Fauces de dragón

 

Niñadelatinaja1979

La niña de la tinaja, La Alcarria, 1979

Ahora que he encontrado la canción del verano y se me ha ocurrido proponerla para que la cantemos todxs a medianoche, desde nuestras ventanas, en semidesnuda figura recortada con la luz de la lamparita del salón de fondo. Ahora que estaba sintiéndome yo tan adulta, tan bien relacionada, tan de generar vínculos sanos y verdes y tersos como el calabacín que recogí el sábado de la huerta.

Resulta que me ha venido a la cabeza la tierra del parque de debajo de casa de cuando los ochenta. Y me han vuelto las ganas de jugar a las chapas con mi hermano, y construir carreteras: juntar las palmas  de las manos tocándose solo por el índice y aplanar el suelo sintiendo la aspereza de las chinitas clavándose en la piel, generando nuevos surcos. He vuelto a sentir la adrenalina de jugar al escondite y sobrepasar los límites permitidos de los setos de atrás, clandestinamente. Y entonces he recordado los chillidos histéricos de aquella vez, cuando, como todas las primaveras, había plaga de orugas que se lanzaban continuamente de los árboles, y que corrían el peligro de caer sobre tu cabeza, tus hombros, o cualquier extensión de tu cuerpo en general…

Aquel día fue José Ramón, un vecino un poco mayor, de esos avispados, que lo saben todo, que son machitos y chulos y guapos y que en seguida se hacen los dueños de lo que sea que acontezca sobre la arena. Pues bien, José Ramón tuvo la valentía de quitarme una oruga saltimbanqui de encima, la lanzó contra el suelo, pero se agarró a la pared (¿cuánto de este recuerdo será cierto?) y allí quedó. Entonces él, valientemente, procedió a su aplastamiento y, ¡ARRGHH! mi grito y el del resto de vecinas atravesó patios y manzanas en un agudo propio de soprano que iba rompiendo un tímpano tras otro. La oruga hizo ¡chof! y salpicó un líquido verdoso en la cara del héroe. Llenas de asco y miedo nos acercamos a él a ver si se había quedado ciego, que era un pago proporcionalmente justo dado lo heroico de su hazaña, su puntería, y la rapidez de la gesta.

Y allí estaba muy quieto mirándonos, pero sin mirarnos, yo creo que nos veía un poco borrosas, porque no acababa de reaccionar, calibrando si aquellas promesas de hembras merecían realmente tanto sacrificio como para quedarse momentáneamente sin uno de los sentidos más sentidos: el de la vista. Pero la confusión no duró mucho, lo suficiente para que se quitara las manos del rostro y abriera los ojos, rojizos, algo hinchados, y viéramos unos puntitos sanguinolentos en la mejilla que dieron pie a otro grito horrorizado y al unísono, puntitos que continuaban en uno de sus brazos y que al mirarme la pierna, que me estaba empezando a picar, también estaban en mi pantorrilla. No me había dado tiempo a apartarme del bicho sacrificado. José Ramón se fue corriendo a casa y nosotras nos quedamos cariacontecidas, temerosas, esbozando una sonrisa de alivio, con el cuerpo blando y agradecido, como princesas recién aterrizadas de las garras del dragón. Teníamos, como mucho, ocho o nueve años.

Eran aquellos tiempos en que las calles nos pertenecían, el suelo era todo de tierra y los descampados eran lugares misteriosos donde sucedían cosas todo el rato, los pequeños (proyectos de) hombres de 9 años nos salvaban de fauces de dragones-oruga y el feminismo aún no había llegado a nuestras vidas.

Por aquella época, para compensar, atravesaba yo ya los campos y los barrancos a la velocidad  de la luz, y si caía me levantaba, limpiando rápido el polvo de rodillas y codos, sorbiendo los mocos junto con las ganas de llorar y seguía camino como si nada hubiera pasado. Adornaban mis piernas cardenales, costras, roces, heridas, arañazos de aliaga y surcos de sudor que dibujaban caminillos sobre el polvo del verano pegado a la piel.

Era esa época feliz de la infancia de los ochenta en la que a esas edades aún no había mandatos de género lo suficientemente fuertes como para obligarnos a definir una vestimenta femenina, así que yo pululaba por las calles del pueblo en pantalón corto y zapatillas de deporte, con la tela de los bolsillos delanteros para fuera, todos arrugados, con una camiseta marinera a rayas de manga corta y cuello redondo, pelo corto despeinado y cara pícara. Me encantaba que me confundieran con un chico, eso significaba que era tan fuerte, que corría tan rápido, y que nunca me rendía: como ellos.

Pues bien, hasta que no encuentre otro recuerdo asociado a la salvación varonil de mi cariacontecida niña de los 80, y que siempre suele tener que ver con el padre-dios que es el padre de una a esa edad, y  que por aquellos años me llevaba en los hombros desde los cuales yo avistaba montañas pardas y cielos infinitos… Quedará el recuerdo de esta aventura como el origen de todos mis males posteriores en que he deseado-dejado que acuda un macho a meter la mano entre los dientes del dragón para ponerme a salvo. Quedará como la gran gesta, inigualable, en la que se inauguraba mi entrada en el dudoso mundo adulto del horror, de la feminidad y del desasosiego.

Aunque, más tarde, comprobaría que a veces los gritos no sirven de nada, cuando estás a 40 grados al sol de la Alcarria atravesando un barranco y un abejorro insiste en meterse en el bolsillo de tu pantalón y notas cómo su cuerpo duro se te hinca en la piel de la tripa a través de la tela como si fueran las cerdas de un cepillo antiguo. Haciendo un ruido horroroso, un zumbido infernal, que te pone los pelos de punta. Ahí, los gritos, de nada sirven. Y entonces aprendes la lección contradictoria de que, como no seas tú misma la que ahuyentes, aplastes, saques a ese abejorro negro de la cercanía de tu cuerpo, no habrá nadie que lo pueda hacer por ti.

 

 

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