torno a la autora de Política Sexual, un libro que el año de su lanzamiento, en 1970, vendió más de 1 millón de ejemplares, también estuvo participando Sandra Cendal, editora de Continta me tienes, que desveló la satisfacción de haber encontrado en su momento una obra de Millet aún inédita en español, lo que permitió añadirla al catálogo de la editorial que codirige junto con Marina Beloki.

Y os dejo con un párrafo histórico de la tesis doctoral convertida en libro imprescindible para entender el feminismo, Política Sexual: “El amor ha sido el opio de las mujeres como la religión de las masas. Mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa”.

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Colección:

Silvia López, investigadora y docente especializada en pensamiento feminista contemporáneo y en análisis de políticas de igualdad de género.

Matilde Pérez, traductora y correctora, licenciada en Filología y en Traducción e Interpretación.

Gloria Fortún, escritora, traductora y filóloga. También imparte talleres literarios en instituciones como la Fundación Entredós. Entrevista (Píkara Magazine).

Sandra Cendal, editora.

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Conocí esta convocatoria a través de Ana Castro y por ella me decidí a plantarme allí. Os dejo aquí su crónica de la presentación.

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